Vidas perdidas: Venezolana soñaba con una vida mejor en Perú

embarcándose en una nueva vida en el extranjero al igual que los otros millones de venezolanos que huían de la crisis en su país en los últimos años.

embarcándose en una nueva vida en el extranjero al igual que los otros millones de venezolanos que huían de la crisis en su país en los últimos años.

Aquí en el país, uno ya no puede vivir, asegura su madre. Estamos sobreviviendo.

La pareja se estableció en Arequipa, una ciudad colonial rodeada de cuatro volcanes. El dinero que ganaba en distintos trabajos no era mucho, pero sí suficiente para que sus padres compraran pasta, arroz y ocasionalmente pollo. Pero vivir en un país extranjero significaba soledad. Pidió que sus hermanos se fueran con ella.

Un año después, sus dos hermanos mayores tomaron el autobús hacia Perú.

Los tres hermanos, y su sobrino de 6 años, rentaron un apartamento de dos recámaras en la capital, Lima. Castillo trabajaba seis días a la semana vendiendo máquinas de coser. La vida era difícil, pero al menos estaban juntos, señalaban. Cada 15 días los hermanos se alternaban para enviarles dinero a sus padres.

Los domingos, su día de descanso, su hermana cocinaba pabellón, un platillo venezolano de estofado de res acompañado de arroz y frijoles. Después, salían a explorar Lima, visitaban el zoológico, los parques e iban a la playa, sentándose a orillas de la helada agua azul oscuro, muy distinta a las cálidas playas de color turquesa que visitaban en Venezuela.

A principios de este año, Castillo decidió visitar a su novio en Arequipa. Mientras estaba ahí, el presidente Martín Vizcarra ordenó una cuarentena nacional. Se cancelaron todos los viajes locales. En sus llamadas telefónicas, les suplicaba a sus hermanos que permanecieran confinados y prometió hacer lo mismo. Al hablar con su madre, expresaba su frustración de seguir en Perú. Quería volver a Venezuela, poner un negocio, comprar nuevos muebles para la casa de sus padres y llevarlos a la playa.

Apenas pase la cuarentena, me voy, recordó su madre.

A mediados de mayo, le llamó preocupada a su hermana. Padecía de una incesante fiebre y una tos rasposa. Tal vez era chikungunya, el virus transmitido por la picadura de un mosquito y que comparte algunos de los síntomas del coronavirus, se convenció.

Sus familiares temían que fuera lo peor. Le pidieron que visitara a un doctor.

La última fotografía que recibió la madre de Castillo mostraba a su hija sentada dentro del hospital Honorio Delgado, con una mascarilla de oxígeno.

No hablaba casi, recuerda Arroyo.

A pesar de no tener problemas de salud previos, su estado se deterioró. Los doctores llamaban diariamente a su novio para pedirle costosos medicamentos. Amigos y familiares en todo el continente montaron una campaña en redes sociales para recaudar fondos. Milagrosamente, lograron juntar apenas lo suficiente para comprar lo que necesitaba.

Era una chica joven, una mujer fuerte, muy valiente, señala Emilio Cañizalez, un amigo. Creo que la pudieron salvar.

Su fallecimiento el 17 de julio desató dolor y enojo. Su madre está molesta con el gobierno al que responsabiliza por la decisión de su hija de migrar a Perú. Sus amigos están enojados con los líderes de oposición a los que contactaron para exponer el caso de Castillo pero que no hicieron nada por ayudarla. Todos están molestos por la manera en que terminó la historia de Castillo.

Me marcó, asegura Cañizalez. Ya no creo en nadie.

Por ahora, sus cenizas descansan en una pequeña caja de madera en Arequipa.

Algún día, cuando la pandemia haya quedado atrás, su hermana las llevará de regreso a Venezuela.