Los puestos callejeros que ofrecen a los norcoreanos una oportunidad de gastar -- o ganar -- dinero con todo tipo productos desde helados a DVDs están floreciendo en Pyongyang y otras ciudades de Corea del Norte, como modestas formas de comercio privado en expansión en una nación donde el capitalismo es oficialmente un anatema.

En un fuerte contraste con actividades habituales pero semiclandestinas -- mujeres mayores vendiendo cigarrillos sueltos en algunas calles de la ciudad o de agricultores que comercializan sus productos en puestos de fruta improvisados al borde de las carreteras --, los kioscos parecer importantes apoyos detrás y , además de ser visibles, se propagan rápido.

Cerca de la principal estación de tren de Pyongyang, por ejemplo, un puesto de hamburguesas funciona bien. A unas cuadras de distancia hay uno donde se venden bollos y artículos de bollería. Otro vende flores, refrescos y comida chatarra. Como es verano, lo más demandado son los conos de hielo y los helados a precios accesibles, menos de un dólar estadounidense.

En el invierno, el protagonismo pasa a castañas asadas, batatas y bebidas calientes.

La mayoría de los puestos son modestos. Pero los más lujosos, asociados a restaurantes conocidos o a empresas aprobadas por el estado, también se están multiplicando, lo que podría sugerir que Pyongyang podría intentar mantener, o incluso desarrollar, un incipiente mercado de consumo interno.

El primero puesto callejero apareció hace cerca de una década en la capital, organizado por el estado durante las vacaciones para dar a los ciudadanos bienes subsidiados -- a menudo a cambio de cupones emitidos por el ejecutivo -- como una muestra de la generosidad de los gobernantes. Pero tras probar a permitir su expansión en 2012, coincidiendo con el centenario del nacimiento del fundador del país Kim Il Sung, se han multiplicado en número y variedad.

Que Pyongyang acepte su avance podría ser inevitable.

El sistema proteccionista de Corea del Norte se vio seriamente dañado por la crisis económica y la hambruna que azotó el país en la década de 1990, llevando a muchos norcoreanos a vender todo lo que podían en el mercado negro, bien a cambio de dinero o comida, solo para sobrevivir. Los puestos y el crecimiento de la empresa privada en general desde entonces es visto por los observadores de Corea del Norte como una prueba de que el paso de los años ha cambiado la actitud confiada del pueblo hacia el estado, estimulando una especie de movimiento de emprendedores.

Las autoridades no permiten un capitalismo de mercado como tal, que consideran una anomalía y una amenaza potencial a su economía estatal centralizada a la vieja usanza. Sin embargo, sin aprobación tácita, los puestos de venta y mercados más grandes casi oficiales -- otro elemento que se ha convertido en habitual en la mayoría de las ciudades -- no podrían operar tan abiertamente como lo hacen. Los observadores externos oponían que los sobornos y la corrupción juegan un papel importante en esto.

En los mercados más grandes, la mayoría de ellos ajenos a la mirada indiscreta de los extranjeros, los puestos se alquilan a vendedores individuales que luego anuncian sus mercancísa y negocian los precios con los clientes, creando una atmósfera muy similar a la de mercados de otros países.

Aunque los cupones emitidos por el estado están todavía en uso, la mayoría de las transacciones en los puestos callejeros son en efectivo -- la mayoría en moneda local. Este tipo de operaciones evitan el sistema de racionamiento, son más difíciles de controlar por el gobierno y podrían ampliar la ya de por sí creciente diferencia entre los más y los que menos tienen, especialmente en la capital.