Análisis: Una amplia victoria pírrica en Egipto

La elección del retirado jefe militar de Egipto a la presidencia de la nación podría ser recordada por su principal ironía: Ganó con una arrolladora mayoría sin precedente, solo para hacer añicos su imagen de invulnerabilidad en el proceso.

La victoria de Abdel Fata El Sisi nunca estuvo en duda, pero lo que el retirado mariscal de campo de 59 años deseaba era una abrumadora participación electoral que pudiera darle legitimidad al derrocamiento en julio del primer presidente de Egipto elegido libremente --el islamista Mohamed Morsi -- y demostrarle a sus detractores en su país y en el extranjero que su acción reflejaba la voluntad popular. En su última entrevista antes del inicio de las elecciones, les dijo exuberantemente a los egipcios que deseaba que asistieron más de 40 millones de los casi 54 millones de votantes aptos.

La realidad fue menos entusiasta.

Según resultados extraoficiales anunciados por su campaña la madrugada del jueves, El Sisi se llevó más del 92% de los votos, venciendo por amplio margen a su único rival, el político izquierdista Hamdeen Sabahi.

Sin embargo, la participación electoral a nivel nacional fue del 46%, según informó el presidente interino Adly Mansour. No ha sido la peor de las múltiples elecciones de los pasados tres año, pero por debajo del casi 52% de las elecciones del 2012 en que Morsi salió victorioso.

La victoria se vio empañada por las medidas extraordinarias desplegadas por el gobierno respaldado por los militares para conseguir por lo menos ese número de votantes en las urnas. Después de señales de que la participación el lunes en el primero de los dos días de sufragio era de apenas 15%, el gobierno declaró feriado nacional al día siguiente a fin de permitir que la gente fuera a votar. La comisión de elecciones amenazó con multar a quienes no fueran a votar con 70 dólares, que es una cantidad bastante considerable para muchos egipcios.

Cuando el caudal electoral seguía siendo bajo el martes, la comisión extendió repentinamente las elecciones a un tercer día.

El estado declaró gratuidad en los servicios de autobuses y trenes a fin de que las personas fueran a sus distritos a votar. Durante el día, las cadenas de televisión calificaban a los egipcios de "malagradecidos" y "traidores" por no acudir a votar.

Para muchos, era evidente que el estado trataba de ayudar a su candidato favorito, una reminiscencia de las maquinaciones de los 29 años de gobierno del autócrata Hosni Mubarak, que fue derrocado en una revuelta prodemocrática.

Y se suponía que El Sisi no debía necesitar ese impulso.

Durante los últimos 10 meses, el gobierno, los canales de televisión y los diarios lo hicieron el centro de una constante adulación, usando superlativos para destacar su firmeza y eficiencia, empatía y piedad, masculinidad y simpatía, insistiendo que es el único que puede liderar y alimentando el patrioterismo hacia los militares y la policía.

"El héroe popular no encontró a las masas marchando hacia los centros de votación para cargarlo hacia el palacio. Las nupcias se tornaron en ansiedad", destacó el columnista egipcio Wael Abdel Fattah en el diario libanés Assafir. "Lo sorprendente es la necesidad del estado de usar sus recursos para defender a su candidato", agregó.

El Sisi puede decir genuinamente que llega a la presidencia con un impresionante número de votos, según su campaña 23,38 millones de votos. Los resultados oficiales serán publicados a principios de junio.

Ese número es mayor a los 13 millones con que ganó Morsi.

Pero el daño que ha sufrido su imagen no es poca cosa.

Refleja el descontento público con El Sisi y es probable que aliente a la Hermandad Musulmana en sus protestas, con la esperanza de que más egipcios se unan a sus filas si el nuevo presidente no lograr mejorar su situación. Da esperanza a grupos revolucionarios prodemocráticos más seculares, en una señal de que los egipcios son tan recelosos de un militar en el poder como lo estuvieron con los islamistas.

El Sisi encabezó la brutal represión contra los simpatizantes de Morsi en que murieron cientos y fueron arrestados miles. Asimismo encarceló a opositores de tendencia secular y se reportó de abusos a detenidos, arrestos al azar y la falta de un proceso debido. En entrevistas con El Sisi, éste insistió que la estabilidad tenía prioridad sobre los derechos de expresión y de protesta. Fue brusco e imperativo por momentos, y cortante con los entrevistadores a quienes percibía cierto menosprecio hacia los militares.

Eso les preocupó a algunos más allá de los grupos de activistas revolucionarios.

Mohamed Amer, empleado del gobierno de 26 años, quien no votó, dijo que durante la campaña, "la gente comenzó a darse cuenta lo superficial que era".

"La gente vio el regreso de un estado policial".

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Hendawi es director del buró de AP en El Cairo. Michael ha informado sobre Egipto y Medio Oriente para la AP durante una década.