Horas de espera y explosión de alegría por papa

El espacio a lo largo de 50 metros en la acera se "disputa" fraternalmente, nadie lo abandona ni por un segundo, menos cuando se tiene una posición clave para hacer una foto.

Es un tramo de la esquina de las avenidas República de Chile y Rio Branco, en el centro de Rio de Janeiro, atestado desde la una de la tarde porque a su llegada a la ciudad, el papa Francisco pasaría por allí, y no una sola vez, sino dos, debido a la elección del recorrido, el corte de vías y la misma distribución vial que obliga a hacer un pequeño retorno.

Con un sol tibio y una brisa fresca, las chilenas María José Olivos, de 23 años y Paulina Muñoz, de 15, escogieron un segmento de esa acera simplemente porque al frente de la calle --ya cerrada para permitir el paso del papamóvil-- estaba un grupo de argentinos con banderas y sabiendo que el papa es argentino, las dos pensaron que quizá el pontífice podría detenerse a saludarlos.

Para Mariana Rodríguez, de 82 años y Severina Alves, de 70, dos jubiladas y solteras, la razón para escoger ese segmento de la acera fue otro: un tabla de madera sobre el perfil metálico alrededor de un árbol, lo que les ofrecía asiento y sombra.

Con el paso de las horas, la multitud comenzó a crecer detrás de las cuatro mujeres, que estaban en "primera fila" o exactamente detrás de la barricada metálica que separaba la acera de adoquines blancos y grises, de la avenida por donde pasaría el pontífice, en un sector de altos edificios de oficinas, como la sede de la petrolera estatal Petrobras, algunos cuadras atrás; pero también de construcciones majestuosas como el Teatro Municipal.

"Banderines de Brasil, a un real, sólo un real", gritaban algunos vendedores ambulantes, mientras otros ofrecían palomitas de maíz y maní.

Olivos y Muñoz, las jóvenes chilenas llegadas desde Santiago como parte de un grupo de 100 personas que viajaron cuatro días en bus para arribar a Rio de Janeiro la madrugada del lunes, aprovechan las horas para conversar con otros jóvenes voluntarios brasileños que forman una larga cadena humana de protección al otro lado de la barrera metálica: son el último freno entre los peregrinos en la acera y la avenida.

Se firman entre unos y otros sus banderas, las de Brasil, las de Argentina, México y Venezuela, como un recuerdo de la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud y que constituye la primera gira internacional de Francisco desde su elección en marzo.

El ambiente es el de la llegada de una estrella de rock, festivo, lleno de vivas a Francisco, y cuando entre unos y otros se corre la voz de que el papa ya aterrizó en Río de Janeiro comienzan algunos gritos y una agitación de gente intentando acercarse a la barrera metálica al borde de la acera, pero las chicas como Olivos y Muñoz no ceden ni un milímetro, mientras Rodríguez y Alves con educación pero en torno enérgico, le recuerdan a unos recién llegados que ella están ahí desde las 2:30 de la tarde (1730GMT).

Aunque no se escucha samba ni hay parlantes atronadores, la música proviene ocasionalmente de la garganta de los propios peregrinos, que entonan algunos cánticos religiosos, pero principalmente los nombres de su países: Chi, chi, chi, le, le leeee. En respuesta, Olivos y Muñoz escuchan un atronador "Argentina, Argentina" como una hinchada de fútbol.

Todos, sin embargo, son acallados por los anfitriones que dominan la asistencia: "soy brasilero con mucho orgullo, con mucho amor".

Como las oficinas públicas dieron la tarde libre, muchas de las tiendas también cerraron, incluyendo algunos pocos kioscos de venta de golosinas y gaseosas, lo que hacía difícil conseguir agua, pero tanto peregrinos como cariocas, parecían no sentir ninguna incomodidad.

"Ya viene, ya viene" gritó una voz entre la multitud y que se regó como pólvora haciendo que la hasta unos minutos apacible muchedumbre comenzara agitarse entre empujones y vivas al papa empujando hacia la barrera metálica al punto que las ancianas jubiladas --Rodríguez y Alves-- se abrazaron para evitar caerse.

La figura blanca de Francisco en su papamóvil apareció de pronto a lo lejos y el resto fue un pandemonio de empujones gritos y llanto, con cientos de manos extendidas intentando hacer una foto con los celulares.

Como en un torbellino, los que antes estaban frente quedaron detrás y ya todo el escenario cambió porque peregrinos y transeúntes corrieron a doblar la esquina para llegar al Teatro Municipal e intentar una segunda mirada de "Chico" o el diminutivo brasileño para Francisco.

La Jornada "es la primera de mi vida y ya lo vi", dijo alegre José Alejandro Vásquez, un estudiante de 19 años, llegado con otros 11 compañeros desde Saltillo Coahuila, al norte de México. "Fue una emoción cuando nos lanzó en un gesto un beso", añadió Vásquez mientras con sus compañeros veían las fotos que tomaron del paso del papa.

Al otro lado de la esquina desde los árboles lo más atrevidos subieron a sus ramas para ver al primer papa latinoamericano de la historia y evitar el tapón de gente que ya no permitía avanzar.

En una de las paredes al doblar la esquina, Idaclea Rangel, de 73 años, se recostó del muro temblando, llorando y gritó: "lo vi, lo vi".

"Yo no puedo viajar a Roma, pero él vino, él vino a mejorar este país, que es un país de corruptos, y a mejorar nuestra fe", dijo Rangel con los ojos llenos de lágrimas y manos temblorosas. "Es emoción pura".