La experiencia ayuda a combatir el virus en UCI francesas

Patrick Aricique se ahogaba poco a poco en una unidad de cuidados intensivos en Francia, y temía que moriría por unos pulmones que se sentían totalmente quemados por dentro, quemados como la catedr...

Patrick Aricique se ahogaba poco a poco en una unidad de cuidados intensivos en Francia, y temía que moriría por unos pulmones que se sentían totalmente quemados por dentro, quemados como la catedral en París, mientras médicos y enfermeras trabajaban día y noche para mantener con vida a pacientes graves de COVID-19.

Un matrimonio ingresado en la misma UCI murió con horas de diferencia mientras Aricique, que se sentía tan frágil como una pompa de jabón a punto de estallar, luchaba también contra el coronavirus. El albañil retirado, de 67 años, atribuye su recuperación a una intervención divina. Vi arcángeles, vi pequeños querubines, dijo. Fue como comunicarse con el más allá.

A su lado había profesionales médicos que, forjados con la amarga experiencia de las olas de contagios anteriores, luchan sin descanso para mantener a los pacientes con vida y alejados de los respiradores mecánicos, cuando es posible. Atendieron a Aricique con tubos nasales y una máscara que llevaba un flujo constante de oxígeno a sus maltrechos pulmones. Eso le ahorró la incomodidad de tener el grueso tubo del respirador incrustado en la garganta, y la sedación de la que los pacientes temen -a veces, con razón- no despertar nunca.

Aunque la respiración asistida es inevitable para algunos pacientes, es un paso que ahora se da de forma menos sistemática que al principio de la pandemia. Sabemos que cada tubo que introducimos va a traer su serie de complicaciones, ingresos más largos y en ocasiones morbilidad, dijo el doctor Philippe Gouin, que dirige la UCI donde Aricique fue tratado de un cuadro grave de COVID-19.

Entre el 15% y el 20% de sus pacientes entubados no sobreviven, señaló.

Sabemos que perderemos a un cierto número de pacientes a los que no podremos ayudar a salir de este bache, dijo Gouin.

El cambio a tratamientos respiratorios menos invasivos también está ayudando a las UCI francesas a evitar el colapso ante un nuevo auge de contagios.

Impulsada por una variante más contagiosa del virus que golpeó primero a la vecina Gran Bretaña, la tercera ola en Francia ha hecho que el país supere los 100.000 muertos por COVID-19. Hospitales de todo el país vuelven a enfrentarse con los sombríos cálculos para hacer hueco a miles de pacientes graves.

Tenemos un flujo continuo de casos, dijo el doctor Philippe Montravers, jefe de la UCI en el Hospital Bichat en París, que de nuevo tiene que habilitar unidades temporales de cuidados intensivos donde acomodar a los pacientes. Cada uno de estos casos son historias absolutamente terribles. Para las familias, por supuesto para los propios pacientes, para los médicos a cargo, para las enfermeras.

Los pacientes sedados y con respiración asistida suelen quedarse en la UCI durante semanas, incluso meses, y recuperarse del trauma físico y mental de su ordalía puede tomar meses. Pero 13 días después de ser ingresado en la UCI de la ciudad normanda de Rouen, Aricique estaba lo bastante recuperado como para que otro paciente grave ocupara su puesto.

Un sistema de ventilación asistida por vía nasal que le suministró miles de litros (cientos de galones) de oxígeno cada hora le permitió superar el peor momento de su enfermedad, hasta que estuvo lo bastante bien como para reducir el flujo de oxígeno y que el paciente pudiera sentarse, con su edición del Nuevo Testamento a su lado. Mientras almorzaba una tortilla y algo de col lombarda para empezar a recuperar fuerzas, Aricique dijo sentir que había resucitado. Una enfermera le liberó de las vías que tenía en los brazos y recogió los tubos.

La doctora Dorothee Carpentier, que hacía la ronda con médicos novatos y enfermeras, se permitió una pequeña celebración al pasar por el cuarto de Aricique y darle el alta. También el paciente de la habitación contigua podría marcharse, decidió. Ella describió esas salidas como pequeñas victorias para la unidad de 20 camas, un ala temporal habilitada en lo que antes era una unidad quirúrgica y ahora dedicada por entero a pacientes de COVID-19.

Imagino que (las camas) volverán a estar ocupadas por la mañana, dijo Carpentier. Lo duro de esta tercera ola es que no hay botón de parada. No sabemos cuándo empezará a frenar.

Más abajo en el mismo pasillo, una mujer de 69 años colocada boca abajo trataba de respirar con una máscara de oxígeno y se acercaba peligrosamente al punto en el que los médicos decidirían anestesiarla e intubarla. La enfermera Gregory Bombard hablaba con la nuera de la mujer, que estaba de visita, en un esfuerzo por evitar ese siguiente paso, explicándole la importancia de mantener la máscara.

La moral es muy importante, y tiene que pasar este tramo, dijo Bombard. Hacemos lo que podemos. Ellos también tienen que hacer el esfuerzo de parar, de lo contrario perderán.

Haz lo que puedas, le dijo la enfermera a la nuera.

La mujer salió más tarde de la habitación de su suegra, conmocionada y con los ojos empañados en lágrimas.

Es muy duro verla así, dijo. Se está dejando ir.

En otra sala, Gouin trataba de persuadir con amabilidad a un tendero de 55 años, que se quejaba de que la máscara de oxígeno le daba claustrofobia.

Tienes que jugar el juego, dijo el médico. Mi objetivo es que no lleguemos al punto en el que tengamos que dormirte.

El paciente se mostró de acuerdo. No quiero estar entubado, estar en coma, no saber cuánto te vas a despertar", dijo.

Las intubaciones pueden ser traumáticas para todos lo implicados. Un paciente que sollozó cuando le durmieron seguía sedado en la UCI casi dos semanas más tarde.

Se veía que estaba aterrado", recordó Bombard. Fue espantoso.