Cristo mutilado por la guerra será bendecido por el papa

Quince años después de que una bomba matara a decenas de personas en la iglesia del pueblo de Bojayá, sobrevivientes de la masacre sacaron de la selva a su Cristo mutilado para llevarlo ante el papa...

Quince años después de que una bomba matara a decenas de personas en la iglesia del pueblo de Bojayá, sobrevivientes de la masacre sacaron de la selva a su Cristo mutilado para llevarlo ante el papa Francisco, quien tratará de sanar las heridas que dejó el conflicto de más de medio siglo que aún divide a los colombianos.

El modesto crucifijo de yeso sin brazos ni piernas y con rastros de metralla viajó durante varios días en barco, avión y autobús desde la modesta localidad de Bojayá, en el Pacífico, hasta Villavicencio, la ciudad elegida por Francisco para orar por la reconciliación por su cercanía con los territorios que vivieron algunos de los enfrentamientos más sangrientos del conflicto.

El encuentro del viernes entre supervivientes y excombatientes es uno de los hitos del viaje de cinco días del papa al país sudamericano para consolidar el acuerdo de paz entre el gobierno y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), hoy convertidas en un partido político.

“Este es el Cristo de la paz. Ha mostrado cómo se puede reconstruir una persona porque es una imagen que te dice ‘mírame’, caído, sin piernas, sin manos y ensangrentado como su pueblo. Pero hay que seguir adelante, no quedarse arrodillado llorando”, dijo a The Associated Press Rosa de las Nieves Mosquera, de 52 años, durante su peregrinación desde Bojayá hasta Villavicencio.

La mujer conserva las cicatrices de las heridas de aquel día de 2002 en el que una bomba de las FARC cayó en la iglesia donde cientos de campesinos se refugiaban de los enfrentamientos entre los paramilitares y los rebeldes. La iglesia era el único edificio con paredes de hormigón y les parecía el lugar más seguro del pueblo. En el ataque murieron al menos 79 personas que fueron enterradas en una fosa común, según contaron los sobrevivientes.

Esa mañana Mosquera estaba con sus hijas en la parroquia. Cerró los ojos un momento y cuando los abrió todo estaba cubierto de sangre. “El perdón es un camino largo”, dijo, “pero la reconciliación la debemos hacer porque cuando aprendamos a perdonar, viviremos mejor”, apuntó la teóloga que se dedica a atender a las víctimas en el todavía convulso departamento de Chocó.

La iglesia ha sido reconstruida y como en muchos de los lugares más golpeados por el conflicto armado su población quiere pasar página. En un plebiscito el año pasado 96% de los residentes apoyó el acuerdo de paz por las FARC, mientras una mayoría sobre todo urbana y alejada de la guerra rechazó el pacto. En noviembre el acuerdo fue modificado y aprobado por el Congreso.

El presidente Juan Manuel Santos visitó Bojayá después de ganar el premio Nobel de la Paz y dijo que donaría el galardón de casi un millón de dólares a las víctimas. Como reconocimiento el pueblo le regaló una réplica del Cristo.

Como en algunas de las matanzas más cruentas, representantes de las FARC admitieron su responsabilidad en la masacre. Tras la firma del acuerdo de paz el máximo comandante de las FARC Rodrigo Londoño, conocido como Timochenko, pidió por primera vez perdón a todas las víctimas del conflicto: más de 250.000 muertos, decenas de miles de desaparecidos y siete millones de desplazados.

El padre Antun Ramos, entonces sacerdote de la iglesia de Bojayá levantada en los años 60 por los campesinos de la zona, rescató el crucifijo un día después de la masacre cuando la escultura ya se estaba desintegrando por la lluvia. “Desde ese momento sentí que sería un símbolo para la posteridad”, recordó.

“Como quedó el Cristo quedó la gente del pueblo”, agregó el cura, huérfano por el conflicto armado.

Bojayá muestra el papel que ocupó la Iglesia durante el conflicto colombiano, que afectó sobre todo a las zonas rurales a las que el Estado no ha llegado todavía.

Muchas de las víctimas que acudirán a la reunión con el papa son de los llanos y selvas que rodean Villavicencio, donde miles de desaparecidos enterrados no han sido aún identificados. A unos 200 kilómetros al sur de esa ciudad, en La Macarena, las FARC se llevaron a los hijos de Flor Sosa, de 11 y 12 años en 1998, cuando en ese territorio se había instalado una zona a la que el ejército no podía entrar y que las FARC gobernaban de facto.

Cuando Sosa iba a buscar a sus hijos los jefes rebeldes amenazaban con matarla, con golpearle el vientre mientras estaba embarazada. Un año después huyó a Villavicencio donde vive desde entonces, desplazada y madre soltera de otros cinco hijos.

El encuentro con el papa será su primera oportunidad en casi 20 años para pedirle a las FARC que le regresen los restos de sus niños.

“La reconciliación es muy difícil. Quisiera primero que me entreguen el cuerpo de mis hijos, hablar con ellos para que me digan la verdad”, contó con la voz quebrada. “Uno puede rezar por la reconciliación, pero si no admiten pagar por lo que hicieron, por sus muchísimos errores, no les creo y no los puedo perdonar”.