Aviones, un suplicio para tenistas en la era del coronavirus

Jack Stoke tiene una sugerencia para los tenistas a los que no les gusta viajar en avión: Que lleven un traje para cuidadores de abejas, que los cubra de pies a cabeza.

Jack Stoke tiene una sugerencia para los tenistas a los que no les gusta viajar en avión: Que lleven un traje para cuidadores de abejas, que los cubra de pies a cabeza.

El estadounidense bromeaba. Pero la preocupación de deportistas trotamundos como los tenistas con el COVID-19 no es chiste. Si no viajan, no cobran.

La industria aeronáutica registró una baja del 85% respecto a hace un año, según estadísticas del sector. Los tenistas, sin embargo, no pueden darse el lujo de jugar desde sus casas. No hay partidos por Zoom.

Son testigos involuntarios de cómo la pandemia del coronavirus causa estragos en las aerolíneas. Ya se reanudaron los torneos y ellos se ven recorriendo aeropuertos casi vacíos, preocupándose por los sistemas de filtración del aire en los aviones y por evitar el contacto con otros. Los que no son lo suficientemente ricos como para desplazarse en aviones privados, dicen que los vuelos son ahora una pesadilla de gels, distanciamiento social y estrés, detrás de un tapabocas.

Asombroso y extraño. Así es como Sock, quien está compitiendo en el Abierto de Francia, describió su reciente escala en el aeropuerto John F. Kennedy de Nueva York. La enorme terminal tuvo un promedio de 5 millones de pasajeros por mes en el 2019. Pero en julio hubo solo 636.883 pasajeros, un 89% menos que en el mismo mes hace un año, de acuerdo con las cifras más recientes de la Autoridad Portuaria de Nueva York.

No había ningún negocio abierto. Conté tal vez 20 personas en el aeropuerto, declaró Sock tras ganar su partido de la primera ronda. Fue extraño... Una de las ciudades más grandes del mundo.

Los tenistas deben demostrar que no se han contagiado para ser admitidos en torneos como el Abierto Francés. Sus pruebas no solo deben dar negativo, sino que no pueden haber tenido contacto con gente que dio positivo. En París viven en una burbuja: Se alojan todos en dos hoteles y son transportados en vehículos desinfectados. Pero afuera de esa burbuja, sobre todo cuando vuelan, evitar el contacto con otros no es fácil.

Pensé en conseguirme un traje de colmenero, dijo Stock entre risas. El estadounidense, no obstante, se toma muy en serio el virus. Llevo desinfectante de manos conmigo. Uso en todo momento tapabocas. Despacho mi equipaje lo más rápido posible y paso por los controles de seguridad también lo más rápido posible. Trato de evitar todo contacto con la gente, explicó.

Obviamente, estás en un espacio cerrado. No hay garantías. Toco madera, todo ha salido bien hasta ahora. Di negativo 95.000 veces en los últimos meses.

La neoyorquina Kristie Ahn, quien figura 102 en el ránking femenino, dijo que en su vuelo a París no había mucha gente. Los asientos del medio estaban desocupados y los asistentes de vuelo se aseguraron de que todo el mundo tenía tapabocas suministrado por la aerolínea.

De todos modos, trató de evitar el contacto con otros. Tenía la nariz cubierta todo el tiempo, me desinfectaba las manos, no me tocaba la cara.

Es muy estresante viajar. Hago todo lo posible para estar a salvo y no representar un peligro para los demás, expresó. Pero es una responsabilidad compartida: Los demás también deben cuidarse, y a veces no lo hacen. Eso es muy frustrante.

Petra Kvitova, bicampeona de Wimbledon, viajó en un jet privado a París.

Es mucho más seguro, declaró.

Zhang Shuai, quien ganó también su partido de la primera ronda, contó que de niña en China, soñaba con conocer el mundo y viajar en avión. Pero eso ha cambiado. Ya no me gusta, sobre todo los viajes largos.

Dice que le preocupa el contagio en los aviones y que se siente más segura cuando veo que todos llevan tapabocas.

Hay quienes odian viajar en avión, con pandemia o sin ella.

Detesto hacerlo, dijo Barbara Haas, una australiana que perdió en la primera ronda. Lo mejor del confinamiento fue que no tuve que subirme a un avión.