Macri transformaría economía argentina si ganase elecciones

Si gana la presidencia, Mauricio Macri acabaría con un estricto control cambiaro, haría las paces con los acreedores de Argentina y mejoraría las deterioradas relaciones con Estados Unidos. En otras palabras, daría marcha atrás a las políticas que la presidenta Cristina Fernández y su finado esposo Néstor Kirchner impulsaron a lo largo de los últimos 13 años.

Y es una campaña que parece estar ganando terreno.

El alcalde derechista de Buenos Aires encabeza muchas encuestas con miras a los comicios presidenciales de octubre. Su popularidad obedece en parte a la frustración por la situación económica del país y al malestar en torno a la muerte del fiscal federal Alberto Nisman, que había acusado a Fernández de proteger a los responsables del peor ataque terrorista sufrido por Argentina. Tres meses después de su deceso, todavía no se ha establecido si se suicidó o fue asesinado.

Macri cree que sus reformas a favor del mercado libre restaurarán la confianza en Argentina, tanto adentro como afuera del país. Ese discurso está teniendo eco: Un puñado de encuestas realizadas en marzo le dan leve ventaja sobre el resto, lo que representa un gran cambio respecto a hace seis meses, cuando aparecía tercero en esas consultas.

Sus propuestas de levantar los controles sobre la compraventa de divisas y sobre las exportaciones son bien vistas por el sector empresarial y por las clases media y alta, pero hay quienes advierten que Macri quiere hacer demasiadas cosas en poco tiempo.

Él afirma que, de ser elegido, eliminaría rápidamente las restricciones a la compra de dólares. Hacer eso de la noche a la mañana, sin embargo, podría generar un "ajuste sangriento", según el ex presidente del Banco Central Aldo Pignarelli.

Varios economistas dicen que la eliminación de los controles cambiarios requerirían otras dos importantes reformas económicas: reforzar las reservas en divisas extranjeras para elevar el nivel de endeudamiento y devaluar el peso para dejarlo a su verdadero nivel del mercado. Macri no ha hablado de una devaluación pero ha dicho en reiteradas ocasiones que Argentina debe negociar con un grupo de acreedores internacionales, con los que está enfrentada, y así poder tener acceso nuevamente a los créditos de la banca internacional.

Esa perspectiva espanta a muchos en un país que no se olvida la moratoria en la que incurrió en 2001, cuando no pudo hacer los pagos de una deuda de 100.000 millones de dólares en medio de un colapso económico total. Numerosas personas perdieron todos sus ahorros y Argentina pasó a ser un paria de las finanzas internacionales.

Daniel Scioli, uno de los principales aspirantes a la candidatura del partido de gobierno que está empatado o levemente por encima de Macri en algunas encuestas, dice que los cambios deben ser graduales.

Si bien la mano firme del partido peronista de Fernández ayudó a estabilizar la economía tras llegar al gobierno en 2003, la recuperación se ha estancado y registra una inflación que economistas privados dicen gira en torno al 30%, acompañada por una fuga de capitales y relaciones cada vez más tensas con varios socios comerciales, incluido Estados Unidos.

La política kirchnerista "no le da soluciones a la gente", dijo Macri el martes, durante un acto de campaña en la ciudad de Rosario. "Hay una necesidad de cambio y de alternancia muy importante".

Macri, quien está recorriendo el interior del país en busca de votos, declinó varias solicitudes de entrevista hechas por la AP.

Hijo de un magnate industrial italiano, Macri, de 56 años, dijo que su incursión en la política fue inspirada por su secuestro de 1991 por parte de agentes de la policía federal, quienes habrían cobrado un rescate de varios millones de dólares, que fueron pagados por su familia.

Fue secuestrado por varios hombres cuando regresaba a su casa una noche y retenido en un sótano por dos semanas, sin poder ver la luz del día ni los rostros de sus captores. Ese episodio, afirmó, lo hizo ver cómo la pobreza y la violencia llevan a la gente a hacer cosas extremas, vivencias que nunca había tenido hasta entonces en el seno de una familia rica.

