Papa e Iglesia impulsan la reconciliación en Colombia

El comandante rebelde se acercó a los empleados de la Iglesia en un remoto campo en el norte de Colombia con una inusual petición.Cuatro excombatientes que iniciaban su vida como civiles habían sido...

El comandante rebelde se acercó a los empleados de la Iglesia en un remoto campo en el norte de Colombia con una inusual petición.

Cuatro excombatientes que iniciaban su vida como civiles habían sido madres recientemente, los primeros niños de unas mujeres que ya no esquivaban bombas y balas en la jungla.

“Están esperando por ser bautizados”, explicó.

¿Les proporcionaría la iglesia un sacerdote?

En los nueve meses transcurridos desde que Colombia aprobó el histórico acuerdo de paz con el mayor grupo rebelde del país que cerró el largo conflicto armado latinoamericano, la iglesia católica ha abanderado la readmisión de los rebeldes en la vida civil, conduciendo a una nación todavía resentida hacia la reconciliación. Se espera que el papa Francisco se apoye en esos esfuerzos durante su viaje de esta semana al país sudamericano.

Los sacerdotes celebran misa en los campos donde los rebeldes han dejado las armas. Cooperantes católicos ayudan a exguerrilleros a buscar a familiares que no ven desde hace décadas. En las comunidades rurales más afectadas por los 53 años de conflicto, equipos de psicólogos y trabajadores sociales de la iglesia explican el acuerdo de paz y facilitan encuentros con unos excombatientes de los que muchos desconfían.

“La tarea inmediata es implementar los acuerdos, pero el mayor reto es cómo reconciliar a los colombianos”, explicó el padre Darío Echeverri, secretario general de la Comisión de Conciliación Nacional, una organización no gubernamental creada por la Conferencia Episcopal en 1995.

Francisco ha sido uno de los principales defensores de la paz en este país de profundas raíces católicas, instando a los líderes que estaban a favor y en contra del pacto a que dejasen de lado sus diferencias. Rezará por la reconciliación nacional en la ciudad de Villavicencio, donde se espera que se congreguen 6.000 víctimas de todo el país. Y beatificará a un obispo colombiano asesinado en 1989 por el Ejército de Liberación Nacional, otro grupo rebelde de izquierdas que negocia ahora la paz con las autoridades colombianas.

Pero el pontífice argentino podría enfrentarse también con el profundo descontento generado por el pacto incluso dentro de su institución.

“Hay sectores de la iglesia que tienen cierta resistencia”, señaló Fernán González, coordinador para la paz y el desarrollo en una organización jesuita en Bogotá. “Esto mezcla cosas que tienen que ver con la moral católica pero también con posiciones políticas”.

Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC, nacieron a mediados de la década de 1960 para una insurrección armada que buscaba derrocar al sistema y abrir una vía a la redistribución de la tierra en medio de la desigualdad económica.

Históricamente, gran parte de las FARC han mantenido una postura hostil hacia la religión, tanto por considerar que la iglesia católica era una fuerza reaccionaria que respaldaba al Partido Conservador durante una guerra civil de 10 años conocida como “La Violencia”, como por el ateísmo propio de la ideología comunista del grupo.

“Casi todos estos asesinatos fueron atribuido a guerrillas de izquierdas, especialmente a las FARC”, concluyó un reporte de 2004 remitido al Comité de Relaciones Exteriores del Senado de Estados Unidos.

A pesar del derramamiento de sangre, la Iglesia se posicionó como una fuerza mediadora. Durante los cuatro años de negociaciones en La Habana que desembocaron en el histórico acuerdo del año pasado, sacerdotes acompañaron a las víctimas a Cuba a declarar sobre las atrocidades sufridas y abogaron por los grupos indígenas.

El propio Francisco dio un fuerte impulso a los negociadores en su visita a Cuba en 2015, diciéndoles que no tenían el derecho de abandonar los esfuerzos de paz. Y dijo que visitaría Colombia una vez se firmase la paz.

El total, el conflicto dejó más de 250.000 muertos, 60.000 desaparecidos y millones de desplazados, unas heridas que para muchos no pueden cerrarse con los generosos términos ofrecidos a las FARC en el acuerdo.

Los colombianos rechazaron el pacto por una estrecha mayoría en un referéndum antes de su aprobación en el Congreso.

“La gente sigue pensando que las FARC deben pagar con sangre y cárcel”, dijo Diego Lerma, un empleado de la Iglesia que colabora en los esfuerzos de reconciliación.

