Luis Maldonado, el único fotógrafo de cajón que queda en la Plaza de Armas de Santiago de Chile y uno de los pocos que hay en todo el país, admite que los clientes son cada vez más escasos. Pueden pasar días y hasta semanas hasta que alguien le pida un retrato.

Pero Maldonado se resiste a abandonar la cámara oscura creada a fines del siglo XIX a la que la luz ingresa por un pequeño agujero en una de sus caras y contiene un papel fotográfico que capta manchas que son una imagen invertida del objeto fotografiado.

El cajón trabaja como cámara y laboratorio simultáneamente. El fotógrafo introduce su brazo por una manga donde fotografía el negativo de papel, luego lo introduce en una bandeja con líquido revelador y después lo pasa un fijador. El proceso dura unos 20 minutos y el retrato, que asemeja a una antigua fotografía, es mucho más costoso que el de las cámaras digitales: unos tres dólares contra 7,5 dólares.

Para mantener su pasión Maldonado suele buscar trabajos temporales como aseador y jardinero. "Yo sé que hay que vivir, que comer. Si fuera por mí yo estaría haciendo sólo fotos de cajón, porque es lo que me llena", dijo a The Associated Press. "Me siento vacío sin el cajón", agregó.

Como la mayoría de la gente no está dispuesta a pagar el valor de una fotografía de cajón Maldonado se vio obligado a comprar una cámara digital y una pequeña impresora. Junto al cajón tiene un caballo de madera y una vaca para atraer especialmente a los niños, que entusiasmados piden a sus padres una fotografía. En general, los padres terminan eligiendo la imagen digital.

"Mientras yo he tomado una foto, ellos (mis colegas) han tomado más de 10", se lamentó.

En ocasiones trabaja como conserje o guardia nocturno y a veces para Navidad es contratado por una gran tienda para que los niños se fotografíen con Papá Noel... con una cámara digital.

"Todavía está la pasión de querer hacerlo. Uno tiene que seguir luchando por los sueños, por las cosas que uno quiere. Uno necesita vivir y hacer las cosas que le gustan y yo hago lo que me gusta", señaló sonriendo.

Pero el cajón, también llamado minutero, parece tener los días contados y Maldonado busca reunirse con las autoridades para "que escuchen, que vean que esto es algo importante".

El hombre, de 48 años, está convencido de que con el apoyo del gobierno podrían realizarse exposiciones y llevar adelante proyectos que permitirían seguir usando la cámara de cajón. Si no concreta sus ideas este año, dijo, "esto va a morir".

Maldonado proviene de una familia de fotógrafos de cajón que incluye a su abuelo, su padre y su tío. "Es un trabajo muy bonito, para mí es muy nostálgico, yo lo llevo en la piel", dijo el fotógrafo que lleva 27 años en el oficio.

La primera cámara de cajón llegó a Chile en 1911 y siete años después ya había unos 300 fotógrafos minuteros. En 1942 el sindicato reunía a unos 5.000 que para 1972 se habían reducido a 300, explicó Octavio Cornejo, historiador y cofundador de la muestra "Fotógrafos Minuteros: El Retrato Popular en Chile" de 2011.

La cámaras de revelado instantáneo, comercializadas masivamente a partir de 1947, influyeron en el declinar de los cajones, ahora casi extintos por el avance de la cámara digital.

De todos sus trabajos como minutero Maldonado recordó especialmente su viaje a la Bienal de Arte de Venecia de 2003 a la que fue invitado por la fotógrafa chilena Eugenia Vargas y en la que presentaron una expresión de arte tradicional chileno.

"Mi trabajo era más valorado allá que acá porque la gente hacía filas, me pedía autógrafos, se tomaban fotos conmigo", recordó con nostalgia. "Todo ese tiempo fue un sueño".

Hasta pensó en contactar a Leonardo Farkas, un millonario chileno destacado por su generosidad y que ha ayudado a enfermos, deportistas y hasta veterinarios que cuidan animales heridos. "Si mañana alguien me dice 'toma ahí está el dinero, hace tus locuras con el cajón', pesco todas mis cosas y me voy", concluyó.