Atlas de la pandemia: cómo Sudáfrica ha evadido el desastre

trajo el virus con él.

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La noticia hizo sonar las alarmas. Los expertos advirtieron de una catástrofe sanitaria porque muchos de los 60 millones de habitantes del país viven en áreas urbanas densamente pobladas.

Pero este país tenía un arma secreta: profesionales de la salud que son veteranos de batallas de larga duración contra el VIH / SIDA y la tuberculosis resistente a los fármacos. Los líderes del país prestaron atención a su consejo sobre cómo manejar el nuevo coronavirus, y aunque ha habido altibajos, los peores escenarios no han ocurrido.

Sudáfrica impuso rápidamente uno de los confinamientos más estrictos el 27 de marzo, el día que registró su primera muerte por COVID-19. Cerraron las fábricas y los negocios, al igual que todo el comercio, excepto las tiendas de víveres y las farmacias. Las fronteras fueron cerradas. Se prohibió la venta de licor y cigarrillos. A todos se les ordenó quedarse en casa.

La cuarentena se diseñó para ganar tiempo. Los hospitales ampliaron sus unidades de cuidados intensivos, rápidamente fueron instalados hospitales de campaña en centros de convenciones y recintos deportivos, y los laboratorios médicos del país aumentaron su capacidad para procesar pruebas.

Cuando la pandemia comenzó, de entre los 54 países africanos, Sudáfrica era uno de los dos únicos que podía realizar pruebas para COVID-19. Los expertos dijeron que las pruebas y el rastreo ayudarían a contener el virus. Pero las pruebas se estancaron porque los suministros internacionales no llegaron. En un momento de mayo, hubo una espera de dos semanas para obtener los resultados de la prueba, lo que hizo que el rastreo de contactos fuera inútil.

La capacidad y velocidad de Sudáfrica para realizar pruebas mejoraron gradualmente. Para mediados de diciembre, el país había realizado más de 5,6 millones de pruebas y promediaba más de 23.000 por día.

En uno de los países más desiguales del mundo, los pobres de Sudáfrica fueron los más afectados por el confinamiento. El desempleo aumentó de un ya elevado 28% a más de 40%. Cyril Ramaphosa, el presidente sudafricano, respondió con un paquete de ayuda equivalente a 30.000 millones de dólares para asistir a los desempleados del país.

En junio, Sudáfrica comenzó a levantar la cuarentena con resultados predecibles.

En cuestión de semanas, aumentaron los casos de COVID-19. Al principio, la enfermedad se propagó con mayor rapidez en Ciudad del Cabo, posiblemente porque es un centro de turismo internacional ”casi la totalidad de los primeros cientos de casos del país se importaron de Europa. Pero después se apoderó de la ciudad más grande: Johanesburgo.

Sudáfrica alcanzó su primer pico a mediados de julio, cuando registró alrededor de 13.000 casos nuevos cada día. Después se redujo de manera abrupta a unos 1.000 casos diarios, junto con menos hospitalizaciones y muertes.

El gobierno reabrió la economía gradualmente, y, para noviembre, las empresas habían vuelto casi a la normalidad y el país se abrió de nuevo para los viajeros internacionales, a pesar de que el número de casos nuevos había comenzado a elevarse.

Los líderes de Sudáfrica sintieron que no tenían opción. Necesitaban reactivar la crucial industria turística del país. Según los pronósticos, la economía se contraerá en más del 7% porque la desaceleración causada por el COVID-19 se sumará a la recesión que Sudáfrica ya experimentaba.

Conforme se acerca del fin del año, el país lucha contra una nueva ola que Zweli Mkhize, ministro de salud, advirtió que podría ser peor que la primera y saturar algunos hospitales.

A mediados de diciembre, Sudáfrica había reportado 1.370 casos por cada 100.000 habitantes. El país representa más del 35% de todos los casos reportados en ífrica.

Superficialmente, la vida parece haber vuelto a la normalidad. Los trabajadores otra vez suben a taxis colectivos para desplazarse por caminos llenos de tráfico. Los mercados y centros comerciales están llenos de compradores. Algunas personas vuelven a socializar en bares.

Pero si se mira más de cerca, en las filas de los bancos, los supermercados y las oficinas de correos, las personas mantienen una distancia de 1.80 metros. Y entre las multitudes de la ciudad, prácticamente todos usan cubrebocas, incluidos los mendigos.