Ansiedad, dolor y pena por el cambio climático en Honduras

donde calcula que estaba su casa, de la que no queda una sola piedra en pie. Uno queda chiflado, desorientado, mi vida quedó acá, pero acá no existe, no sé hacia dónde mirar. Se quita la mascaril...

donde calcula que estaba su casa, de la que no queda una sola piedra en pie. Uno queda chiflado, desorientado, mi vida quedó acá, pero acá no existe, no sé hacia dónde mirar. Se quita la mascarilla y se limpia la cara. Lleva meses llorando.

Julio Villanueva, de 70 años, busca un por qué y se escuda impotente en un antiguo mito del pueblo indígena Chortí, que habitó estas tierras hace cientos de años. En la tierra crece una serpiente con un cuerno, cuando es grande y quiere salir, abre un canal que arrastra el agua y lo destruye todo. Sólo el rayo puede matarla.

La doctora Lazo, que ha tratado a casi todos los habitantes de La Reina, amplía la explicación: sufren una sensación física que constringe el corazón y la razón. Han perdido lo material y el apego a la vida, ya no saben estar en el mundo.

Cuando se sientan frente a mí y les pregunto ˜¿Qué tal?,™ empiezan a llorar.

La medicina puede solucionar algunas noches de insomnio, continúa Lazo, pero no soluciona un problema de depresión colectiva en un país donde además, para una población campesina muy humilde, no hay ningún servicio psicológico ni psiquiátrico disponible.

Advierte, además, contra cualquier tentación de culparlos: no deforestaron porque quisieron sino por la pobreza, explica. Necesitaban calentarse, cocinar, construir y el país no les dio otra opción que talar el bosque.

¿Cómo se cura lo que no se puede curar?, se pregunta la doctora.