Tierra de nadie junto a cerco fronterizo

En la polvorienta carretera que lleva al Santuario de Palmeras de Guano, cerca de la ribera norte del río Bravo, un cartel a un kilómetro y medio (una milla) de la entrada le informa al visitante que, a pesar de la imponente barrera de metal que hay delante de ellos, no hace falta pasaporte para ingresar, pues sigue siendo territorio estadounidense.

La confusión es comprensible. Este destino turístico fue muy popular, pero tuvo que cerrar en 2009 en medio de gran incertidumbre en torno al futuro del bosque de palmeras de 213 hectáreas (527 acres) luego que el Departamento de Seguridad Interior erigió un tramo del cerco fronterizo entre Estados Unidos y México al norte del santuario.

Aunque el santuario reabrió en 2011, las enormes barreras instaladas para frenar el ingreso ilegal de personas y drogas desde México ahuyenta a muchos visitantes, temerosos de lo que puede haber del otro lado, según el diario San Antonio Express-News (http://bit.ly/1frZKOD).

"Escuchas muchos rumores", expresó Jeanne Bork, una mujer de 80 años del centro de Estados Unidos que pasa el invierno en el sur de Texas y que visitó el santuario hace poco. "Se dice que alguien fue asesinado aquí".

Dado que el río --que marca el límite entre los dos países-- tiene un recorrido zigzagueante, el cerco fue construido sobre un dique, en algunos casos a un kilómetro y medio, si no más, al norte del río. Bucólicas tierras de cultivo, propiedades privadas y santuarios quedaron atrapados entre el río fronterizo y el cerco.

Hay quienes dicen que el cerco no solo afecta a las comunidades e impiden a los residentes moverse con libertad cuanto más cerca están del muro, sino que ha creado una zona donde no rige la constitución, en la que la Patrulla Fronteriza casi no tiene supervisión.

"Básicamente, han creado una zona a la que no se puede ir", sostuvo Joseph Nevins, profesor asociado de geografía y director de ciencias de la tierra y geografía en el Vassar College, quien estudia la región fronteriza. "El solo hecho de estar en ciertos sitios despierta sospechas".

Se cree que en al menos en tres ocasiones en años recientes los agentes mataron a tiros a personas a lo largo de la frontera entre Texas y México, en incidentes que según testigos no justificaban que se abriese fuego. Un hombre fue herido de muerte en Matamoros cuando un agente disparó del otro lado del río, desde Brownsville, en julio de 2012.

La Patrulla Fronteriza instruyó hace poco a los agentes que limitasen el uso de la fuerza en ciertas situaciones luego de que un informe independiente de expertos en leyes criticó las políticas de ese organismo que dieron lugar a la muerte de al menos 19 personas.

La agencia, por su parte, dice que sus agentes están autorizados a inspeccionar todo vehículo entre el cerco y el río si albergan "sospechas razonables" de que hay inmigrantes sin autorización a bordo.

De acuerdo con Mitra Ebadolahi, abogado de la Unión de Libertades Civiles, no hay principio legal alguno que diga que las protecciones constitucionales de una persona disminuyen del otro lado del cerco.

"Esta noción de que la gente es tratada uniformemente como sospechosa por el simple hecho de estar en un sitio que, técnicamente, es territorio estadounidense es problemática para nosotros", expresó Ebadolahi.

Antes de la construcción del cerco en Hidalgo, el equipo de cross country de la escuela secundaria se entrenaba en el dique que rodea la ciudad de casi 12.000 habitantes. En los meses de invierno era común ver cantidades de personas observando los pájaros en el Refugio Nacional de Vida Silvestre del lado sur del cerco.

Ahora estar cerca del muro --y ni que hablar de cruzar uno de sus puestos_, despierta la atención de la Patrulla Fronteriza, que invariablemente tiene un agente apostado en los sectores más descampados del muro y en los puntos de cruce. Las caras conocidas no capturan la atención de los agentes, pero los demás deben identificarse y sus vehículos a menudo son revisados. Frente al ingreso al refugio hay precarias escaleras que fueron usadas para escalar ilegalmente la barrera de hierro de 5,5 metros (18 pies).

"Si te encuentras del otro lado del cerco, o estás observando las aves o estás en algo raro", afirmó Martín Cepeda, alcalde de Hidalgo. "Pero la mayor parte de la gente no va por allí. Si lo haces, la Patrulla te va a preguntar qué haces".

En la última década, la Patrulla más que duplicó la cantidad de agentes que tiene en Texas, hasta llegar a unos 9.700. Emplean equipo de alta tecnología y técnicas de comprobada eficiencia para combatir el tráfico de personas y de drogas. El cerco hace que ese tráfico se concentre en ciertas zonas abiertas, donde la Patrulla lleva las de ganar.

Una mañana helada de enero, escáneres infrarrojos detectaron movimiento en las cercanías, tres cuerpos cálidos que no se sabía si eran animales o seres humanos, posiblemente gente que iba con un grupo de 14 inmigrantes que habían sido detenidos una hora antes.

Los agentes se internaron por una zona de arbustos espinosos en busca de ramas rotas, ropa o huellas de zapatos. Estos juegos del gato y el ratón generan miles de arrestos todos los meses.

"Le aseguro que no es cierto que esta es tierra de nadie", declaró Daniel tirado, vocero de la Patrulla Fronteriza en el Valle del Río Bravo. "Nosotros estamos allí y también los extranjeros que intentan cruzar ilegalmente y los coyotes".

Quienes viven o trabajan cerca del río se sienten inseguros y muchos no quieren hablar por temor a represalias de los contrabandistas.

Pamela Taylor, una de las pocas personas cuya casa quedó al sur del cerco, depende de la Patrulla. Los días de calor en que se bañaba en las aguas del río mientras algunos migrantes acampaban en sus terrenos y le llevaban tortillas frescas por la mañana son algo del pasado. Sus tierras son parte de un corredor por el que todas las noches pasa un tráfico ilegal.

Hoy por hoy lo que encuentra en sus tierras son paquetes de marihuana que han sido abandonados o agentes de la Patrulla que toman agua de una de las neveras que ha colocado en un camino de tierra frente a su casa para la gente que pasa. A la gente de paso se le informa que la zona no es segura.

"Estamos aislados, varados del lado mexicano" del cerco, se lamentó la mujer. En lugar de darle mayor seguridad, sostuvo, el cerco la hace sentir más vulnerable. "Si hay algo que no necesito es que la gente sepa que estoy sola".

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