El primer año de vida del acuerdo ha estado marcado por logros mediáticos como el desarme de la guerrilla y por los sonados fracasos del gobierno para llevar servicios a las comunidades de difícil acceso donde las autoridades han tenido históricamente poca presencia y donde los rebeldes están iniciando su nueva etapa como civiles.

Los exguerrilleros que llegaron a muchas de las 26 zonas de desmovilización se toparon con poco más que campo de lodo. Y meses después siguen viviendo en tiendas de campaña en lugar de en los edificios con agua corriente y electricidad que el gobierno prometió. Veintidós exmiembros de las FARC o sus familiares fueron asesinados desde el final de las hostilidades, según un abogado del grupo rebelde, que ahora se está transformando en partido político.

Es en esas regiones aisladas donde la iglesia católica casi siempre cuenta con una parroquia.

En la zona de transición de las FARC en Vigía del Fuerte, una comunidad asentada junto a un enlodado río a la que se solo se puede acceder en barco, Magaly Manco, de la Comisión Nacional de Conciliación, guía a excombatientes en su nueva vida como civiles.

En uno de los ejercicios, entrega masa para jugar a un grupo de hombres y mujeres, en su mayoría jóvenes, que cambiaron sus uniformes de combate por tejanos y jerséis y les pide que den forma a lo que, para ellos, simboliza su transición. Uno moldea un colibrí. Otro da forma a un parque infantil. Otro, una iglesia.

Aunque de ideología marxista, la mayoría de los rebeldes recuerda haber recibido la primera comunión e ir a la iglesia con sus familias. Guardaron sus rosarios para protegerse y rezar cuando caían las bombas.

“Ateo, ateo, yo creo que no habemos ninguno”, sentenció Elkin Sepúlveda, que entró a las FARC con 15 años. “Todos tenemos en nuestra cabeza los costumbres de los abuelos. Y en la mayoría de nuestros hogares eran católicos”.

Para algunos responsables de la Iglesia, no fue del todo una sorpresa que el comandante rebelde en Vigía del Fuerte pidiese los bautismos.

“Al quitarse el rol de combatientes, de guerreros, dejarse el uniforme, entregar las armas, el rol que les queda o deben retomar es su historia personal”, apuntó Oscar Acevedo, responsable de los talleres de la Comisión Nacional de Conciliación en campos de las FARC. “Ellos han reconocido que su origen ha sido católico”.

Así que se acordó una fecha y se improvisó una iglesia.

Los jóvenes nuevos padres, uno de ellos todavía de uniforme, arropaban a sus inquietos bebés en hileras de sillas de plástico y bancos de madera recién construidos. En la parte delantera de la sala, una enorme mesa hacía de altar. Detrás de ella, una ilustración en blanco y negro del legendario líder guerrillero Manuel Marulanda _ conocido por su apodo Tirofijo_ estaba clavada a las vigas que sostenían el tejado de lata.

“En nombre del padre divino y del espíritu santo, amén”, dijo el sacerdote mientras vertía agua de un recipiente sobre las cabezas de los pequeños.

“Amén”, respondieron los padres en un susurro.

En otros campos, los trabajadores de la Iglesia se han centrado en encontrar a familiares perdidos, utilizando tanto el poder de internet como los contactos de las parroquias. Las reuniones han acabado en emotivos encuentros y verdades incómodas.

Raquel Montano se reunió recientemente con su hermano, al que no veía desde hacía 23 años y que creía muerto. A veces le mostraba a sus tres hijos la única fotografía que tenía de su hermano desaparecido, diciéndoles: “El tío se fue un día y no supimos que pasó”.

“Venimos de una familia humilde, honesta, muy creyentes en dios. Y en realidad encontrar a mi hermano dentro de las filas (rebeldes) fue doloroso”, recordó.

Viajó siete horas hasta La Paz, donde su hermano vive con otros exrebeldes en casas de concreto de una planta recién construidas, junto a un camino de tierra que se vuelve impracticable cuando llueve.

Tras fundirse en un fuerte abrazo y chequear sus nuevos cabellos grises y sus ojos hundidos, confrontó a la esposa de su comandante.

“¿Qué clase de hermano devuelva las FARC a mí?”, preguntó.

“No es un asesino”, le aseguró la mujer.

Pese al encuentro, el hermano de Montano no regresará a su pueblo natal. No todos sus familiares han sido tan acogedores. Algunos no están listos aún para volver a hablarle.

Es un proceso de aceptación lento que Montano espera que algún día lleve al perdón.

“Colombia ha estado llena de violencia”, dijo. “Si dios nos ha perdonado, ¿cómo podemos no perdonarnos entre nosotros?”.

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Christine Armario está en Twitter en http://www.twitter.com/cearmario