Cuatro hombres en ropajes tradicionales de color amarillo tocaban grandes tambores para anunciar el inicio del banquete de Año Nuevo en el pueblo de Liuminying. Dentro de la sala de reuniones del pueblo había 100 mesas puestas con una docena de platos llenos de salchichas, frutos secos y fruta.

En un almacén externo esperaban miles de empanadillas con forma de media luna, preparadas a mano el día anterior, listas para ser cocidas y servidas.

Los pueblos y ciudades de toda China se preparaban este fin de semana para celebrar el Año Nuevo lunar, aunque pocos festejos eran tan elaborados como en Liuminying, una aldea en los alrededores de Beijing.

Lo que comenzó con una comida discreta patrocinada por la rama local del Partido Comunista se ha convertido en un festival que este año sirvió comida a 1.000 personas durante un espectáculo de tres horas, con cantos y bailes.

El espectáculo comenzó a las 10 de la mañana con música y aplausos. Un grupo de niños agitaba pompones en un baile sincronizado. Después hubo un sorteo, se presentó un gran cartel conmemorando el Año Nuevo y se ofrecieron otras canciones y discursos.

Conforme avanzaban las actuaciones, los asistentes empezaron a pelar naranjas y abrir nueces. Unos pocos fumaban cigarrillos en sus mesas, algo que no se ve a menudo en los restaurantes de Beijing desde que la ciudad prohibió fumar en el interior de los establecimientos hace dos años.

Fuera, docenas de trabajadores preparaban estofados de carne y verduras en grandes parrillas. Uno colocaba carbón bajo las parrillas, provocando grandes llamas.

Unas pocas horas después de que se abrieran las puertas, se llevaron los primeros platos. Se retiró el plástico que cubría muchos de los platos de la mesa. Los comensales descorcharon botellas de vino y, en unas pocas mesas, abrieron las cajas rojas en el centro. Dentro había botellas de un licor chino de grano llamado baijiu, que se pasaron de mano en mano para una serie de brindis.

Después de varios platos llegó el manjar estrella: las empanadillas, o jiaozi, que la gente de todo el norte de China considera una pieza obligada de la celebración del Año Nuevo.

El festín terminó cuando los asistentes apilaron sus platos y boles, provocando un ruido que iba creciendo conforme más gente empezaba a marcharse.

Fuera encontraron los sonoros estallidos de los fuegos artificiales, otra tradición del Año Nuevo. Aunque las autoridades en Beijing han limitado las ventas de fuegos artificiales, Liuminying está lo bastante lejos como para que fuera fácil encontrar vendedores en la calle. El cielo era azul claro, en un respiro poco habitual del smog que cubre el norte de China en invierno.

Guo Lianhong, de 55 años, asistió a su primera comida de fin de año en 1984 y describió los "cambios trascendentales" que ha visto en su pueblo en las últimas tres décadas.

"Confiamos en que Liuminying pueda prosperar aún más", dijo.

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La reportera de Associated Press Helene Franchineau y el investigador Henry Hou contribuyeron a este despacho.