Atlas de la pandemia: el virus que sacudió a Perú

Cada día, en el apogeo de la pandemia en Perú, Ronald Marín visitó un cementerio polvoriento lleno de gente para ofrecer las oraciones finales para docenas de víctimas del COVID-19, con sus ataú...

Cada día, en el apogeo de la pandemia en Perú, Ronald Marín visitó un cementerio polvoriento lleno de gente para ofrecer las oraciones finales para docenas de víctimas del COVID-19, con sus ataúdes envueltos en plástico como maletas que se preparan para un vuelo.

Muchos habían muerto antes de que un sacerdote pudiera pronunciar los últimos ritos. Los familiares preguntaron si sus seres queridos habían fallecido en pecado. El joven trabajador venezolano laico trataba de ofrecer algún consuelo, y les decía que, en última instancia, Dios es misericordioso.

Detrás de cada muerte hay una familia, dice. Detrás de cada muerte hay un nombre.

La magnitud de la pérdida en esta nación sudamericana, que durante meses mantuvo el sombrío título de primer lugar del mundo en muertes per cápita por COVID-19, es sorprendente. Una encuesta reciente encontró que siete de cada 10 peruanos conocen a alguien que murió por el virus. Muchos conocen a bastantes más que solo uno. Marín estima que él conoce al menos a 50.

En cada cuadra hay alguien que ha muerto, dice.

La historia de Perú no tenía por qué ser así. Décadas de inversión insuficiente en salud pública y malas decisiones al inicio de la pandemia, junto con una grave desigualdad y escasez de bienes que salvan vidas, como el oxígeno medicinal, se combinaron para crear uno de los brotes más mortales.

Los funcionarios peruanos han llamado a la pandemia la crisis de salud pública más devastadora que ha golpeado al país desde 1492, cuando los europeos trajeron enfermedades como la viruela y el sarampión a América, lo que devastó a las poblaciones indígenas.

Estamos viendo mucho dolor, dijo la psicóloga Catalina Gastiaburú. Duelo por pérdidas físicas, como la de una persona, pero también de otros tipos.

A principios de marzo, Perú confirmó su primer caso por el nuevo coronavirus: un trabajador de LATAM Airlines que había regresado de unas vacaciones en Europa. Muchas naciones latinoamericanas identificaron los brotes iniciales entre los ciudadanos más ricos que regresaban de viajes al extranjero. Pero de una ciudad a otra, el virus se propagó rápidamente a vecindarios de bajos ingresos densamente poblados.

En Lima, algunas de las áreas más afectadas son el hogar de trabajadores de la calle; 70% de la fuerza laboral de la nación no tiene un empleo formal. Aunque Perú instituyó una de las cuarentenas más tempranas y estrictas de la región, muchos no podían permitirse quedarse en casa por un periodo largo. Así que los vendedores de dulces, frutas y los floristas se subieron al autobús y fueron a trabajar.

Para junio, las salas de los hospitales se llenaban hasta su máxima capacidad. En todo el país, el oxígeno medicinal ”una herramienta vital para tratar a los pacientes de COVID-19” se volvió escaso. Los médicos debieron confiar en millones de pruebas de anticuerpos baratas, aunque no pueden detectar las infecciones tempranas. El resultado fue la confusión, retrasos en el tratamiento y una tasa de fallecimientos que las autoridades admiten probablemente es un recuento muy bajo.

Mujeres embarazadas e infectadas ”incluidas algunas que habían perdido a sus esposos por el virus” se vieron obligadas a dar a luz en salas de hospital aisladas, solas excepto por un médico. La cremación reemplazó las tradiciones funerarias de siglos para quienes murieron por el virus. Cientos, quizá miles, murieron en casa, incapaces o renuentes a ir a un hospital. Los migrantes venezolanos que habían llegado aquí en masa los últimos años estaban entre aquellos que asumieron la desgarradora tarea de recuperar y limpiar los cuerpos de los muertos.

Muchos de los fallecidos eran demasiado pobres para un entierro apropiado. Algunos eran migrantes. Así que las cenizas se enviaban a casa en autobuses pequeños, en cajas de madera cuidadosamente aseguradas en los asientos como pasajeros.

El arzobispo Carlos Castillo llenó los bancos de la catedral de Lima con las fotografías de 5.000 oficiales de policía, bomberos, barrenderos y otros que murieron por COVID-19.

A mediados de diciembre, Perú había reportado 2.962 casos y 110,4 muertes por cada 100.000 habitantes.

El virus provocó no solo una crisis de sanidad sino también una económica. El Fondo Monetario Internacional proyecta que el PIB de Perú declinará casi 14% este año, una de las peores contracciones económicas. Destinos turísticos alguna vez muy apreciados por los turistas, como Machu Picchu y la cercana Cuzco se convirtieron en pueblos fantasmas.

Con la pérdida económica vino la pérdida de los sueños. Los estudiantes que habían imaginado un futuro brillante como arquitectos, médicos y líderes empresariales se vieron forzados a dejar sus estudios y obligados a encontrar trabajo para ayudar a sus familias a ganar dinero para poder comer. Los restaurantes, clubes y tiendas cerraron.

Y luego ahí está Marín, quien aún salpica agua bendita sobre los difuntos y reza con los que dejaron atrás. Cuando los seres queridos de los muertos buscan su consuelo, no promete un alivio rápido. Les dice que el duelo es algo perpetuo.

Si amas a alguien, lo extrañarás toda tu vida, dice.