Un día de abril, dos adolescentes salieron de la escuela en el Cáucaso al terminar las clases y en lugar de regresar a sus casas se fueron a la guerra.

En Minneapolis, Minnesota, una muchacha de 20 años se robó el pasaporte de una amiga y se embarcó en la misma empresa.

Desde Nueva Zelanda vino un hombre que trabajada de guardia; desde Canadá, un aficionado al hockey sobre hielo al que le encantaba la caza y la pesca.

Y ha habido muchos, muchos más: entre 16.000 y 17.000 según un estimado de una fuente independiente de Occidente. Hombres y algunas mujeres de unos 90 países que van a Siria e Irak para librar una guerra santa musulmana en las filas de la organización Estado Islámico.

Abu Bakr Al-Baghdadi, el líder de la agrupación, ha arengado a musulmanes de todo el mundo a que se trasladen a los territorios bajo su control para combatir y también para prestar otros servicios, como administradores, médicos, jueces, ingenieros y profesores. Les piden asimismo que se casen, echen raíces e inicien familias.

"Todas las personas pueden contribuir algo al Estado Islámico", sostuvo el canadiense Andre Poulin en una declaración filmada que ha sido usada para reclutar gente a través de la internet. "Puedes quedar bien ante los ojos de Dios todopoderoso para la próxima vida sacrificando un poquito de esta vida terrenal".

El contingente de extranjeros que tomaron las armas en nombre del Estado Islámico en los últimos tres años y medio es más que el doble de los que se incorporaron a la Legión Extranjera francesa. Los conflictos en Siria e Irak han atraído más combatientes voluntarios que otras causas islámicas del pasado en Afganistán y la antigua Yugoslavia. Y se calcula que ocho de cada diez reclutas se incorporaron al Estado Islámico.

Están allí en las buenas y en las malas. Luego de sufrir grandes pérdidas tanto en Siria como en Irak, los combatientes del Estado Islámico parecen haber recuperado la iniciativa en tiempos recientes, capturando Ramadi, capital de la provincia suní más grande de Irak, y la antigua ciudad siria de Palmira, famosa por sus ruinas de más de 2.000 años.

Hay muchos bosnios y chechenos curtidos en combates, así como fanáticos religiosos sin experiencia de combate pero dispuestos a morir por su fe.

Entre los legionarios se cuentan unos 3.300 europeos occidentales y unos 100 estadounidenses, según el Centro Internacional para el Estudio de la Radicalización (CIER), un grupo de estudios del King's College de Londres.

Se cree que entre el 10% y el 15% han muerto en combate. Cientos más han sobrevivido y regresado a sus países. Y sus gobiernos se preocupan ahora por lo que puedan hacer allí.

"A todos nos inquieta la posibilidad de que los combatientes traten de volver a sus países o a sus regiones para participar o apoyar el terrorismo y la radicalización", afirmó Nicholas J. Rasmussen, director del Centro Nacional de Antiterrorismo del gobierno estadounidense, durante una reciente audiencia en el Senado.

"Igual que Osama bin Laden, que empezó su carrera en el terrorismo internacional como combatiente extranjero en Afganistán en los años 80, la próxima generación de Osama bin Ladens está peleando en estos momentos en Siria e Irak, sostuvo el director del CIER Peter Neumann en febrero, durante una cumbre en la Casa Blanca para hablar sobre el terrorismo.

Un obstáculo para frenar el flujo de reclutas ha sido que no responden a un patrón fijo y tienen distintas motivaciones.

Periodistas de la Associated Press de cinco continentes rastrearon algunas personas que partieron para unirse al Estado Islámico y comprobaron que algunos profesan la fe islámica desde la cuna, mientras que otros son conversos, aventureros, profesionales con educación superior o gente desencantada con sus vidas.

"No hay un perfil dominante", de acuerdo con un estudio de las autoridades alemanas conseguido por la AP.

El informe dice que se calcula que el 65% de las personas que se fueron "atraídas por el extremismo islámico" tenían antecedentes policiales. El 61% habían nacido en Alemania y había nueve hombres por cada mujer.

John G. Horgan, psicólogo que dirige el Centro para Estudios del Terrorismo y le Seguridad de la University of Massachusetts Lowell, halló que entre los reclutas estadounidenses sí hay algunos puntos en común. Generalmente, dijo, son jóvenes veinteañeros, aunque ha habido algunos treintones.

"Desde un plano psicológico, muchos de ellos están en una etapa de sus vidas en las que tratan de encontrar su lugar en el mundo, decidir quiénes son, cuál es su propósito en la vida", expresó Horgan. "Se describen a sí mismos como gente conflictuada, que trata de reconciliar una doble identidad como musulmanes y occidentale".

Algunos son fanáticos religiosos que quieren proteger el califato, o teocracia musulmana, que el Estado Islámico proclamó en el tercio de Siria e Irak actualmente en sus manos. A otros les atrae la idea de meterse en algo prohibido o secreto.

Y no faltan los que simplemente siguen los pasos de otros.

"Lo que tienen en común es que todos son jóvenes, impresionables y están sedientos de emociones", indicó Horgan.

Cuando llegan a territorios controlados por el Estado Islámico, los reclutas reciben un entrenamiento militar básico y son enviados al combate. Varios participaron en "algunos de los ataques más violentos" lanzados por esa organización, incluidas acciones suicidas y decapitaciones de extranjeros que han sido filmadas, de acuerdo con William Braniff, director ejecutivo del Consorcio Nacional para el Estudio del Terrorismo y de las Respuestas al Terrorismo, un centro de investigaciones con sede en la Universidad de Maryland.

Areeb Majeed, de 23, oriundo de un suburbio de Mumbai, India, se unió al Estado Islámico en mayo del 2014 y combatió en sus filas durante seis meses. Mató a más de 50 personas y recibió un balazo en el pecho.

Pero en determinado momento llamó a sus padres, de Turquía, y les dijo que quería volver a casa, según diarios indios. Se quejaba de que no le pagaban y le hacían limpiar baños y cargar agua durante los combates, de acuerdo con la Agencia Nacional de Investigaciones de la India.

A menudo, no obstante, los combatientes extranjeros usan las redes sociales para hacer de modelos y tratar de reclutar más voluntarios, indicó Braniff.

"Antes de venir a Siria tenía dinero, una familia, buenos amigos; no era un anarquista ni nadie que quisiese destruir el mundo, matar a todos", comentó el legionario canadiense Poulin. "Hay que poner a Dios por sobre la familia, por sobre uno mismo, por sobre todo. Alá antes que nada", dice este hombre oriundo de Ontario en el video.

Su aventura yihadista terminó en agosto, en que murió durante un ataque a una pista aérea en el norte de Siria.

No sin antes haber reclutado a cinco personas de Toronto para que se uniesen al Estado Islámico, de acuerdo con la Canadian Broadcasting Corporation.

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Dahlburg informó desde Bruselas y también colaboraron en este despacho Sarah El Deeb (El Cairo), Christopher Bodeen (Beijing), Rob Gillies (Toronto), Geir Moulson (Berlín), Ryan Lucas (Beirut), Katy Daigle (Nueva Delhi), Zeina Karam (Beirut) y Edie Lederer (Naciones Unidas).