En este poblado petrolero en el oriente de México, de por sí desconfiado por la creciente violencia y extorsión de grupos criminales, el secuestro y asesinato de dos sacerdotes esta semana hundió a los habitantes en una mayor desesperación.

Los asesinatos en Poza Rica, en el atribulado estado de Veracruz, el Golfo de México, también ocurren en un momento de fuertes tensiones entre la Iglesia Católica y el gobierno mexicano.

Los líderes eclesiásticos están cada vez más frustrados por la incapacidad de las autoridades para proteger a los sacerdotes durante el gobierno de Enrique Peña Nieto. Mientras, la Iglesia se opone abiertamente a la propuesta del mandatario de legalizar los matrimonios homosexuales y ha convocado a marchas de católicos en todo el país.

"Pienso que esto, en combinación con las recientes protestas contra matrimonios gay coordinadas por la Iglesia, es un nuevo punto bajo en la relación entre la Iglesia y el PRI", dijo Andrew Chesnut, presidente de estudios católicos en la Universidad Commonwealth de Virginia, en referencia al Partido Revolucionario Institucional que gobierna en México. "Pienso que el panorama general es que la cacería de sacerdotes simplemente ha proliferado con la intensificación de la guerra contra las drogas".

Cuando Alejo Nabor Jiménez y Alfredo Suárez de la Cruz fueron encontrados atados y muertos a tiros a las afueras de Poza Rica el lunes, esto elevó a 14 la cifra de curas asesinados en México desde que Peña Nieto asumió el cargo en 2012. Al menos 30 han sido asesinados desde 2006. Y el jueves las autoridades religiosas hicieron un llamado público para que entreguen con vida a otro cura, quien habría sido secuestrado de su casa parroquial en el estado occidental de Michoacán y desde entonces se desconoce su paradero.

Se desconoce qué sucedió exactamente con Nabor y Suárez, y por qué.

Los investigadores han entrevistado al chofer que fue raptado junto con ellos y escapó, pero no ha dado declaraciones públicas.

El fiscal del estado de Veracruz, Luis Ángel Bravo, dijo que al parecer el móvil fue el robo y declaró que los sacerdotes estuvieron bebiendo con sus asesinos antes de ser secuestrados. Dicha aseveración enfureció a la Iglesia, que lo vio como un ejemplo más de cómo las autoridades del estado desprestigian a las víctimas durante las superficiales investigaciones, en el mejor de los casos.

Bravo desestimó las acusaciones de que un cártel de la droga pudiera estar involucrado, aunque los Zetas y el Cártel Jalisco Nueva Generación están peleando por el control de Veracruz, incluyendo Poza Rica.

Los habitantes se han ido acostumbrando a escuchar noticias de asesinatos macabros. La ciudad donde habitan 195.000 ha registrado 41 asesinatos en los primeros ocho meses del año, el triple que en todo el 2015.

Solo que esta vez no fueron extraños sin rostro sospechosos de trabajar para el crimen organizado; eran sacerdotes, líderes respetados de la comunidad.

"Salen en el periódico dos o tres muertos, diario", dijo un comerciante que trabaja frente a la Iglesia de Nuestra Señora de Fátima, donde vivían los prelados. "Por regular tú dices, 'si los mataron fue por algo'''.

Al igual que muchas personas entrevistadas por The Associated Press en Poza Rica, esta persona no quiso dar su nombre por temor a ser blanco de violencia.

La gente cuenta que, ante unos fieles cada vez más atemorizados, Nabor abrió las puertas de su iglesia después de tomar el cargo hace seis años. Aquellos que lo conocían sabían que era cercano a la congregación, compartía su número de teléfono abiertamente y exhortaba a la gente a ir a la iglesia a cualquier hora.

"A mí me pueden buscar en la hora que ustedes quieran, para mí no existen descansos", decía el sacerdote de 50 años, cuenta el secretario de la iglesia Juan Carlos García.

