Migrantes: Escuela, biblioteca y bares en tiendas de campaña

Jennifer Wilson escribe las palabras "hot" y "cold" ("caliente" y "frío") en la pizarra e invita a sus estudiantes -- una docena de hombres de Afganistán, Irán, Etiopía y Sudán -- a decir otras palabras en inglés para referirse a la temperatura. "Freezing" ("helado") dice uno de los alumnos con alegría.

Muchos migrantes aprenderán el concepto de primera mano mientras se preparan para pasar el invierno acampados en Calais, en la orilla francesa del canal de la Mancha.

Para combatir el aburrimiento y mejorar sus destrezas con el idioma, cientos de ellos acuden cada día a las clases de Wilson y a una biblioteca levantada cerca bajo lonas impermeables. Los zapatos se quedan en la puerta para evitar que se llene de barro.

Wilson, nacida en Zimbabue, imparte tres lecciones diarias de inglés de una hora de duración y con una dificultad que va en aumento. Además enseña francés y espera que la demanda crezca a medida que los solicitantes de asilo de Calais desistan de viajar a Gran Bretaña y decidan quedarse en el país que les acoge ahora.

En la biblioteca, un sudanés devuelve una copia de un libro de cuentos de Ernest Hemingway, hojea unos ejemplares de Harry Potter y sale de la tienda con las aventuras de Sherlock Holmes bajo el brazo. Junto a un mapa de Europa, afganos y eritreos debaten sobre las diferencias entre Inglaterra, Escocia, gales e Irlanda -- y en donde tendrían mayores oportunidades de obtener estatus de refugiado y un empleo.

Rowan Farrell, un fotógrafo inglés que ayuda a gestionar la biblioteca, incluidas sus computadoras portátiles con programas de clases de inglés, dice que en la tienda se promueve "un ambiente relajado en un lugar muy caótico".

Cerca de allí, trabajadores voluntarios ayudan a organizar actividades de cine, baile y música en el Good Chance Theatre, una carpa de lona levantada por artistas activistas ingleses el mes pasado. Los niños recorren los encharcados caminos del campamento en bicicletas destartaladas, algunas con llantas sin neumáticos. Algunos hombres se sientan en sillas plegables junto a sus tiendas y, por turnos, tocan melodías folclóricas en una guitarra a la que le falta una cuerda.

Por la noche, muchos socializan a la luz de una linterna a pilas o una vela en sus propias tiendas, o se reúnen en uno de los cinco restaurants gestionados por cristianos africanos que, nada más accionar una pequeña bola de discoteca, se transforman en austeros cubes nocturnos donde se puede tomar una cerveza por un euro (1,10 dolares) la lata.

La mayoría musulmana del asentamiento prefiere reunirse para fumar y comer algo sobre los cojines de los restaurants afganos donde televisores activados por generadores muestran películas de Bollywood en DVD.