Varados 3 meses en Malvinas, pesquero los lleva a N. Zelanda

Una pareja neozelandesa que estaba de luna de miel y quedó varada en las islas Malvinas (Falkland para los ingleses) en marzo por el coronavirus pudo volver finalmente a casa tras un azaroso viaje de...

Una pareja neozelandesa que estaba de luna de miel y quedó varada en las islas Malvinas (Falkland para los ingleses) en marzo por el coronavirus pudo volver finalmente a casa tras un azaroso viaje de 5.000 millas náuticas (9.200 kilómetros) por mar en un barco que pescaba en la Antártida.

Feeonaa Clifton dijo que nunca había pasado una noche en un barco cuando ella y su marido Neville iniciaron un recorrido de un mes por algunas de las aguas más agitadas del mundo. Después de varias semanas en las que observaron albatros y aprendieron a usar equipo salvavidas, pisaron nuevamente tierra el martes.

Su aventura comenzó el 29 de febrero, cuando se casaron en su casa de Auckland. Llevaban 25 años juntos y tenían tres hijos, pero Feeonaa, una artista de 48 años, decía que no creía en el concepto del matrimonio.

Llegó un día en el que nos dimos cuenta de que siempre celebramos el estar juntos, tal vez no delante de la familia y los amigos, expresó. Y decidimos dar el paso. En ese momento nos pareció lo indicado.

La idea era pasar dos semanas de luna de miel en las Malvinas, donde nació Neville, un ingeniero de comunicaciones de 59 años que de pequeño se fue de las islas. Luego pensaban recorrer América del Sur por un mes.

Llegaron a las Malvinas el 7 de marzo, cuando la pandemia ya causaba estragos. Su vuelo a Brasil fue cancelado y terminaron quedándose 12 semanas en la casa de una anciana tía de Neville.

Las Malvinas tienen unos 3.000 habitantes y se encuentran 500 kilómetros (300 millas) al este de Argentina en el Atlántico Sur. Se reportaron 13 casos de coronavirus y todos los contagiados se recuperaron.

Sin mucho que hacer, los recién casados emprendieron largas caminatas, escalaron toda colina que encontraron y admiraron el accidentado terreno casi sin árboles. El contacto con otras personas era mínimo y por momentos sintieron que vivían una realidad alternativa.

No había muchas opciones realistas de regresar a Nueva Zelanda. Los únicos vuelos eran por rutas muy complicadas a través de Gran Bretaña o ífrica, con el peligro de tener que sobrellevar prolongadas cuarentenas en el camino.

Hasta que se enteraron de que había un barco que se aprestaba a llevar las capturas y la tripulación de otro barco pesquero que había pasado un mes en aguas vecinas.

Su capitán Shane Cottle dijo que en un primer momento no le convenció demasiado la idea de llevar a la pareja junto con 14 tripulantes en su barco San Aotea II, de 38 metros (125 pies).

No sabía si soportarían ese viaje, dijo Cottle. Enfilamos hacia el sur, rodeando el Cabo de Hornos y cruzando parte el océano que llamamos el Centro de la Tierra. No hay nada por allí y es imposible conseguir atención médica.

Cottle dijo que la pareja resultó ser encantadora y que, tras un par de días de náuseas, fueron marinos perfectos. Agregó que el viaje transcurrió sin problemas, sin que se tropezasen con grandes tormentas o icebergs, como sucede a menudo.

Clifton dijo que el mar parecía inacabable y que a menudo no los dejaban salir a cubierta porque era demasiado peligroso.

Nuestro principal objetivo era caminar un poco sin lastimarnos, comentó.

Poco a poco la pareja estableció una rutina. Hacían ejercicios todos los días aprovechando el peso de sus cuerpos en espacios reducidos. Trabajaron un poco. Jugaron a las cartas. Vieron películas usando discos duros compartidos y conversaron con los tripulantes. Trataron de ayudar en lo que pudiesen y procuraron no molestar.

Vieron delfines, albatros que los seguían y dicen que algunos tripulantes aseguraron haber visto ballenas a la distancia. Comían generosas porciones de cordero, carne de cerdo y de res junto con la tripulación y Clifton dijo que se alegró cuando le dieron frutas frescas, pan neozelandés y la pasta untable Marmite.

Agregó que dormían en literas, no en hamacas románticas.

Eran sorpresivamente cómodas, expresó. Voy a extrañar esa sensación de estar en el medio del océano, de dormirte con el arrullo del mar, como los bebés.

La luna de miel no fue lo que esperaban, pero de todos modos fue hermosa en muchos sentidos.

Pasamos una cantidad de tiempo juntos, comentó. Las restricciones fueron frustrantes por momentos, pero también abrieron nuevas posibilidades en nuestras vidas.

Llegaron al puerto de Timaru y dijeron que regresar a Auckland les tomará algunos días. Clifton señaló que lo primero que hará será abrazar a sus hijos y tomarse una copa de espumante para celebrar el regreso a casa.