Por la puerta de madera labrada de uno de los salones de la casona que ocupa la comunidad de laicos católicos de Sant*Egidio, dos jóvenes entran con una bandeja de emparedados y refrescos, tal vez, la única comida que probarán ese día una decena de indigentes que esperan sentados en un semicírculo en blancas sillas de plástico.

"A veces uno amanece hasta con el bolsillo vacío", dijo Ernesto Gutiérrez a The Associated Press, un policía retirado de 66 años, quien luego de separarse de la mujer con la que vivía hace siete años, se quedó en la calle, sin hogar, una cama o un baño.

Gutiérrez es beneficiario del programa para los sin techo que ofrece esta comunidad católica y que no sólo les entrega una merienda cada viernes, sino también un lugar para asearse, ropa, servicios médicos, apoyo emocional y ayuda para que se reinserten a la sociedad.

Cuando el papa Francisco llegue a Cuba el 19 de septiembre podrá ser testigo de primera mano sobre cómo miles de habitantes de la isla obtienen beneficios de proyectos sociales o educativos de la Iglesia católica, algo inimaginable en la nación caribeña hace décadas atrás cuando diversas iglesias y el estado mantenían tensas relaciones.

Silenciosamente en los últimos años, la iglesia se convirtió una de las pocas institución independientes de Cuba en extender su trabajo no sólo a sectores clave que el estado controla celosamente, como la alimentación, la salud o la educación; sino también a la formación de emprendedores o la creación de bibliotecas con best sellers y acceso a computadoras.

"Hay una coincidencia de bien", reflexionó Rolando Garrido, médico de profesión y director de la Comunidad de Sant*Egidio, cuya sede local se encuentra en la populosa Habana Vieja. "El Estado se ha dado cuenta de que esta acción social de la iglesia es portadora de bien".

La Sant*Egidio también suele llevar a adolescentes voluntarios a asilos de ancianos y organiza talleres de artesanía, escuelas deportivas y jornadas de repaso escolar. Según Garrido, unas 5.000 personas se benefician de estos proyectos en cinco localidades del país.

Aunque en la actualidad las relaciones entre las múltiples iglesias que están en la isla y el Estado son buenas, durante la década de los 60, al calor de la revolución de 1959, Cuba lanzó una ofensiva contra todas las religiones, persiguió a los sacerdotes y a los pocos que se atrevían a confesar sus creencias.

En contrapartida, muchas iglesias de distintas denominaciones, sobre todo la católica, tomaron partido contra la revolución apoyando abiertamente las acciones contra ésta.

Aunque gobierno estigmatizó la práctica religiosa, tras la crisis económica y social que ocasionó la caída del muro de Berlín y de los aliados europeos de Cuba, Fidel Castro comenzó a levantar las restricciones en la década de 1990, incluyendo la eliminación de la referencia al ateísmo establecida en la Constitución.

Pero el punto de quiebre ocurrió con la visita del papa Juan Pablo II, en enero de 1998, cuando se rompieron los tabúes y la gente comenzó a visitar los templos o hacer sus toques de tambor, rituales propios de las religiones afrocubanas que son mayoritarias en la isla. Finalmente, hasta se restableció la celebración oficial de la Navidad.

"Excluir a los posibles actores que podrían cooperar (con el estado) fue el resultado de un enfoque, (que) se va abandonando", explicó Gustavo Andujar, director del católico Centro Cultural Felix Varela. "Paulatinamente, hubo un reconocimiento realista (del Estado): 'no podemos garantizar, de la cuna a la tumba, todo a todos, vamos a ver cómo nos ponemos de acuerdo'. Me parece que se abren espacios y se abrirán más".

Sacerdotes y directivos de la Iglesia católica indicaron que en casi cada parroquia del país hay, al menos, un modesto programa de asistencia a los necesitados o educación. Las iniciativas están financiadas por una mezcla de donantes, que va desde la organización Caritas, hasta iglesias y feligreses en España, Italia, Alemania y Estados Unidos, donde los cubanoamericanos contribuyen de manera directa.

Un recorrido de la AP constató la existencia de los programas en el país.

En la parroquia de la localidad Remedios, al centro de Cuba, por ejemplo se corta el cabello a personas sin recursos y se les entrega comida para que se lleven a casa y en un sótano de Santiago, una de las ciudades que visitará el papa, se creó una biblioteca que proporciona acceso a computadoras, impresión, copias y que presta best-sellers.

"Creo que con este diálogo con el gobierno, principalmente con el presidente general Raúl Castro y con su mediación con Estados Unidos, la iglesia está tratando de tener un mayor espacio, cuyos beneficios además podrían ser recuperar antiguas propiedades confiscadas en los 60, que les permitan volver a tener un sistema educacional y mayor acceso a los medios de comunicación", explicó Enrique López Oliva, profesor de Historia de las Religiones de la Universidad de La Habana.

Ambas naciones agradecieron públicamente al Pontífice haber facilitado el restablecimiento de sus relaciones diplomáticas en pasado julio, mientras Castro durante una visita al Vaticano a principios de este año, aseguró que asistiría a las misas de Francisco en la isla. De hecho, el papa viajará desde Cuba hacia Estados Unidos el 22 de septiembre.

