Algo que pasaba con Nelson Mandela era que él hacía que el resto de nosotros quisiéramos ser casi tan nobles como él.

Encarcelado durante 27 años, el líder anti-apartheid --que declaró en durante su juicio en 1964 que estaba dispuesto a morir por sus creencias en la dignidad humana y la igualdad racial-- no emergió de esa experiencia lleno de odio, sino cortés, generoso, humilde y de buen humor.

Su propia actitud sirvió como refutación a todos aquellos que pronosticaban una catástrofe y un derramamiento de sangre si los negros sudafricanos insistían en obtener el voto y tomar el poder en Pretoria.

Es fácil olvidar que Sudáfrica se había convertido en un caldero hirviente en la década de 1990, cuando parte de su minoría blanca luchaba por aferrarse a sus tres siglos de privilegios, hechos posibles gracias al apartheid. Lo recuerdo vívidamente cuando yo cubría la transición democrática del país, como director de la oficina de The Associated Press para la región sur de África, en Johannesburgo, a mediados de la década de 1990.

Agricultores con ropa caqui y armados con pistolas colocaban bombas y advertían que nunca se someterían a un gobierno de la mayoría.

Los poblados con sus barrios pobres ardían con el fuego de armas y la violencia, mientras activistas del Congreso Nacional Africano y partidarios del Partido de la Libertad Inkatha, un partido nacionalista zulú luchaban con una ferocidad aterradora.

En Guguletu, en las afueras de Ciudad del Cabo, una joven estadounidense que recibió la beca Fulbright, Amy Biehl, fue perseguida y asesinada por una turba de jóvenes que le gritaban insultos raciales de "Maten a los granjeros". Un dirigente comunista anti-apartheid, Chris Hani, fue asesinado a tiros por un inmigrante polaco de derecha.

La nación se sentía como un polvorín, un escenario para un baño de sangre.

Sin embargo, con lo que Mandela pasó a la historia fue su profundo respeto por los derechos de todos los sudafricanos a reclamar una parte del patrimonio nacional. Fue algo que él defendió audazmente en casi toda ocasión pública, ya sea frente a cabezas de familia en la zona blanca y rica de Houghton, un suburbio de Johannesburgo, o en un escenario improvisado en un estadio de fútbol en ruinas, repleto hasta el techo de residentes negros del municipio clamando por justicia económica.

Luego de negociaciones tediosas y pacientes durante varios años después de su salida de la cárcel, se estableció el marco para las primeras elecciones multirraciales del país en abril de 1994, a pesar de que casi hasta el último momento no estaba claro si todas las partes en conflicto iban a participar.

Cuando por fin llegó aquel día frío y claro, los sudafricanos se consideraron como la nación del arco iris que realmente eran. Más de 22 millones de personas votaron, formando filas que serpenteaban por las colinas verdes y fue evidente para la mayoría que ellos eran ahora, por fin, ciudadanos plenos en la tierra donde nacieron.

Parte del privilegio de estar cerca de Nelson Mandela en aquellos días era ver la alegría que inyectaba en la gente cada vez que entraba en un poblado o un pequeño asentamiento en una de zonas empobrecidas y polvorientas creadas por los gobiernos del apartheid para que allí vivieran los negros, separados de los sudafricanos blancos.

A medida que los automóviles que transportaban a Mandela y sus partidarios avanzaban por los caminos de tierra llenos de baches, pronto se unían niños corriendo lo más rápido que podían, gritando delirantemente "Madiba, Madiba", el nombre de clan con el que lo llamaban cariñosamente.

La corriente de asistentes formaba primero un río y luego un mar de humanidad en cualquier lugar que se eligiera para su mitin electoral. Cuando los automóviles ya no podían avanzar más, Mandela y sus asesores de confianza bajaban de los vehículos y caminaban lentamente a través de la gente, sonriendo y saludando, de vez en cuando levantando el puño en señal de lucha.

Durante esos años vi a Mandela un par de veces, durante entrevistas con grupos pequeños, incluyendo una en la mañana posterior al día histórico de su elección como presidente.

En una reunión con un grupo de periodistas extranjeros, cuando él tenía 77 años, hizo un recuento de todos los asuntos de estado y los problemas del país que lo habían mantenido ocupado, pero dejó claro, no obstante, que todavía estaba lleno de energía y que disfrutaba de la carga de dirigir a su nación y servir como un icono para África y para la causa de la verdad y la reconciliación en cualquier parte.

"Al final del día, a menudo siento que he pasado mi tiempo de una forma muy fructífera", nos dijo con su típica subestimación y un ligero brillo en los ojos.

Al recordarlo ahora, y contemplando el viaje largo y trascendental de un hombre en la historia, sólo puedo estar de acuerdo.

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NOTA DEL EDITOR: John Daniszewski, actualmente editor gerente sénior para información internacional de The Associated Press, fue director de la oficina de AP en Johannesburgo y cubrió a Nelson Mandela cuando éste fue líder contra el apartheid, candidato presidencial y presidente a mediados de la década de 1990.