En colchonetas de goma extendidas en un centro recreativo de Ciudad de México, la familia Montero se cobijaba bajo mantas de lana, sus primeras nuevas posesiones después de que un mortal sismo de magnitud 7,1 les hiciera abandonar su apartamento.

Se cree que en toda la capital hay miles de mexicanos que se han quedado sin hogar, después de que el temblor del martes allanara edificios enteros y dejara otros al borde del colapso. Hombres, mujeres y niños llenan ahora gimnasios y salones de actos en más de dos docenas de inmuebles designados como refugios. Muchos no tienen claro a dónde irán después, aunque agradecen estar en un lugar seguro.

Óscar Montero, de 7 años, dijo que allí estaba tranquilo de que nada fuera a caerse.

La familia Montero vivía en la primera planta de un edificio de siete pisos que el lunes quedó peligrosamente aplastado entre dos torres vecinas que han empezado a ceder. Ninguno de los cinco miembros de la familia estaba en casa durante el sismo. Óscar y sus dos hermanos mayores estaban en la escuela y sus padres trabajando.

Claudia Antonio, la madre de Óscar, entró rápidamente en la casa tras el temblor para recoger los certificados de nacimiento y de vacunación de los niños. Otros vecinos sacaron objetos valiosos como refrigeradoras y microondas. En la primera noche tras el sismo, algunos durmieron en la calle con los objetos que habían sacado de los inestables edificios.

La familia Montero decidió acudir al centro recreativo Junior Club. El padre, Antonio, de 38 años, señaló que los objetos materiales vienen y van, y que lo que más valioso eran sus vidas.

El Junio Club es normalmente un lugar donde los niños nadan en la piscina y los adultos hacen deportes en bicicletas estáticas. Desde el sismo se ha convertido en una de las innumerables “casa de refugio”, que reciben montones de donaciones en forma de agua embotellada, pañales de bebé y juguetes.

En el segundo piso, docenas de personas recién desplazadas acampan en bolsas de dormir e intercambian historias. Equipos de voluntarios visitan a cada familia para valorar sus necesidades.

Además de las necesidades materiales, es probable que muchos de los sobrevivientes sufran dificultades emocionales, explicó el doctor Alfredo Reyes, que ayudaba en un lugar cercano donde se derrumbó un edificio de seis pisos. Los residentes siguen atemorizados y nerviosos, atentos a cualquier indicio de que edificios que antes parecían inmóviles puedan venirse abajo ante la menor provocación.

En una plaza donde se reunieron rescatistas para organizar suministros el martes por la noche cundió el pánico con rapidez cuando la gente gritó que había visto inclinarse a un edificio dañado.

Las víctimas no sólo han perdido sus hogares y a seres queridos, señaló Reyes. El sismo también reaviva viejos traumas de temblores anteriores, como el que golpeó Ciudad de México el mismo día en 1985 y dejó miles de muertos.

Óscar Montero, un chico con profundos ojos castaños, que daba saltos lleno de energía por las salas del refugio, dijo que el primer temblor no le asustó. Él consoló a los niños asustados en su escuela.

Pero tiene miedo de ir a casa. En el refugio, señaló, no se romperán cosas si hay otro temblor.