Aquí no hay lujosos vagones restaurante o copas de champán, ni está el detective Hercule Poirot para resolver un asesinato. Sólo hay cientos de personas exhaustas apretadas en un tren desvencijado que se mueve despacio por la misma ruta de los Balcanes que solía recorrer el legendario tren Orient Express.

De día o de noche, llueva o haga sol, decenas de miles de personas caminan por las vías de tren en los Balcanes o abarrotan vagones en la misma línea ferroviaria que antes conectaba Europa con Turquía y Oriente Medio.

Tanto si están en Turquía, Grecia, Macedonia o Serbia, los que huyen de su tierra han seguido las vías para no perderse en los amplios campos y colinas. Las vías les dan un rumbo y una sensación de seguridad.

En la década de 1930, el Orient Express tenía reputación de comodidad y lujo, con elegantes coches cama y vagones restaurante conocidos por la calidad de su cocina. Miembros de la realeza, diplomáticos, empresarios y burgueses lo adoraban. "Asesinato en el Orient Express", escrito por Agatha Christie en 1034, celebraba su exótico atractivo.

La historia es diferente 81 años más tarde. Ahora, los trenes que llevan a familias desesperadas con bebés que lloran en su huida desde Oriente Medio, Asia o África, recorren Grecia, Serbia y Macedonia con viejos vagones sobre oxidadas vías que no han visto ni mejoras ni tantos pasajeros en varias décadas.

En un tren, una niña siria dejaba salir su pelo despeinado por una ventana del tren, riendo cuando el aire cálido le rozaba la cara. Un hombre sin una pierna buscaba un lugar donde sentarse. Una mujer intentaba dormir a su bebé de 10 días, exahusta pero feliz de que ella y su esposo se estuvieran acercando a Alemania, mientras que otra con dos niños lloraba desconsolada tras perder a su marido en un caótico abordaje de tren en una ciudad de Macedonia.

El viaje a través de Macedonia a la frontera con Serbia recuerda ahora al Salvaje Oeste. Los que no lograron subir a un tren --y muchos no pueden, porque hay miles intentando abordar-- tratan de detenerlo ante la ciudad fronteriza de Gevgelija, en Macedonia, y colocan troncos de madera o grandes piedras en las vías. Otros simplemente tiran del freno de emergencia cuando el tren se pone en marcha, para que sus amigos puedan saltar a bordo.

"Esto es tan desquiciado como mi país", señaló Rashid, un migrante de Pakistán que sólo dio su nombre de pila porque intenta entrar sin autorización legal en la Unión Europea. "Nunca pensé que vería algo como esto en Europa. Pero sigue siendo mejor que a uno lo roben contrabandistas por viajes en autobús".

A cientos de kilómetros de la frontera con Hungría, dos niñas con camisetas amarillas perseguían alegres sus sombras sobre las vías hacia ese país, miembro de la Unión Europea. Sus agotados padres caminaban detrás, cargando las pertenencias de la familia. Un hombre caminaba sobre muletas, cuidando de no tropezar con los oxidados raíles. Dos hombres ayudaban a un amigo en silla de ruedas a salvar las tablas de madera. Varios jóvenes cargados con sacos charlaban al pasar. Otros seguían más atrás, siluetas dibujadas por la luz tenue en la distancia.

En la frontera con Hungría, la vía es la única parte que no está cubierta por alambre de espino. Las vías trazan una ruta más larga pero más segura, que no implica pagar cuantiosas sumas a contrabandistas que esconden a la gente para cruzar la frontera en camionetas y camiones. Aun así, casi con certeza supone terminar en manos de las autoridades húngaras, conocidas por su duro trato a los solicitantes de asilo.

"La gente que ya ha tenido bastante toma la ruta de la vía", comentó Abdul Mayid, de Siria. "Los pobres, hambrientos y cansados".

Hosny Al-Kahyari, también de Siria, dijo que no quería seguir arriesgando su vida a manos de traficantes. Los contrabandistas ya le engañaron una vez en Serbia, al sacarle a patadas de un auto en una autopista poco después de emprender camino hacia Belgrado, la capital. El estudiante, de 26 años, señaló que esta vez prefiere ir con más cuidado.

"Simplemente seguiré la ruta de las vías", dijo, camino de Hungría desde la localidad de Kanjiza, en el norte de Serbia.

Pero caminar junto a la vía también es peligroso. Casi 40 personas han muerto este año en Macedonia en accidentes con trenes cuando caminaban junto a los raíles. Los que buscan seguridad en Europa también tienen que orientarse en el caos de la estación de ferrocarril de Gevgelija, no lejos de la frontera, donde los ánimos se caldean cuando miles de personas intentan trepar a trenes sobrecargados desde plataformas salpicadas de basura.

Algunos de los enfrentamientos más violentos entre migrantes y policía se han producido en las vías entre Grecia y Macedonia, donde la policía macedonia lanzó granadas aturdidoras para dispersar a una multitud que, frustrada tras pasar tres noches al raso, intentó cargar contra ellos varias veces. Docenas de personas resultaron heridas en dos incidentes separados. El bloqueo se debía en parte a la confusión en la estación de Gevgelija.

Más adelante en la ruta, Hungría suspendió todo el tráfico ferroviario desde su terminal principal en Budapest y despejó la estación Keleti de cientos de personas que intentaban subir a trenes hacia Austria y Alemania. Los migrantes protestaron ante la estación, coreando "¡Libertad! ¡Libertad!".

Entonces fueron los trenes austriacos los que suspendieron el servicio a y desde Budapest, citando la sobrecarga. Miles de personas decidieron resolver la situación por sí mismas y el viernes empezaron a caminar hacia Viena, a 60 kilómetros (40 millas) de distancia, forzando un cierre temporal de una importante autopista.

Por fin, unos 12.000 solicitantes de asilo bajaron de sus trenes el sábado y encontraron una bienvenida muy diferente en la ciudad alemana de Múnich: camas limpias, atención médica y ofertas de alimento y comida.

"Múnich hace lo correcto. Tenemos que ayudarles", dijo Johann Hoerterer, conductor de autobuses que esperaba en la estación central de la ciudad para llevar a los recién llegados a refugios de toda Baviera.

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Gec informó desde Horgos, Serbia. Paul Wheatley contribuyó desde Múnich.