Historias de ciudad de inmigrantes vapuleada por COVID-19

se sentía en su casa. Tienen familiares cerca. Hay parques donde reunirse. Escuelas decentes. Y bastante trabajo para quienes están dispuestos a esforzarse.

se sentía en su casa. Tienen familiares cerca. Hay parques donde reunirse. Escuelas decentes. Y bastante trabajo para quienes están dispuestos a esforzarse.

Pedroza tiene dos empleos: Por la mañana hace la limpieza de un negocio y por las tardes opera un montacargas en un depósito.

La pandemia trajo desempleo, que subió del 6% en enero del 2020 al 20% dos meses después. En marzo del 2021 se mantenía en el 9%. Surgieron cada vez más comedores comunales en los que había una enorme demanda, en parte porque los trabajadores sin permiso de residencia no recibían ayuda del gobierno.

Pedroza tuvo suerte. Dejó de trabajar solo por algunas semanas.

Pero nunca dejó de preocuparse. Siempre estaba pensando en lo que podía pasar, señaló.

La familia se encerró en su casa y dejó de ver incluso a los parientes, algo que puede ser visto como una traición por la cultura hispana.

Pedroza estaba asustado. Veía constantemente las noticias y estaba pendiente de los rumores en las redes sociales. Le aterrorizaba ir a trabajar. Casi no salía a no ser para ir al trabajo.

De todos modos, pocos días antes de la Navidad empezó a sentirse mal: Fatiga, dolor de garganta, dolor de cabeza. Hernández también se contagió. Luego la niñita.

Las semanas siguientes son una nebulosa. No festejaron el Año Nuevo.

Al final de cuentas tuvieron suerte. Se sintieron mal un par de semanas, aunque sin necesidad de ir al hospital.

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Otra guatemalteca, María Cristina Pineda, no fue tan afortunada.

Pineda, quien cuidó niños durante más de 20 años en la ciudad de Nueva York, se radicó en Central Falls hace 14 años, junto con su familia.

Cuando contrajo el virus, se negó a ser hospitalizada, convencida de que la gente iba a los hospitales a morir. Incluso después de dejar de comer se resistió.

Decía que se sentía bien, expresó su hija Gilda Hernández.

Aceptó finalmente ir a un hospital cuando una enfermera la vio en su casa y le dijo que su nivel de oxígeno era muy bajo.

Gilda la llevó al hospital.

Le di un abrazo y no la volví a ver, relató la hija.

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Cuando el estado asignó una cantidad adicional de dosis de vacunas a Central Falls ante la cantidad de contagios, la alcaldesa María Rivera ayudó a preparar un agresivo programa de vacunaciones, que incluyó visitas a las casas y gente que paraba a los transeúntes en la calle para recomendarle que se vacunase. Un médico trató de asegurarse de que los extranjeros sin permiso de residencia no fuesen hechos a un lado.

A fines de febrero, Central Falls tenía una de las tasas de vacunación más altas de Estados Unidos.

Estábamos desatados, dijo el principal estratega de la campaña, el doctor Michael Fine. Advirtió, no obstante, que llegaría el momento en que se tropezaría con la negativa de alguna gente a vacunarse.

Eso fue precisamente lo que sucedió.

Hubo una abrupta caída en la cantidad de personas que se presentan al gimnasio a vacunarse. Y un marcado aumento en los comportamientos riesgosos. Cuando sonó la alarma de incendios en un club de inmigrantes de Cabo Verde hace poco, los bomberos encontraron una cantidad de gente amontonada en el local y nadie tenía tapabocas.

La alcaldesa Rivera, no obstante, es optimista. Rivera, de 44 años, hija de puertorriqueños, cree que Central Falls ha iniciado una nueva etapa. Sigue habiendo mucha pobreza, pero la ciudad salió de la bancarrota en el 2012 y al año siguiente tuvo un excedente en su presupuesto. Además, dejó atrás su fama de ciudad con mucha cocaína.

Es la primera alcaldesa hispana de Rhode Island. Asumió el cargo, el 4 de enero del 2020, poco antes de la llegada de la pandemia. Es popular, llena de energía, con mucha presencia en la ciudad. Promueve las vacunaciones con fuerza.

No hay que ser un genio, declaró. Sabemos lo que hay que hacer.