Acuerdo nuclear: Se pactó con la URSS, ¿por qué no con Irán?

Los detractores del acuerdo nuclear con Irán dicen que es malo, entre otras cosas, porque no exige que Teherán cambie de comportamiento tanto adentro de sus fronteras como afuera. Pero esa queja ignora el hecho de que Estados Unidos tiene una larga historia de sellar acuerdos con, por ejemplo, la Unión Soviética, un enemigo mucho más peligroso.

Los acuerdos con la antigua URSS probablemente hicieron que el mundo fuera un lugar más seguro en plena Guerra Fría y demostraron que puede haber un diálogo productivo incluso con los adversarios más acérrimos.

A partir del Tratado de Limitación de Ensayos Nucleares de 1963, menos de un año después de la crisis de los misiles de Cuba, el gobierno estadounidense selló acuerdos con la Unión Soviética para reducir la amenaza nuclear, sin condicionarlos a la suspensión de los abusos de los derechos humanos de la Unión Soviética ni al hecho de que armaba y financiaba a movimientos izquierdistas, antiestadounidenses en todo el mundo.

Los diplomáticos se movieron a paso acelerado y en 1963 Estados Unidos, la Unión Soviética, Gran Bretaña, Francia y China firmaron el Tratado de No Proliferación, cuyo objetivo era evitar que otras naciones produjesen armas nucleares, al tiempo que se garantizaba su derecho a la tecnología nuclear con usos civiles, el mismo derecho que 47 años después permite a Irán seguir construyendo instalaciones nucleares para la generación de electricidad y las investigaciones médicas.

Estados Unidos y los soviéticos entraron en los años 70 en un período de "detente" que produjo el Tratado de Limitación de Armas Estratégicas, conocido como SALT, y el Tratado de Misiles Antibalísticos. Los pactos fueron respetados a pesar de la Guerra de Yom Kippur entre árabes e israelíes.

Las negociaciones nucleares continuaron y en 1979 se firmó el SALT II para seguir reduciendo el arsenal de armas nucleares. El presidente estadounidense Jimmy Carter se salió del tratado seis meses después, luego de la invasión soviética de Afganistán. Pero tan solo tres años más tarde su sucesor Ronald Reagan, profundamente antisoviético, dio a conocer el Tratado de Reducción de Armas Estratégicas, o START, que buscaba reducir los arsenales de ojivas nucleares de Estados Unidos y la Unión Soviética, así como la cantidad de bombarderos y misiles capaces de transportar esas bombas.

Ninguno de esos acuerdos, no obstante, afectó los esfuerzos de Estados Unidos por combatir el comportamiento de los soviéticos, particularmente en Afganistán.

"Lo que tuvimos que hacer fue confrontar directamente a los soviéticos armando a los muyaedines (combatientes afganos antisoviéticos) y otras cosas, al tiempo que paralelamente adelantábamos negociaciones armamentísticas", señaló William Courtney, de la Corporación RAND y ex diplomático estadounidense que trabajó en el control de armas y sirvió en Moscú.

"Es probablemente la misma estrategia que tenemos que seguir con Irán", acotó. "Difícilmente los iraníes hubiesen aceptado un acuerdo que les impedía seguir armando a Jezbolá, a Assad y a otros similares", dijo Courtney, aludiendo a la organización armada libanesa que combate a Israel y el presidente sirio Basher Assad, un estrecho aliado de Irán.

El mismo año que se firmó el START, Reagan causó conmoción a los soviéticos al proponer un sistema espacial capaz de contrarrestar cualquier ataque nuclear contra Estados Unidos en momentos en que los soviéticos se retrasaban más y más en el desarrollo de tecnología armamentista. Si bien el programa fue suspendido porque resultaba demasiado complejo, fue una iniciativa similar a la apertura de Richard Nixon a China, que sacudió a los soviéticos en los años 70 e hizo que Moscú se sintiese más incentivada para encarar un período de deshielo.

Suzanne Maloney, de la Brookings Institution, dijo en un blog que el acuerdo con Irán también puede demostrar el valor de negociar con los adversarios de uno.

"El acuerdo debería acabar con algunas de las presunciones de la política de Estados Unidos hacia Irán", expresó Maloney, subdirectora interina del programa de política exterior de Brookings.

"En particular, deberíamos hacer a un lado el tabú... contra la diplomacia directa entre gobiernos distanciados como los de Estados Unidos e Irán", escribió, acotando que "la política de no mantener contactos oficiales que privó en ambos bandos parece más bien anticuada".

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Steven R. Hurst es especialista en política internacional e informó desde Moscú por 12 años.