Mientras Donald Trump anunciaba sus planes para construir un muro a lo largo de la frontera entre Estados Unidos y México, agentes de la Patrulla Fronteriza de San Diego buscaban traficantes de drogas y de personas con vehículos todo terreno en ese sector, donde hay muros de hasta cinco metros y medio (18 pies), con alambres de púas, cámaras y luces.

Los mexicanos compraban en un centro comercial que llega a la frontera misma. Y decenas de migrantes acampaban en carpas de un refugio del lado mexicano, con la esperanza de cruzar algún día a Estados Unidos.

Para ellos, la orden ejecutiva de Trump del miércoles de construir el muro parece más bien un gesto simbólico, y alarmante, que marca el inicio de un nuevo capítulo en las relaciones entre los dos países más que un disuasivo real para que la gente deje de venir a Estados Unidos ilegalmente.

"Incluso si construyen el muro, lo trepo. Me traigo una escalera de la altura del muro o uso palos. Lo que sea, pero lo hago, paso al otro lado", aseguró José de Jesús Ramírez, quien fue deportado recientemente y tiene a su esposa e hijos en Estados Unidos.

La respuesta de Ramírez refleja el sentir a lo largo de la frontera, una mezcla de resentimiento y resistencia, combinado con una sensación de que todo sigue igual. De hecho, cuando Trump hacía su anuncio, un grupo de trabajadores erigía un muro en la frontera. En una fría mañana en el desierto, los peones instalaron bloques de cemento que se usarán para sostener un muro de casi siete metros (22 pies) entre Sunland Park (Nuevo México) y Ciudad Juárez, del lado mexicano. El proyecto fue iniciado hace varios meses.

En Tijuana, un estudiante de secundaria visitó un monumento de piedra dedicado a los dos países en 1948 como muestra de amistad. El monumento estuvo alguna vez en la frontera misma, pero ahora está del lado mexicano, a escasa distancia de un gigantesco muro de imponentes barras de acero que llegan al océano Pacífico.

El estudiante, Brandon Dzul, de 17 años, contó que la idea de construir otro muro le hizo recordar a un tío de 34 años que falleció en el desierto hace seis años, luego de ser abandonado por coyotes que lo ayudaban a ingresar a Estados Unidos ilegalmente.

"Tenía el sueño americano de una vida mejor", expresó. "Yo creo que ahora no lo vamos a poder conseguir ni siguiera con una visa".

Cerca de allí, unas 150 personas ocupaban carpas en un refugio de migrantes de 40 camas que está desbordado desde mayo, en que comenzaron a llegar grandes cantidades de haitianos que intentaban llegar a Estados Unidos. Muchos venían de Brasil, adonde fueron después del terremoto del 2010, y decidieron buscar fortuna en el norte cuando ya no pudieron conseguir trabajo en el país sudamericano.

Los haitianos generalmente se entregaban a los inspectores estadounidenses en el puerto de ingreso de San Ysidro, en San Diego, que es el más transitado de la frontera, sin intentar burlar los muros o evadir a las autoridades. Generalmente los dejaban en libertad bajo palabra por razones humanitarias. Eso duró hasta septiembre, en que Estados Unidos suspendió el trato especial que brindaba a los haitianos y comenzó a deportarlos, igual que hace con los inmigrantes sin papeles de cualquier otro país.

Las autoridades estadounidenses no tienen los recursos para procesar a los haitianos con rapidez, lo que llevó a los mexicanos a crear un sistema mediante el cual se cita para determinada fecha a los haitianos, quienes deben esperar semanas en Tijuana para ser recibidos por las autoridades. Los refugios de migrantes están repletos y muchos terminan durmiendo en las calles.

Ya hay cercas y otras barreras a lo largo de unos 1126 kilómetros (700 millas), sobre todo en California y Arizona. En San Diego prácticamente clausuraron el que supo ser uno de los cruces más transitados en la década de 1990. Hoy es uno de los sectores más fortificados de una frontera de unos 3.200 kilómetros (2000 millas) de extensión.

Los jefes regionales de la Patrulla de Fronteras pidieron en noviembre identificar las zonas donde se podrían ampliar los muros, pero Trump y su gente no han dado detalles de sus próximos pasos. Brando Judd, presidente del Consejo Nacional de la Patrulla de Fronteras y miembro del equipo de transición de Trump, está a favor de construir más muros en sitios estratégicos y reforzar las barreras ya existentes en otros, aunque no donde hay obstáculos naturales, como el tramo del río Bravo de Texas.

"No necesitamos una Gran Muralla china que vaya de California a Texas", declaró Judd en una entrevista la semana pasada.

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El reportero de la Associated Press Michael Kunzelman, de Baton Rouge, Luisiana, colaboró en este despacho.