¿Me voy o me quedo? Pregunta frecuente en Crimea

Vait Sitdzhemiliev trajo a su esposa y tres hijas a Crimea para satisfacer un pedido que le hizo su padre en su lecho de muerte hace seis años. Pero ahora que la región fue anexada a Rusia, a este tártaro crimeo le preocupa lo que se viene.

Le inquieta lo que pueda pasar con las ocho habitaciones que alquila a turistas ansiosos de un poco de sol. Le intranquiliza la reacción de los vecinos rusos ahora que han sido amparados por Moscú. Y, sobre todo, le preocupa lo que le espera a sus tres hijas, todas estudiantes veinteañeras.

"Los tártaros de Crimea nunca recibimos nada bueno del Kremlin", dijo Sitdzhemiliev, un empresario de 49 años.

De todos modos, decidió quedarse. Crimea es la tierra de sus ancestros. Sus padres figuraron entre las decenas de miles de tártaros que fueron deportados por Josef Stalin y trajo a su familia desde Uzbekistán hace seis años solo para satisfacer el deseo de su padre.

Los mismos dilemas que Sitdzhemiliev enfrentan los demás miembros de todas las minorías que viven en Crimea, donde los rusos son la mayoría. El arzobispo ortodoxo ucraniano Kliment de Simferopol y Crimea dice que no se está gestando un éxodo de quienes temen lo que pueda suceder tras la llegada de los rusos. Pero el futuro alarma al arzobispo. Y el presente ha puesto a prueba su fe en Dios. "Lo peor es cuando la gente viene y me pregunta qué pasará", expresó. "No puedo garantizar su seguridad".

Su red de clérigos ha informado de la partida de 200 personas, incluidos tres sacerdotes, en las últimas semanas, la mayoría de la región agrícola del noreste de Crimea. Un 40% de la población de Crimea, de 2 millones de personas, no son rusos sino sobre todo de origen ucraniano, tártaro y bielorruso.

"No es nada masivo. Ayer una familia, hoy otra, mañana otra", dijo el arzobispo a la Associated Press. Si alguien le pregunta qué hacer, el religioso de 44 años le dice que se vaya si es alguien joven y, si es viejo, que se quede hasta que alguien pueda venir a buscarlo. Teme que los crimeos de origen ucraniano, que representan aproximadamente una cuarta parte de la población total de Crimea, pasen a ser "escudos humanos" explotados por el Kremlin y sus aliados para desalentar cualquier intento de Ucrania de recuperar el control de la región.

Pase lo que pase, "estaré aquí hasta el final", dijo el arzobispo.

Los miembros de la mayoría rusa se mostraron jubilosos con el cambio de status de Crimea, que no ha sido reconocido por varias naciones occidentales por una disputa en torno a la validez del referendo en el que se decidió la secesión.

Las personas de otros grupos étnicos --habría más de 100 en Crimea, según algunos cálculos-- se quedan por distintas razones, según Kliment. Sobre todo económicas. Muchos no quieren dejar sus casas o tienen miedo de que milicianos rusos les roben sus pertenencias si se van. El alquiler de camiones para mudanzas cuesta el equivalente a unos 1.000 dólares, una cifra inalcanzable para muchos. Y algunas familias no tienen a dónde ir.

Unos 20 ucranianos desaparecieron en días recientes y no se conoce su paradero, según el arzobispo Kliment, quien teme que los nuevos líderes de Crimea no permitan que su iglesia, que responde a superiores en Kiev, siga alquilando la antigua academia militar donde ahora funciona la Catedral de los Santos Vladimir y Olga.

Para mantener el optimismo Kliment lee diez salmos al día y le reza a la virgen María. Pasa la noche en su departamento, esperando que le golpeen la puerta personas que vienen a arrestarlo o a secuestrarlo. Su familia fue deportada a los Urales durante la época de Stalin.

Yevgeny Sukhodolsky, un fiscal de 21 años de la ciudad occidental de Saki, le dijo a la AP en un correo electrónico que decidió quedarse por ahora a pesar de la incertidumbre en torno a su trabajo. Ya antes del referendo del domingo los rusos habían tomado el control del aparato judicial, que quedó en manos de un individuo con un pasado tenebroso, asociado al crimen organizado.

"Soy ciudadano de Ucrania y servidor público", dijo Sukhodolsky. "Está de más decir que no voy a trabajar para un gobierno extranjero". Soltero y sin hijos, vive con sus padres y una abuela.

"Si la situación se torna peligrosa, nos veremos obligados a irnos", indicó.

Michael Nevnerzhytskyy trabaja desde hace casi dos meses como el chef principal de un restaurante de Simferopol especializado en ingredientes sustentables. Es nativo de la zona y estudió en Estados Unidos y Francia.

"Cuando mis padres se divorciaron me fui con mi madre a Estados Unidos", relató Nevmerzhytskyy, de 23 años. Luego de diez años regresó a Crimea para estar junto a su padre, un coronel de la policía jubilado.

"No me voy a ninguna parte", dijo el chef, quien dice prestar poca atención a la política. "Me quedo aquí con mi papá".