Era la primera vez que Alejandrina Torres retornaba a su aldea natal donde Sendero Luminoso mató a cuchilladas a sus padres y dos hermanos mientras ella sobrevivió escondiéndose bajo las faldas de una vecina compadecida.

Junto a familiares de otros vecinos asesinados por insurgentes en otra matanza hace casi 30 años entierran los restos de 21 personas, incluidos los de su familia, exhumados el 2012 en la provincia de La Mar, región Ayacucho, epicentro de las peores atrocidades y violaciones de los derechos humanos en Perú cometidas por agentes estatales y Sendero Luminoso.

El informe de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación estimó que el conflicto armado interno provocó casi 70 mil víctimas, la mayoría de ellos campesinos quechuablantes como Torres. De las víctimas 15 mil desaparecieron y de estos menos tres mil han sido exhumados principalmente por falta de interés de los líderes políticos, aseguran activistas.

Los activistas dicen que Perú no madurará como país hasta que la élite de Lima aprenda de sus errores.

"Hay un profundo fracaso como nación en no sentir la más mínima empatía por el resto de conciudadanos", dijo Eduardo González, director del Programa de Verdad y Memoria del Centro Internacional Justicia Transicional con sede en Nueva York.

Los de Chaca lloran mientras cargan los ataúdes blancos por un camino rodeado de eucaliptos que finaliza en el cementerio donde hay que transitar con cuidado y evitar caer dentro de las decenas de fosas abiertas para la ocasión.

"Parece que ahora mismo estuviese viendo como bajan por los cerros los senderistas hablando, gritando en quechua: ¡mueran perros traidores!", dice Torres, de 33 años y ahora madre de tres niños a quienes todavía no ha contado su pasado.

Fueron asesinados por formar un comité de autodefensa civil. Sus armas eran hondas, machetes y cuchillos amarrados en la punta de palos, igual que las de los senderistas. Todos --victimarios y víctimas-- hablaban quechua.

"Aquí se han producido varias batallas sin nombres", dice Constantino Urbano quien a los nueve años y escondido en un cerro cercano observó cómo los insurgentes mataban a su padre, quemaban la iglesia católica y ardía la escultura de madera de la Virgen del Carmen, la patrona del pueblo.

La plaza central de Chaca sigue siendo una franja de tierra desnivelada sin una sola banca. Tampoco hay fuente de agua, veredas ni jardines. Los niños solo estudian hasta cuarto grado de educación primaria y no hay contacto telefónico.

La mitad del año la única vía de terracería que los conecta con la capital local San Miguel, queda casi intransitable por las lluvias y las dos enfermeras de la posta médica no se dan abasto para atender también a otras comarcas mucho más olvidadas como Cusay, Rayama, Ccatupata y Pallapalla.

"Nada cambió", dice Alejandrina. "Así era el pueblo cuando llegó Sendero", dice.

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Franklin Briceño en Twitter: http://twitter.com/franklinbriceno

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