Menores no acompañados, otro drama sursudanés

A Bakita Juma no le gusta pensar en sus padres muertos porque la hace llorar. La delgada adolescente prefiere concentrarse en la mujer que fue elegida por organizaciones de ayuda para hacerse cargo...

A Bakita Juma no le gusta pensar en sus padres muertos porque la hace llorar. La delgada adolescente prefiere concentrarse en la mujer que fue elegida por organizaciones de ayuda para hacerse cargo de ella y sus hermanos en un pequeño lote de tierra del campamento de refugiados más grande del mundo.

Bakita dice que le gusta su nueva madre adoptiva. No se sabe lo que opinan sus dos hermanos.

Una de las consecuencias de la guerra civil de Sudán del Sur ha sido que miles de menores escapan de sus casas sin sus padres ni guardianes, sin documentos y a menudo con lo puesto y algún bien preciado, como una sartén o un pollo. Constituyen una imagen conmovedora, incluso para veteranos trabajadores de las organizaciones de ayuda que lo han visto todo.

Los menores plantean desafíos particulares para las organizaciones de ayuda, cuyo personal debe decidir qué hacer con ellos cuando cruzan la frontera. Si bien los chicos tienden a ser más maduros que el promedio, necesitan alguien que se ocupe de ellos y encontrarles padres adoptivos calificados no es sencillo.

“Tenemos archivos con potenciales guardianes, a quienes les enseñamos cuál es su papel y cuáles son sus responsabilidades si se hacen cargo de un menor, así como los derechos de los chicos”, dijo Richard Talagwa, especialista en la protección del menor de la organización World Vision en Uganda.

Indicó que el padre de crianza debe tener una personalidad que encaje con la del menor y hablar el mismo idioma, porque “la gente de una misma tribu siempre se va a asegurar de que atiende bien a un menor que viene de su misma comunidad”.

Unos 10.500 menores llegaron a Uganda acompañados por extraños o parientes que no son sus padres y viven ahora en los campamentos de refugiados de Bidi Bidi e Imvepi, en el norte del país, según World Vision, que ha ubicado a 3.000 de ellos con familias adoptivas. Los demás están en manos de algún pariente, señaló Talagwa.

Bakita, quien tiene 15 años, y su guardián, Anyeji Doki, de 40, son ambas de la etnia bari, un grupo minoritario de Sudán del Sur. Hay una gran cantidad de personas de esa etnia refugiada en Uganda. Las dos escaparon a los enfrentamientos entre las fuerzas del gobierno y los rebeldes y tienen historias similares a las de tantos refugiados que sufrieron grandes pérdidas y se separaron de sus familias.

El padre de Bakita murió a poco de estallar el conflicto en diciembre del 2013, cuando hubo enfrentamientos entre miembros rivales de la guardia presidencial en la capital, Juba. Su madre fue asesinada en el 2016 y Bakita y sus hermanos se fueron a vivir con la familia de su tío. Pero todos se separaron durante unos brotes de violencia en marzo de este año y los hermanos se enrumbaron hacia el sur junto con gente que conocieron en el camino.

Una tarde reciente, Bakita estaba sentada frente a su guardián, con una sonrisa tierna en su rostro. Parecía haber un cariño genuino entre ambas, lo que alentó al personal de World Visioni que supervisa la relación.

Todo empezó en marzo, cuando Bakita y sus hermanos Juan y Luka llegaron al centro de recepción de refugiados tras cruzar la frontera y se toparon con una cola muy larga para comer. Bakita divisó a Anyeji y le pidió ayuda.

“Me encontré esta madre. Es soltera y está sola. Le pedí, ‘por favor, ayúdenos. Allí hay comida pero no nos dejan entrar’. Esta mujer empezó a ayudarnos’”, relata Bakita. “Me gusta esta madre. Es mejor que estar sola”.

Anyeji se separó de sus hijos el año pasado durante los combates en Juba y no sabe si están vivos o muertos. Le han dicho que su esposo murió este año en Juba.

“Me alegro porque son chicos buenos y me voy a quedar con ellos”, dijo Anyeji, aludiendo a Bakita y sus hermanos. “Los voy a cuidar como si fuesen mis hijos, porque mis hijos se quedaron en Sudán del Sur”.

Anyeji y los niños viven en una estructura temporal de lona en un pequeño lote de tierra, junto a otros refugiados.

Uganda ha recibido a unos 850.000 refugiados sursudaneses, la mayoría de ellos mujeres y niños, de acuerdo con las Naciones Unidas, según la cual esta es la crisis de refugiados que se agrava a paso más acelerado del mundo.

Las autoridades ugandesas dicen que necesitan 2.000 millones de dólares para cubrir las necesidades de los refugiados y de las comunidades donde se instalan. Parte de ese dinero sería destinado a gente como Bakita, quien se quejó de lo reducido de las porciones de comida y de que no hay escuelas a las que se pueda llegar caminando.

Cuando se le preguntó en qué pasa el tiempo, Bakita dijo que vigila a sus hermanos.

“Jugamos, hablamos de cosas buenas”, manifestó. “No quiero recordar a mami y papi. Cuando los recordamos, nos ponemos tristes y lloramos”.