Cultores de la patineta sobreviven en La Habana

Hay quienes consideran a Che Pando el padrino de los cultores de las patinetas en La Habana y este hombre de 40 años que hace tatuajes recuerda vívidamente las vicisitudes que él y un puñado de pioneros vivieron en la década de 1980, cuando comenzaron a practicar el deporte en las plazas públicas.

Igual que la música rock de los 60, el interés en una actividad típicamente estadounidense despertaba sospechas y a veces la hostilidad de la policía, e incluso arrestos, confrontaciones que se parecían bastante a las de sus pares estadounidenses con las autoridades cívicas, alarmadas por la posible destrucción de la propiedad pública.

"Hubo una ocasión en que éramos un grupo grande de muchachos y estuvimos patinando por el piso liso que hay frente al (hotel) Habana Libre y salió la gente de seguridad del hotel y los policías", expresó Pando.

"Era bien difícil porque éramos incomprendidos por la mayoría de las personas. Nos echaron de todos los sitios", agregó Pando, quien fue llamado Che en homenaje al revolucionario de origen argentino Ernesto Guevara.

La actitud general hacia las patinetas dio un giro de 180 grados y hoy una pequeña pero floreciente comunidad de jóvenes con aros por todo el cuerpo recorren las calles de La Habana, divirtiéndose y tratando de lograr una maniobra perfecta.

La difusión del deporte aumentó a partir de las visitas de reconocidos profesionales y la llegada de marcas como Red Bull, una breve sociedad con una empresa local de cigarrillos que ayudó a construir una rampa y la tolerancia de una serie de competencias, que cuentan casi con un aval oficial. La televisión oficial, que dictamina lo que es aceptable y lo que no, mostró hace poco un programa sobre los patinadores.

"Si sale en televisión, todo está bien", expresó Pando.

A simple vista, los patinadores cubanos se asemejan a los de cualquier otro país. Se intercambian videos de sus maniobras al compás de música hip-hop. Tratan de seguir la moda que ven en revistas y video clips y abundan los pantalones bien sueltos, billeteras con cadenas, aros en la nariz y el uso de sombreros torcidos.

No hay organización alguna ni líderes formales. Se reúnen en la casa de alguien y salen a patinar en grupo en cualquier parque, plaza, fuente o monumento con rampas, escalones, bancos o agujeros para saltar.

Un individuo ofreció recientemente su casa para que se presente lo que tal vez haya sido la primera muestra fotográfica y artística dedicada a los cultores de la patineta. En una pared se pintó una silueta de Jesús crucificado clavada a una cruz de neón hecha de patinetas. Decenas de personas se reúnen allí para charlar, bromear y tomar ron.

Esto no quiere decir que la vida no sea un tanto complicada para los patinadores de Cuba.

En esta nación comunista donde el sueldo promedio de los empleados del estado es del equivalente a 20 dólares al mes pocos pueden comprar patinetas, que pueden costar de 100 dólares para arriba. De hecho, no hay un solo negocio que las venda.

"Si abres un negocio de patinetas aquí, sería como un museo", afirmó Miles Jackson, un estadounidense de 25 años, de Washington. "Puedes mirar, pero nadie puede comprar nada".

Jackson es cofundador de Cuba Skate, uno de un puñado de grupos extranjeros sin fines de lucro que importan patinetas donadas que son distribuidas en la isla.

Llegó a La Habana no hace mucho con seis maletas de 23 kilos (50 libras) llenas de implementos para patinar: 25 patinetas, 10 pares de zapatos, sombreros, calcomanías y camisetas con el logo 23 y G, la intersección de La Habana que es el centro de la actividad.

Una tarde reciente observó cómo unas dos docenas de jóvenes --todos hombres, ya que no hay mujeres entre los aproximadamente 50 patinadores que forman el núcleo más importante de esta actividad-- patinaron por horas en una plaza haciendo piruetas.

Roberto Torres, un estudiante de 17 años, dejó escapar un grito de frustración cuando se le rompió la patineta en una mala caída.

Pocos días después estaba patinando de nuevo, en una patineta importada, participando en un concurso en una escalera afuera del principal complejo deportivo de la capital.

Al caer la tarde, las camisetas negras de los patinadores estaban mojadas de sudor y sucias por las reiteradas caídas al pavimento.

Alfredo Lam, un chico delgado de 15 años apodado "Chino", ganó la competencia con una maniobra difícil llamada "hardflip", en la que el patín hace un giro de 180 grados y se da una vuelta. Como premio eligió unos zapatos Vans azules y negros traídos por Jackson. Eran más o menos su medida.

"Es muy emocionante", comentó.

Lam dijo que era la primera vez que completaba esa pirueta. La última vez que lo había intentado rompió la tabla.

Las patinetas duran un mes o menos cuando se ensayan saltos complicados. El no saber de dónde saldrá la próxima tabla hace que los muchachos lo piensen dos veces antes de intentar piruetas difíciles.

A veces los chicos pueden seguir practicando el deporte gracias a regalos que reciben de parientes que viven en el exterior o de visitantes.

Aproximadamente una vez al mes, Jackson conoce gente como Andreas Sabitzer, un camarógrafo asistente de Viena, de 30 años, que se enteró de Cuba Skate a través de Google cuando planeaba un viaje a la isla. Terminó trayendo un bolso lleno de tablas, cinta, ruedas, rodamientos y una llave inglesa para patinetas.

"Me enteré de que había patinadores y de que aquí no se puede comprar nada. Me pareció que tenía que traer algunas cosas para apoyar a esta comunidad", manifestó Sabitzer.

"Ni me imagino cómo hacen para conseguir zapatos y las demás cosas. Todo cuesta mucho dinero", acotó. "Incluso en mi país, a la gente muchas veces le cuesta comprar estas cosas cuando son jóvenes".

Jackson es parte de un equipo que está haciendo un documental sobre las patinetas en Cuba para una cadena de televisión de Estados Unidos. Vino a Cuba bajo una excepción al embargo estadounidense que permite viajes de periodistas a la isla.

Otras dificultades que enfrentan los patinadores de La Habana son los agujeros en las calles y las calles de adoquines. En el 2010 se hicieron arreglos en un parque de patinetas y BMX, pero estaba lleno de malezas y de agua estancada durante una reciente visita. Las rampas lucían oxidadas por falta de mantenimiento.

La pasión por el patinaje comenzó hace unas tres décadas, cuando hijos de diplomáticos cubanos y otras personas enviadas en misiones al exterior trajeron el deporte a la isla.

Como en tantos otros órdenes de la vida en Cuba, la escasez dio lugar a la invención.

Pando dijo que él mismo armó su primera patineta, usando un pedazo de madera contrachapada y ruedas de unos patines Winchester de antes de la revolución de 1959. Todavía sueña de vez en cuando con esa patineta.

Mientras que otros coetáneos dejaron de patinar con el paso del tiempo, él lo sigue haciendo y lo considera un escape a las frustraciones de la vida diaria.

"Tú sabes cómo se vive aquí. La gente está muy estresada", declaró. "Si haces esto, no necesitas nada más".

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Peter Orsi está en Twitter como www.twitter.com/Peter_Orsi