Pierre MOLINIER 1900-1976 - Sur le pavois, planche 26 du Chaman, c. 1968
Uno de los fotomontajes que Pierre Molinier preparó para el libro ´El chamán y sus criaturas´ © Pierre Molinier - Courtesy Richard Saltoun Gallery

Optó por vivir "en la dionisíaca confusión del caos de un universo orgiástico en el que se mezclaban los sexos y se confundían los géneros". Así resume, con precisión y en corto, al artista francés Pierre Molinier (1900-1976) un ensayo crítico-biográfico firmado por José Miguel G. Cortés. Andrógino, pionero del body art, la fotografía sadomasoquista y el juego de las simulaciones, a Molinier le preguntaron en una ocasión si era homosexual. La respuesta dejó clara su intención de rehusar la diferencia: "Je Suis Lesbiene", donde modifica leve pero suficientemente la palabra francesa para lesbiana (lesbienne). Quizá "soy lesbiano" podría servir como apresurada traducción.

The Temptations of Pierre Molinier (Las tentaciones de Pierre Molinier), una de las exposiciones que con ritmo lento pero inacabable recuerdan a este rey/reina de la heterodoxia, vuelven a traer a primer plano la obra artística de un creador arrebatado e imparable que, en un tiempo de estigmas y persecuciones, sobrevoló el mundo con una terca libertad. "Todos mis actos y mis acciones han surgido de amor o el erotismo, como prefieras llamarlo", escribió en Le chaman et ses créatures (El chamán y sus criaturas, un libro póstumo que combinaba su obra fotográfica y plástica con, no es casualidad, la del encendido William Blake, que también arañó el fuego y murió arruinado).

'Si fuera impotente, me mataría'

Como su padre antes que él —era pintor de brocha gorda y la madre, costurera—, Molinier se pegó un tiro en la boca y se suicidó en 1976 en la misma ciudad en la que vivió casi toda la vida, Burdeos. Aunque había gozado de cierta fama en vida al encandilar a los surrealistas —jóvenes burgueses que predicaban la disipación pero la reducían a burdeles y absenta—, sentía que la salud le abandonaba y le alejaba del gozo de los placeres. Cuando era joven había declarado: "Si fuera impotente, me mataría".

Le importaban una mierda la gloria y los honores. Es inútil rezar por él Quizá era el caso, pero la decisión de dar el portazo en forma de bala en la boca y frente a un gran espejo extraño a pocos amigos del artista. Todos sabían que vivía rodeado de pistolas, muñecas y basura, encerrado y sin salir de un apartamento durante años. También sabían que había preparado tiempo atrás la lápida y redactado el epitafio. No podía consentir que otro ejerciera ese placer prematuro pero último. "'Aquí yace Pierre Molinier (...) Fue un hombre sin moral. Le importaban una mierda la gloria y los honores. Es inútil rezar por él", decía.

Blasfemo y procaz

La muestra de más de medio centenar de fotos y dibujos The Temptations of Pierre Molinier que se exhibe ahora en Londres —hasta el 2 de octubre en la galería Richard Saltoun— pertenecen a la obra del marginado y ninguneado artista que era demasiado procaz, nihilista, blasfemo y subversivo para entrar en los círculos y las tribus. Convencido de que tenía necesidad de buscarse en la remodelación, se vestía de muñeca para autorretratos travestidos donde lo sexual es un camino de encuentro consigo mismo, en ocasiones con cierto humor macabro —el gélido gesto de los maniquíes, la rosa colocada en el ano...— y en otras con delicadeza.

Tenía relaciones sexuales con las muñecas que retrataba Excesivo y autosuficiente, quería ser riguroso sin abandonar la experimentación: preparaba pigmentos de revelado en los que mezclaba su esperma, tenía relaciones sexuales con las muñecas que retrataba, cosía y hacía arreglos a mano en las prendas interiores femeninas que utilizaba para travestirse, en ocasiones como dominatrix, en otras como inocente discípula. En las obras que dejó preparadas para El chamán y sus criaturas era Dios y Satanás, multiplicaba su cuerpo mediante fotomontajes y manipulaba las señales de género sexual para que nada fuese claro.

Camufló la muerte como 'obra de arte'

Precursor de la fotografía homosexual del venerado Robert Mapplethorpe, que murió demasiado pronto pero siendo millonario, y de los cándidos juegos de máscaras de Cindy Sherman, que no ha muerto pero también es millonaria, acaso Molinier no fuera una persona feliz y una grieta hondara su ánimo, pero, como cuenta Cortés, hizo arte hasta el final. "La muerte (...) fue un trabajo de precisión e inocencia, ejecutada con la intensidad y la seriedad de un juego de niños (...) Construyó su muerte y la camufló como si fuera una "obra de arte". Su sonrisa fue un signo irrefutable: fue el perverso brillo de la infancia".