Pandemia agrava adicción en pueblos nativos norteamericanos

que le aliviara su depresión y ansiedad.

que le aliviara su depresión y ansiedad.

Pero poco antes de que estallara la pandemia, su madre sintió algo de esperanza.

Ella y su hijo se pusieron en cuarentena juntos, en su casa en Bemidji, una ciudad de 15.000 habitantes. Kyle había acudido a tratamiento, llevaba 168 días sobrio, tenía de nuevo las mejillas llenas. Le pidió a su madre que hiciera las galletas de crema de maní que tanto le gustaban.

Qué contento estoy de que todavía tengo la oportunidad de darle orgullo a mi mamá que tanto me quiere, escribió Kyle en un diario.

Pero pasaban las meses y Kyle empezó a quejarse de que esta pandemia no acabaría nunca. No podía conseguir trabajo, se sentía aislado, se sentía como un vagabundo.

Se rindió, lamenta ahora Taylor. Kyle empezó a consumir drogas de nuevo y luego empezó a venderla para poder mantener su vicio.

A su alrededor mucha gente se estaba muriendo. En el territorio Tierra Blanca se triplicaban las corridas de las ambulancias debido a las sobredosis, explica Gardner. Colocaron afiches en gasolineras y edificios tribales: Cuidado con las sobredosis, Por favor cuidemos unos de otros.

Joe Kleszyk, comandante de una unidad especial contra las drogas creada por la comunidad, también sonó la alarma: Se trata de una epidemia dentro de una pandemias, expresó a un periódico local en agosto de 2020. La unidad especial tenía a su cargo cinco condados y dos territorios indígenas, entre ellos el de Tierra Blanca.

La cantidad de sobredosis investigadas por la unidad especial se disparó de 20 en 2019 a 88 el año pasado. Quince de ellas fueron fatales, el triple del año anterior.

Y la situación está empeorando: Este año ha habido 148 sobredosis, 24 de ellas fatales.

En Minnesota, como ocurre en todo el país, los narcotraficantes están metiendo en su droga fentanilo, un opioide sintético barato tan potente que un paquetito del tamaño de un paquetito de azúcar contiene 40 dosis, explica Kleszyk. Es un juego de ruleta rusa, sostiene.

Al mismo tiempo, la pandemia llevó a muchas personas a la adicción, llamada la enfermedad del desespero.

El desempleo en tierras indígenas aumentó a 26%. Y ante la desinversión del gobierno federal, muchas comunidades autóctonas de antemano se hallaban al borde de la pobreza, en ocasiones a poca distancia de acaudalados vecindarios blancos o lujosos resorts de verano.

Encima de eso, las tradiciones tribales que ayudaban a mucha gente a soportar adversidades, como los cónclaves rituales o círculos de diálogo, quedaron suspendidas. Se trata de una cultura comunitaria y súbitamente la gente quedó aislada.

De las 148 sobredosis investigadas por la unidad especial este año, 124 de las víctimas eran indígenas.

Estoy harto de tener que decirle a una familia que su hijo ha muerto, relató Kleszyk.

Cuando oficiales de la Nación Tierra Blanca llegaron el 5 de agosto de 2020 para informarle a Betty Oppegard, le fallaron las rodillas y cayó al suelo. Su hija, Beth Renee Hill, una mujer de 32 años y madre de tres pequeños, murió de una sobredosis de metanfetaminas.

El nombre ojibwe de Beth Renee era Bebaanimadookwe, que quiere decir el brillo del sol sobre la nieve.

Así era ella, un brillo en la vida de los demás, era hermosa, declaró Oppegard. Ella podía hacer muchas cosas en un solo día.

Había empezado a tomar metanfetaminas hace un par de años y en poco tiempo se vino abajo. Perdió la custodia de sus hijos y se deprimió, por lo cual consumió más drogas.

Oppegard antes se despertaba cada mañana pensando en lo que hacía cada uno de sus ocho hijos, pero dejó de hacerlo porque cuando pensaba en Beth Renee no soportaba el dolor.

El padre de Beth Renee solía sujetar una foto de su hija y llorar. Hoy en día está sepultado al lado de ella. Oppegard dice que murió en enero víctima de la congoja.

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Entre tanto dolor y muerte, uno de los temas más acuciantes para las tribus norteamericanas es qué hacer para que las nuevas generaciones no caigan víctima del mismo flagelo.

Los servicios de salud en los territorios indígenas han sido deficientes desde hace décadas. Cuando el gobierno estadounidense expulsó de sus tierras a los indígenas, firmó tratados con ellos en que les prometía satisfacer ciertas necesidades, como la atención médica. La gran cantidad de muertes por adicción es prueba de que el gobierno no cumplió su palabra, dice Tina Smith, senadora por Minnesota.

El promedio de gasto público en atención médica por persona en Estados Unidos es de unos 11.000 dólares, pero los sistemas de salud tribales reciben apenas una tercera parte de eso y los grupos indígenas urbanos reciben incluso menos, según el Consejo Nacional de Salud de Comunidades Indígenas Urbanas. La pandemia asestó otro golpe a este agobiado sistema.

Smith introdujo hace poco una propuesta en el Congreso que otorgaría 200 millones de dólares a comunidades indígenas para atención médica y programas contra las-adicciones. La propuesta, que está estancada en el Congreso, le daría a las organizaciones tribales autonomía en cuanto a cómo desembolsar esos recursos.

En los años previos a la pandemia, la Nación Tierra Blanca combinaba la medicina moderna con sus propios ritos que durante generaciones han ayudado a su pueblo a sobrevivir. Ha entrenado a miles de personas a usar naloxona, una droga que revierte los efectos de una sobredosis y con la cual, estima, ha salvado unas 1.000 vidas, dice Gardner. Han usado costumbres ancestrales: círculos de tambores, ceremonias con tabaco, ritos en lugares húmedos para impulsar el equilibrio entre el cuerpo, la mente y el alma.

Su lema es el amor incondicional, dice Gardner. Todos pueden recuperarse con un poco de esperanza y sanación, no hay que darse por vencido, no importa cuán arraigada sea la adicción.

Georgianna Garbow-Warren estuvo adicta a la metanfetamina durante años y ella y su esposo terminaron viviendo en casas abandonadas, en albergues, incluso bajo un puente. Ella perdió la custodia de sus tres hijos. Sentía que estaba en un círculo vicioso: se drogaba, perdía a sus hijos, se sanaba, los recuperaba y a empezar de nuevo.

Ella se crio en la reserva Tierra Blanca, cerca de Beth Hill. Con facilidad recuerda por nombre y apellido a las personas cercanas que murieron por adicción.

Garbow-Warren tuvo un cuarto bebé en 2019, que nació prematuro. Los médicos se lo llevaron tan pronto nació. Ella seguía drogándose: Lo único que quería era algo que me quitase todo ese dolor.

Un día, ella no podía respirar y fue al hospital, donde le diagnosticaron atrofia cardiaca crónica debido al daño causado por las drogas.

Fue varias veces a salas de emergencia. Un día estaba en una de esas camas y pensó Dios mío, ¿de verdad me odio tanto a mí misma?

Se entregó a la policía y pidió entrar en tratamiento. Era febrero de 2020, justo cuando la pandemia estaba causando estragos en comunidades ya agobiadas por la adicción.

Hoy en día ella se pregunta dónde están sus hijos. Su hijo cumplió recientemente 18 años, y los otros son de 17 y 10 años. A veces le dan ganas de buscarlos, pero entonces piensa que mejor están sin ella.

Vivo con eso todos los días, preguntándome si están bien, dice.