La edad hace mella en sobrevivientes a bombas nucleares

Lo que el ataque nuclear no les arrebató, se lo quita ahora la edad.

Setenta años han pasado desde que Estados Unidos sorprendió al mundo lanzado dos bombas atómicas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki. Ante la reunión que mantendrán esta semana las potencias nucleares para discutir el acuerdo de desarme de referencia, los ahora frágiles sobrevivientes advierten que esta podría ser la última ocasión para utilizar su horror personal para agilizar los trabajos.

La conferencia para revisar el Tratado de No Proliferación Nuclear (NPT, por sus siglas en inglés) se celebra cada cinco años. La media de edad entre los que sobrevivieron al bombardeo, llamados hibakusha, es de 80 años.

Hay señales de que están cada vez más débiles. Una multitudinaria protesta el pasado domingo en Manhattan, Nueva York, contra las armas nucleares, estuvo encabezada por tres mujeres en sillas de ruedas, que avanzaron lentamente por el recorrido de unos 2,5 kilómetros (1,5 millas).

Uno de los sobrevivientes más conocidos, Sumitero Taniguchi, de 86 años, no pudo unírseles. Frágil y silencioso, permaneció en su silla y observó cómo manifestación pasaba por la avenida. Medios japoneses rodearon al hombre, que estaba en Nagasaki en el momento del ataque, inclinándose para tener una mejor visión.

"Me quedé sorprendida cuando lo vi", dijo la sobreviviente de Hiroshima Setsuko Thurlow, de 83 años y que completó el recorrido también en una silla de ruedas. "Está mucho más delgado".

Thurlow tenía 13 años cuando la bomba cayó sobre Hiroshima matando a 140.000 personas. "La gente que estaba lejos vio la nube con forma de seta y escuchó el potente rugido. Pero yo no vi la nube porque estaba dentro de ella", recuerda cuando cuenta su historia. Salió de entre ruinas en llamas y pasó horas dando agua a un campo lleno de moribundos.

La mujer asegura haber contado su experiencia miles de veces en todo el mundo. "¿Mi salud? He sido afortunada", dijo en la marcha del domingo. Pero sus amigos dicen que vive con dolores diarios.

Japón es conocido por tener la población más envejecida del mundo, pero partidarios de los hibakusha advierten que los efectos del ataque nuclear en su salud podrían acortar sus vidas.

Cuando cayó la bomba en Nagasaki, Taniguchi tenía 16 años e iba en su bicicleta a aproximadamente un kilómetro de distancia del epicentro. Setenta mil personas murieron. Su espalda sufrió quemaduras tan graves que pasó buena parte de los siguientes tres años y medio tumbado boca abajo. Sus amigos dicen que sigue teniendo heridas abiertas y que no puede transpirar.

"Las armas nucleares son armas del diablo, que no permitirán a los humanos vivir ni morir como humanos", dijo a los asistentes a una reunión para el desarme en Nueva York durante el fin de semana.

Más tarde, mientras esperaba al elevador para subir una planta y con una cadena de palomas de la paz de origami alrededor del cuello, Taniguchi declinó una petición de entrevista. Demasiado cansado, explicó su amiga Hiroko Kumagai. "Estoy muy preocupado por su estado de salud", dijo en voz baja.

"Es un milagro que esté vivo. Fuma mucho", dijo Kathleen Sullivan. Directora de un programa para un proyecto llamado Historias de Hibakusha dijo que este será el último año que llevarán a sobrevivientes a dar charlas en escuelas de la Ciudad de Nueva York, "porque sinceramente, es preocupante reunir a tanta gente mayor".

El secretario general de Naciones Unidas, Ban Ki-moon, agradeció de forma especial a los hibakusha. "Desafío a cualquiera a mirar a los ojos de estas personas valientes y fuertes y decir que saben mejor que ellos lo que aportan las armas nucleares", dijo en un comunicado en el inicio de la conferencia nuclear.

Unas tres docenas de hibakusha viajaron a Nueva York para la conferencia, pero es la última vez que un número tan significativo podrá realizar este trayecto, dijo Joseph Gerson, coordinador de desarme de American Friends Service Committee.

El dolor y la vergüenza por la exposición a la radicación en Hiroshima y Nagasaki desaparecieron lentamente en Japón, coartando el debate público. El abuelo de Hibiki Ouchi sobrevivió a Hiroshima pero murió más tarde por cáncer de piel, pero nadie había contado su historia hasta hace unos años, cuando su madre contrajo cáncer de pecho y se preocupó por si era como consecuencia de la bomba.

Para entonces, Ouichi ya trabajada con el Consejo Japonés contra las Bombas Atómicas y de Hidrógeno.

"Nunca olvidaré a mi abuelo, pero igual me hizo hacer esto", dijo. "Siempre que escucho un testimonio de un hibakusha siento que son él".

La esperanza descansa ahora en los sobrevivientes más jóvenes como Toshiki Fujimori, de 71 años. "Los hibakusha más jóvenes intentamos heredar la experiencia", señaló.

Pero sus recuerdos no son propios. Cuando ocurrió el ataque de Hiroshima tenía solo un año.