En la década de 1990 Macri se dio a conocer como presidente del club de fútbol Boca Juniors, que ganó varios trofeos internacionales bajo su conducción y lo hizo muy popular en esta nación de 41 millones de habitantes.

En 2007, fue elegido jefe del gobierno (alcalde) de Buenos Aires y en poco tiempo dejó en claro que estaba dispuesto a hacer a un lado las convenciones políticas. Despidió rápidamente a 2.400 empleados municipales que describió como "ñoquis", expresión usada en Argentina para aludir a gente que cobra un sueldo sin hacer nada, y tuvo roces con el gobierno nacional al crear la primera unidad policial municipal, que asumió tareas que desempeñaba la policía federal.

Se le atribuye haber mejorado el transporte en la ciudad más grande de Argentina pero también fue criticado por haber aumentado la deuda de la ciudad para financiar sus proyectos urbanos.

El año pasado, enfrentó candentes críticas porque dijo que a todas las mujeres les gustan los piropos, incluso a quienes dicen que no les gustan, por lo que tuvo disculparse más tarde.

Con su estilo de empresario informal y algunas canas, Macri salía con frecuencia en las páginas sociales de las publicaciones de Buenos Aires, que siguieron de cerca la vida romántica de este político con ambiciones, ahora casado por tercera vez.

La base de apoyo de Macri se encuentra sobre todo en Buenos Aires, en particular en la elite empresarial y sectores de clase alta y media. Deberá esforzarse para conquistar votos en las provincias, donde la gente pobre se ha beneficiado más con los programas del gobierno.

Algunos subsidios mantienen el precio de la gasolina bajo, los trabajadores públicos reciben importantes aumentos salariales anuales y los argentinos figuran entre quienes más vacaciones disfrutan en el hemisferio occidental.

La inflación, no obstante, anula muchos de esos beneficios y la gente común sufre con la falta de oportunidades laborales y las frecuentes fluctuaciones del mercado, que complican transacciones básicas como la compra y venta de propiedades.

"La situación económica es un desastre", se quejó Juan Carlos Fedyna, de 29 años, y quien administra una pequeña librería especializada en el papa Francisco.

Fedyman dijo que su negocio dejó de exportar libros y baratijas alusivas al pontífice argentino el año pasado porque las tasas de cambio fijadas por el gobierno lo hacían perder dinero.

Esos controles generan un floreciente mercado negro. Tanto turistas como argentinos que regresan del exterior negocian dólares y euros en sitios públicos como la calle Florida, en pleno centro, frente a tiendas de ropa y confiterías finas.

La tasa oficial de cambio es de unos ocho pesos por dólar, pero en el mercado negro, el "dólar azul" ha llegado a cotizarse a 15 pesos en el último año.

"Todos los argentinos que pueden compran al menos 50 dólares a la semana", dijo Rodrigo, un hombre de 61 años que ofrecía dólares y quien no quiso dar su apellido.

Fernández, quien no puede buscar un tercer mandato por ley, atribuye buena parte de los problemas económicos a Estados Unidos y, en particular, a los tenedores de bonos que no quisieron renegociar la deuda.

El default del 2001 le costó a Argentina su acceso a los mercados de crédito internacionales y sus reservas de divisas extranjeras son hoy de 31.500 millones de dólares, muy bajas para una de las principales economías de América Latina.

La mejor forma de aumentar las reservas sería negociar con los bonistas estadounidenses, un grupo que Fernández tilda de "buitres". Si se llega a un acuerdo con ellos, sin embargo, la batalla legal sobre la deuda terminaría y el país tendría nuevamente acceso a créditos internacionales.

Macri no ha hablado en público de esa disputa en los últimos tiempos, pero ha dado a entender que Argentina tiene que resolver ese problema para restablecer la "confianza" en la economía. Y dice que él es la persona indicada para que eso suceda.

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En este despacho colaboró la corresponsal de The Associated Press en Buenos Aires, Débora Rey.

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