Suárez, de 30 años, era nuevo en el pueblo. Acababa de llegar hace apenas un mes para reemplazar a otro sacerdote que este año falleció de causas naturales, y estaba a cargo de los programas juveniles de la iglesia.

Amigos y parroquianos se indignaron por la sugerencia de que los sacerdotes estuvieron departiendo con sus asesinos y expresaron profundas dudas sobre la credibilidad de la investigación.

En el funeral de Suárez, el reverendo Lorenzo Rivas, quien participó en el mismo seminario que el joven cura, dijo que su único vicio era el voleibol.

"Él no era una persona que le gustaba el alcohol", aseguró Rivas.

Posteriormente, el fiscal Bravo pareció retractarse de sus comentarios, asegurando que no intentaba criminalizar a las víctimas.

En el funeral, una mujer deslizó una nota a un reportero pidiendo que se investigue lo que llamó persecución del gobierno a los obispos en Veracruz por oponerse al matrimonio gay.

Veracruz ha sido gobernado desde hace décadas por el partido de Peña Nieto, y el actual gobernador Javier Duarte es frecuentemente señalado por el aumento en la corrupción y los crímenes de odio durante su mandato.

La recelosa relación entre Iglesia y estado en México data de los siglos XIX y XX cuando se impusieron severas restricciones a la Iglesia, confiscaron sus propiedades y el gobierno impulsó la laicidad temiendo la influencia religiosa en la sociedad. Su marginalización política permitió al PRI concretar su poder político y retener la presidencia 71 años ininterrumpidos.

El día que los sacerdotes desaparecieron en Poza Rica comenzó como siempre. Nabor visitó otras iglesias antes de regresar a Nuestra Señora de Fátima para la misa de las 6:30 de la tarde.

Mientras avanzaba el domingo, Jorge Juárez Bautista, quien trabaja en la iglesia desde hace muchos años, dijo que Nabor, Suárez y el chofer se quedaron. Una indigente que algunas veces ayuda en la iglesia dijo que vio a varios jóvenes y a una mujer frente al recinto religioso alrededor de las 8:20 de la noche, y la mujer le dijo que estaban esperando a Nabor.

El sacerdote de más edad estaba al teléfono cuando Juárez se fue a las 9:30 de la noche, y puso una cadena alrededor de la reja pero sin candado. Así era como pedía Nabor; algunas veces perdía las llaves y por eso hace un tiempo le pidió a Juárez que dejara de cerrar con candado.

Casi una hora después, Juárez pasó nuevamente y se dio cuenta de que la puerta no estaba como la dejó pero no se le hizo inusual porque algunas personas venían de noche.

A las 5:30 de la madrugada, Juárez regresó y encontró la reja de par en par y los dos vehículos estacionados dentro ya no estaban. Dos horas más tarde otro trabajador llegó y marcó al teléfono de Nabor, pero nadie respondió. Entraron a la casa del párroco y la encontraron desordenada: sus gafas estaban tiradas en el piso de la sacristía, se habían llevado las limosnas y había sangre.

Más tarde, fueron localizados los cadáveres en un camino poco transitado afuera del pueblo. Nabor recibió nueve tiros.

Varios días después, una mujer reflexiona sobre los asesinatos mientras está sentada dentro de un local que administra cerca de la iglesia. Las cosas solían ser muy tranquilas en Poza Rica, comenta la veracruzana, la gente no dudaba en salir en la noche. Ahora las calles están vacías cuando oscurece. Ella ya no trabaja tantas horas y está pensando en cerrar, aunque abrió el negocio apenas hace seis meses.

El asesinato de los sacerdotes fue un fuerte golpe por el lugar que ellos tenían en la comunidad, dice ella, pero todos temen ser los siguientes. "Realmente todos estamos expuestos que nos pase algo".

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El periodista de The Associated Press Peter Orsi colaboró desde Ciudad de México.

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Christopher Sherman está en Twitter como: https://www.twitter.com/chrisshermanAP