Atlas de la pandemia: India busca salvar vidas y su economía

India se encuentra entre dos calamidades: una pandemia implacable que devasta al país y una economía hundida que no tiene precedentes.

India se encuentra entre dos calamidades: una pandemia implacable que devasta al país y una economía hundida que no tiene precedentes.

Los restaurantes, los cines y las zonas comerciales dan pasos vacilantes en el accidentado camino del país hacia la recuperación, pero millones siguen sin empleo. Los mercados están repletos de gente y muchos compradores no usan cubrebocas. Los desempleados regresan lentamente a las ciudades en busca de trabajo y los hospitales están todavía llenos de pacientes con COVID-19.

Que India, el segundo país más poblado del mundo, tuviera una de las peores cifras de casos a nivel global, siempre fue una probabilidad. Es por eso que la respuesta inicial de India tuvo que ser grande, quizás incluso incomparable.

Sin embargo, la comunicación inicial del gobierno fue confusa y empañada por desinformación. Peor aún, los líderes del partido gobernante y los canales de noticias, que durante mucho tiempo han favorecido las políticas nacionalistas del primer ministro Narendra Modi, encontraron al villano perfecto: culparon a los musulmanes de propagar el virus, lo que provocó una avalancha de condena en línea, violencia física y discriminación.

Cuando Modi ordenó la cuarentena de la población total del país de más de 1.300 millones de personas el 24 de marzo, con apenas cuatro horas de anticipación, los nervios se exaltaron.

Al marcar el reloj la medianoche, la cuarentena de 21 días entró en vigor y eventualmente se extendió a 68 días. De pronto, se congeló un paisaje en expansión donde incontables millones de ciudadanos desamparados viven hacinados en zonas urbanas.

La cuarentena, una de las más estrictas del mundo, fue un cambio cultural sísmico en una nación que se jacta de sus vínculos comunitarios. Todos se pusieron en cuclillas.

Eso le dio tiempo al gobierno de India, que inicialmente desperdició semanas. Entonces, reunió más recursos para detener al virus. Trenes, hoteles y salones de banquetes fueron convertidos en instalaciones médicas improvisadas. La industria de la confección comenzó a coser cubrebocas y equipo de protección personal. Las fábricas de productos químicos produjeron desinfectantes generales y para manos.

Pero el abrupto confinamiento de Modi tomó por sorpresa a la enorme población de trabajadores migrantes de India. Decenas de millones quedaron varados en grandes ciudades, sin trabajo, comida ni refugio.

Con temor a morir de hambre, familias enteras empacaron sus ollas, sartenes y mantas en mochilas, y con niños en los brazos, comenzaron a caminar a su hogar por las carreteras. Fue una de las migraciones más grandes en la historia moderna de India. Más de cien personas murieron de hambre, golpes de calor y accidentes.

La migración también llevó al nuevo coronavirus hasta el último rincón de India.

Pero el confinamiento alentó la propagación del virus, cuando menos al principio. Mientras los hospitales de los Estados Unidos y Europa estaban saturados, los casos en India aumentaron a un ritmo lento.

No obstante, en mayo y junio esos casos comenzaron a incrementarse gradualmente, y la megaciudad Mumbai y la capital Nueva Delhi sufrieron lo peor. Las desigualdades sociales comenzaron a hacerse evidentes. Y para julio y agosto, cuando el país se había abierto en su mayor parte, el brote del nuevo virus fue el de más rápido crecimiento en el mundo y las infecciones se dispararon a través de sus densos barrios marginales y zonas urbanas.

El número de casos detectados alcanzó su punto máximo en septiembre, con casi 100.000 al día, y el sistema de salud del país, con un financiamiento débil, luchó por mantener el paso.

Las infecciones nuevas han disminuido en todo el país desde entonces, pero a medida que aumentan los niveles de contaminación del aire y el invierno se cierne después de una temporada festiva que generó temores del resurgimiento del virus, el aumento más reciente llega a la cima en Delhi, donde las salas de cuidados intensivos están al límite.

Para mediados de diciembre, India había reportado 27.01 casos por cada 100.000 habitantes.

La crisis más reciente ha subrayado lo que los médicos han advertido durante semanas: tal vez no haya terminado.

Un lado positivo: India es sede de algunos de los fabricantes de vacunas más grandes del mundo, y hay cinco candidatos a vacuna en diferentes fases de prueba en India, aunque los retos persisten. Las instalaciones de la cadena de enfriamiento que se utilizan para mantener las vacunas refrigeradas constantemente, que administra el estado, no serán adecuadas para el enorme desafío de implementar una vacuna contra la COVID-19.