Hotel canario ofrece cobijo a migrantes necesitados

Cuando Calvin Luckock, director de hotel, y Unn Tove Saetran, propietaria de un restaurante, se despidieron de los últimos grupos de migrantes alojados en uno de los complejos costeros que gestionan ...

Cuando Calvin Luckock, director de hotel, y Unn Tove Saetran, propietaria de un restaurante, se despidieron de los últimos grupos de migrantes alojados en uno de los complejos costeros que gestionan en las Islas Canarias, la pareja británico-noruega no sabía que volverían a tener huéspedes.

En un principio habían perdido su clientela de turistas debido a la pandemia del coronavirus, pero después las cosas dieron un giro inesperado.

Se estaba produciendo una crisis humanitaria en el archipiélago español, donde decenas de miles de hombres, mujeres y niños africanos llegaban en embarcaciones rudimentarias. El gobierno español, que tenía problemas para alojar a 23.000 personas que desembarcaron en las islas en 2020, contrataron cientos de habitaciones de hotel que se habían quedado vacías por las restricciones asociadas a la pandemia del coronavirus.

El arreglo no sólo ayudó a migrantes y solicitantes de asilo a tener un lugar donde dormir, también permitió a Lucock a mantener empleada a la mayoría del personal del hotel.

Pero el contrato terminó en febrero, y miles de personas fueron trasladadas fuera de los hoteles a grandes campamentos migrantes recién habilitados. O eso pensaban.

Nos dimos cuenta de que teníamos una fila de gente esperando fuera cuando cerramos las puertas, dijo Saetran, exprofesora, en una entrevista reciente con The Associated Press en el Holiday Club Puerto Calma, en el sur de Gran Canaria.

Algunos de los chicos, como ella los llama, habían acabado en la calle tras ser expulsados de centros de recepción gubernamentales. Otros habían decidido abandonar el sistema oficial por temor a campos abarrotado y regresos forzosos a los países de los que habían huido. Las habitaciones seguían vacías, y Saetran dijo que no habría podido dormir sabiendo que los migrantes se quedarían en la calle.

De modo que volvieron a abrir las puertas del hotel, esta vez asumiendo el coste.

Estaban muy asustados, no tenían a dónde ir y no había ninguna otra solución, dijo Saetran, que vive en las Canarias con Lucock desde la década de 1990 y tiene una hija nacida en España.

Ahora la familia, con ayuda de parte del personal de hotel y otros voluntarios, sirve comida a través del restaurante de Saetran, cobijo a través del hotel y atiende a 58 varones jóvenes, incluidos ocho menores no acompañados. La mayoría proceden de Marruecos y Senegal, así como otros países del oeste de ífrica, que se quedaron fuera del sistema oficial de recepción e integración migratoria por diversos motivos.

Uno de ellos es Fode Top, un pescador senegalés de 28 años que dejó su país para buscar un empleo mejor en Europa el pasado noviembre. El pescado en Senegal, señaló, ha desaparecido del mar tras años de pesca industrial de barcos chinos y europeos. Ahora casi nadie puede ganarse la vida con la pesca.

Para empeorar las cosas, el hijo de 3 años de Top necesitaba una crucial y costosa cirugía de corazón. Para pagar las facturas médicas pidió un préstamo que no pudo devolver, lo que le supuso amenazas.

Si regreso a Senegal tendré problemas. Muchos problemas, dijo Top.

También los campos oficiales se han visto plagados de problemas, con reportes de hacinamiento, comida insuficiente, condiciones insalubres y falta de asistencia médica y legal. La policía intervino recientemente con balas de goma en el campo más grande de la isla de Tenerife, tras una pelea entre dos grupos de residentes.

Las Islas Canarias y sus playas soleadas todo el año suelen atraer cada año a millones de turistas del norte de Europa. Pero para los migrantes en Puerto Calma, quedarse en el hotel no son unas vacaciones. Las islas pretendían ser sólo una escala hacia la estabilidad, la seguridad y el empleo en la Europa continental, no su destino final. Hoy es un limbo en el que se ven miles de personas que han visto denegado su acceso a la Península Ibérica y viven esperando, sin poder trabajar y enviar dinero a sus familias.

Han venido aquí buscando una vida mejor, uno de los motivos por los que yo vine a España, dijo Lucock, de 47 años. Sólo hay una diferencia: No nacieron con un pasaporte europeo, de modo que no pueden viajar como puedo yo.

En una tarde reciente, mientras cenaba, Saetran recibió un mensaje de texto. Seis jóvenes, entre los que supuestamente había menores, llevaban días durmiendo en las calles de Las Palmas. Miró a su esposo, que gestiona el hotel, para que diera el visto bueno. Él puso los ojos en blanco y tomó aire.

Al día siguiente, los seis chicos llegaron al hotel con sus pertenencias en bolsas de plástico. Saetran y Lucock les recibieron y les dieron dos habitaciones. Ambos saben que el hotel no podrá acoger a los migrantes para siempre, pero por ahora tienen un lugar donde dormir.

Si podemos jugar un pequeño papel en que se sientan seguros y a salvo mientras están aquí, entonces creo que hemos conseguido algo, dijo Lucock.

Mientras los hombres esperan un mes tras otro para viajar al norte o ser devueltos al sur, Lucock y Saetran intentan mantenerles ocupados. Hay voluntarios que acuden tres veces por semana para dar clases de inglés y español. Los deportistas juegan al fútbol en la playa o corren por la montaña con vecinos de la zona. También se juega mucho a las damas y a las cartas.

La pareja dijo que espera seguir ayudando a los jóvenes migrantes incluso cuando el turismo se reanude, y están creando una organización benéfica.

En nuestra cultura, tenemos tanto que olvidamos apreciar las pequeñas cosas, dijo Saetran.