Suerte e instinto decidieron vidas en el volcán

Enormes rocas caían del cielo. Un denso humo gris envolvió la montaña en una oscuridad casi total. La ceniza volcánica se apilaba en el suelo, y los gases llenaban el aire.

Algunos sobrevivientes de la erupción del monte Ontake, en Japón, tomaron decisiones en el último segundo, como ocultarse tras grandes piedras o escapar a los refugios que salpican las laderas de la montaña.

Sin protección, otros escaladores cayeron golpeados por rocas o sofocados por los gases, y pronto quedaron enterrados en ceniza. Al menos 36 personas murieron en la repentina erupción del sábado.

Se han recuperado algunos de los cuerpos, y las tareas por dar con el resto continuaban el miércoles por la mañana.

Para sobrevivientes como la guía de montaña Sayuri Ogawa, fue una experiencia al borde de la muerte. La escena que recordaba el martes, y las historias de otros, sugieren que la suerte y el instinto marcaron la diferencia entre la vida y la muerte para los montañeros que estaban en la zona de peligro.

Con una impresionante nube de humo y gases, pero sin coladas de lava, la erupción del sábado demostró ser mortal, porque había mucha gente en la cumbre de un día perfecto para disfrutar de la escalada y el follaje otoñal.

En un momento, los montañeros disfrutaban de la vista panorámica de 3.000 metros (10.000 pies) sobre el nivel del mar. Algunos de ellos se quitaron los zapatos y descansaron los pies tras la ascensión de la mañana. Otros estaban preparando comida en hornillos portátiles. Y al segundo siguiente, corrían por sus vidas.

Ogawa, de 43 años, estaba sola cerca de la cumbre, ensayando para guiar una expedición dentro de poco. Estaba empezando la visita al cráter cuando oyó una explosión, como el ruido de grandes fuegos artificiales, justo sobre su cabeza.

Algunas personas hacían fotos de la nube de humo que se alzaba, pero ella empezó a correr hacia abajo. Vio al volcán lanzar grandes rocas hacia el cielo. Cuando ya había descendido un poco no vio ningún edificio, de modo que encontró una gran roca tras la que resguardarse. Pronto olió el potente olor del azufre.

"No podía respirar, y seguían cayendo rocas como si lloviera", dijo. "Pensé que iba a morir".

Lo que debieron ser unos pocos minutos parecían no acabar nunca. Entonces sintió una brisa fresca en la cara y pudo respirar. Buscó un lugar más protegido, entre dos formaciones rocosas que sólo dejaban expuesta parte de su pierna derecha. El humo volvió a ocultar la vista, y las rocas que caían chocaron contra su refugio, en ocasiones golpeando su pierna y su cadera. En la oscuridad, rocas grandes como camionetas y refrigeradores caían a su alrededor. Para cuando pudo ponerse de pie y correr hacia un refugio, la ceniza le llegaba por la rodilla.

Docenas de personas abarrotaron los edificios, donde algunas de las rocas atravesaron los techos, paredes y ventanas.

El propietario del refugio de la cumbre de Ontake, Tatsuo Arai, de 70 años, sabía qué hacer. Estaba en el pueblo comprando cuando se produjo la erupción, pero dio instrucciones a sus más jóvenes empleados por teléfono.

Hablando con brevedad para ahorrar batería del celular, dio un consejo clave que probablemente salvó docenas de vidas: evitar la zona conocida como "Haccho darumi", cerca de uno de los cráteres, por los gases. En la zona se han hallado más de una docena de víctimas. "Fue mi experiencia y mi corazonada", dijo.