Según el profesor López Oliva, los programas sociales de la institución buscan cumplir con el mandato evangélico de ayudar a los necesitados, pero también ampliar "su base social", algo importante para una iglesia pequeña, pero que es la única con alcance nacional.

Desde hace siete años, la cubana Bertha Moré vive junto con su esposo paralítico y su madre octogenaria en un cuarto minúsculo que tiene un baño del tamaño de un clóset. Su parroquia le entrega, además de la leche, pollo o aceite cuando hay, y unos 59 pesos cubanos (unos dos dólares) para pagar las cuotas de un refrigerador que el Estado le vendió a bajo costo.

"Esta ayuda de la iglesia me beneficia mucho", dijo a la AP Moré, de 54 años, quien como todos los cubanos recibe atención sanitaria gratuita, subsidios a servicios y alimentación estatal, que en décadas pasabas le permitían llevar una vida holgada pero que hoy apenas cubre sus necesidades. Su marido tiene una pensión de retiro de 200 pesos (unos ocho dólares) al mes.

El sacerdote domínico de San Juan de Letrán, José Rafael Reyes, cercano a la casa de Moré, le consiguió además un trabajo como auxiliar de limpieza.

Precisamente, en la Iglesia de San Juan de Letrán se brinda leche a unas 70 personas cada mes y en el aledaño Centro de Estudios Bartolomé de las Casas, que manejan los padres dominicos, dos enormes murales dan cuenta de los cursos de inglés, alemán, computación y hasta diseño gráfico; algunos de los cuales duran dos años.

A unas cuadras de distancia otra institución, el Centro Loyola, administrado por los jesuitas, atiende cada año a unos 500 estudiantes que desarrollan talleres de idiomas, teatro, danza, yoga, música y crochet. El centro lanzó un programa llamado "Cuesta Arriba", que trabaja diariamente con niños de entre cinco y 14 años y les da un repaso escolar e inculca valores como la honestidad o la resolución pacífica de conflictos.

"De lo que era un trabajo catequético, litúrgico, ahora estamos desarrollando algo más social, comenzando por las capas más vulnerables", dijo el padre Juan Miguel Arregui, el superior de los jesuitas en la isla, quien también dirige el Centro Loyola, una institución abierta hace dos años y oficia de vocero de todos religiosos los católicos aquí, que actualmente suman unos 800 incluidos los 150 sacerdotes.

Según cifras del gobierno, en Cuba hay unos 700 templos católicos.

Además de su labor en el Centro Loyola, los jesuitas entregan en su aledaña Iglesia de Reina un desayuno para los ancianos, ropa y productos de aseo.

"Invitamos a las escuelas a que pudieran participar y nuestra sorpresa fue que las directoras ¡nos enviaron sus niños!", relató Arregui.

Carmen Deliz, de 50 años y empleada de una cooperativa de confecciones, matriculó a su hija de 14 en el Centro Loyola el pasado ciclo escolar y este año hizo cola para reinscribirla. "Fue muy efectivo. Me dio mucho resultado", explicó la mujer quien a pesar de no ser católica concurrió a la institución eclesial sin prejuicios, según explicó a la AP.

Tanto Arregui como Andujar aseguraron que la iglesia había acudido al llamado del gobierno para contribuir a formar valores, sobre todo entre la gente joven que vivió el impacto de la crisis "económica y moral" que dejó la caída de los países socialistas y obligó a Cuba a repensar su modelo social.

El Centro Félix Varela, además, abrió un bachillerato en humanidades que aunque no está reconocido por las autoridades cubanas, que sólo acepta la educación estatal, es el embrión de una universidad pues sus títulos están homologados por los organismos de formación católicos de la Santa Sede.

Tanto el Félix Varela, como el Loyola cuentan ya no sólo programas sociales, sino de formación de emprendedores, abiertos luego de que el gobierno autorizara la realización de algunos trabajos independientes del estado, la entrega de tierras en usufructo y el establecimiento de un incipiente mercado inmobiliario como parte de las reformas económicas impulsadas por Raúl Castro a partir de 2010.

Bajo el título de "Cubaemprende", en el caso del Centro Varela, o "InCuba" del Loyola, se forma a jóvenes con iniciativa empresarial, se les ofrece conocimientos de contabilidad, mercadotecnia y se los acompaña para lanzar su negocio con éxito.

"Para mi hay un antes y un después del curso", indicó Cintia Nuñez, abogada de profesión de 28 años que pasó por "Cubamprende" y que formó junto a su amiga Sandra Aldama una pequeña empresa llamada D'Brujas, que fabrica y comercializa exitosamente jabones artesanales.

Núñez reconoció que haber asistido al programa le cambió la vida: ella estaba a punto de emigrar del país y se sentía perdida cuando en 2012 comenzó el taller en Cubaemprende y un año después ellas abrieron D'Brujas. "Siempre me veía con un negocio mío, novedoso, pero me faltaban las herramientas", dijo.

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