En sitios exclusivos, los ricos desplazan a los pobres

Al principio Loly García no tenía que viajar mucho a sus trabajos en hoteles caros de este exclusivo centro de esquí. Compartía un pequeño departamento de un ambiente con su padre, su hermano y un primo tras llegar de El Salvador hace más de 20 años.

Pero cuando se casó quiso tener una vivienda propia y tuvo que mudarse a una localidad 37 kilómetros (23 millas) al oeste, donde reside en una casa rodante a la que se llega después de atravesar una zona llena de tierras que no están siendo usadas y de mansiones cuyos dueños visitan un par de semanas al año.

No aguantó tanto viaje y decidió trabajar en un sitio donde gana mucho menos, pero más cercano a su casa. "Me pasaba diez horas a la semana viajando. Era como trabajar un día extra", comentó García, quien tiene 49 años. "Es duro vivir aquí".

La línea divisoria entre los que tienen y los que no en Aspen refleja otro fenómeno que separa a los ricos y los pobres en el resto del país: Los ricos se hacen más ricos mientras que el resto de la población lucha por sobrevivir. Del 2009 al 2012 los ingresos ajustados a la inflación del 1% de los estadounidenses más ricos subió un 31%, de acuerdo con el economista Emmanuel Saez, de la Universidad de California de Berkley. Los ingresos de los demás subieron un 0,4%.

La división en Aspen es económica y también geográfica. La gente que limpia las casas donde los ricos pasan sus vacaciones, que cuida sus jardines y que trabaja en los hoteles debe encontrar alojamiento en parques para casas rodantes o en complejos pequeños donde se amontonan muchas personas en espacios reducidos, decenas de kilómetros hacia el oeste. Los afortunados --aproximadamente la mitad de los 6.700 residentes permanentes de Aspen-- consiguen unidades ofrecidas por un programa de viviendas inusualmente baratas que, en el mercado abierto, costarían millones de dólares cada una.

Residentes que se las ven en figurillas para encontrar una vivienda que puedan costear ven como cada vez más casas terminan en manos de gente que pasa allí solamente las vacaciones, en las que casi nunca hay nadie.

"Es un calco de lo que sucede en Detroit, donde la riqueza, no la pobreza, es lo que ahuyenta a la población", sostuvo Mick Ireland, quien se desempeñó tres períodos como alcalde de Aspen.

El dilema de Aspen es parecido al que enfrentan otras ciudades donde la gente pasa sus vacaciones, desde Nantucket (Massachusetts) hasta Park City (Utah), especialmente en regiones escarpadas del oeste de Estados Unidos. Son localidades con muchos terrenos públicos donde no se puede construir o con montañas, donde no hay espacio para edificar complejos de viviendas para los trabajadores, que deben buscar casa en sitios más baratos y distantes. Los trabajos en esas comunidades son generalmente en industrias de servicios mal pagados. Esas comunidades, sin embargo, atraen a las clases altas, según Bill Hettinger, autor de "Viviendo y trabajando en el paraíso" (Living and Working in Paradise), un libro sobre estas ciudades para pasar las vacaciones.

El ingreso familiar promedio de Aspen, de 71.000 dólares anuales, es ligeramente superior al del resto del estado. Hacia el oeste, sin embargo, los ingresos bajan, hasta llegar a Glenwood Springs, a 82 kilómetros (51 millas), donde es de 54.000 dólares y carpinteros, plomeros y otros trabajadores pierden horas viajando de sus casa a Aspen.

La situación sería peor si Aspen no hubiera hecho un esfuerzo extraordinario para evitar la partida de la gente de clase media y baja. Armada con un impuesto del 1,5% a la venta de propiedades y de una disposición por la cual todo nuevo proyecto de construcción debe incluir viviendas de bajo costo, la municipalidad y el condado tienen un programa que funciona desde hace 40 años y que permite a toda persona que trabajó al menos un año en Aspen alquilar o comprar viviendas a precios bajos.

Médicos y abogados que tampoco tienen dinero para pagar los precios exorbitantes de las propiedades también se acogen a esos programas, igual que carpinteros y plomeros. Todo el mundo elogia este programa, que permite que en Aspen haya una sustancial comunidad de personas que residen todo el año y que le dan a la ciudad un aire mucho más acogedor que el de otras ciudades con las que compite por el turismo de los ricos.

Abundan, no obstante, las personas que se quejan de la desigualdad y es común escuchar una broma según la cual los multimillonarios están sacando de la ciudad a los millonarios. Los restaurantes baratos frecuentados por los residentes permanentes están siendo reemplazados por restaurantes suntuosos y negocios caros. La propia oficina de la asociación de inmobiliarias tuvo que buscar sede fuera de la ciudad porque no podía pagar los alquileres astronómicos que se cobra en los mejores barrios. El precio promedio de las propiedades es de 5 millones de dólares.

Adam Frisch, de 47 años, concejal, padre de dos hijos y ex ejecutivo bancario, dice que no cree que la ciudad haya cambiado, sino que refleja la desigualdad económica reinante en toda la nación.

Hay quienes dicen que vivir en medio de tanta desigualdad es el precio que se paga por residir en lo que los lugareños describen como una "Disneylandia para adultos".

Elizabeth Milias, ex funcioinaria del gobierno de George W. Bush y quien publica un blog crítico de los políticos de Aspen, dijo que está cansada de las quejas. "Se propaga la impresión de que vivirían mucho mejor en Cleveland. ¡Por Dios!", expresó. "Aspen no puede existir sin los turistas ricos".

Es por eso que José Herrera se vino a estas montañas desde México. Es un obrero de la construcción de 25 años que vive a decenas de kilómetros de la ciudad, en una casa rodante. Pero no le tiene rencor a los ricos.

"La empresa para la que trabajo construye viviendas para los ricos y paga bien", afirmó. "De un modo u otro, nos ayudamos mutuamente".