Salt Lake: Personas sin casa participan en clases de tai chi

En una mañana tranquila frente a una biblioteca de Salt Lake City, unas 70 personas tiran patadas que cortan el aire durante una práctica del ancestral arte marcial del tai chi.

En una mañana tranquila frente a una biblioteca de Salt Lake City, unas 70 personas tiran patadas que cortan el aire durante una práctica del ancestral arte marcial del tai chi.

El grupo se mueve de manera uniforme: un ejército silencioso que permite escuchar el ruido de una cascada artificial y del viento entre las briznas de pasto.

Un hombre de larga barba gris y una manta andrajosa sobre los hombros se balancea sobre la pierna derecha. Una mujer descalza con jeans gastados hace los ejercicios mientras un pequeño perro corre entre sus piernas.

No era una clase bien entrenada de entusiastas de la salud con zapatillas deportivas nuevas ni costosas mallas. Muchos participantes son personas sin hogar.

En esta clase, el enfoque tiene que ver menos con el dominio de los ejercicios y más con la creación de una comunidad para indigentes. Las personas aseguran que la clase les quita tensión y los alienta a levantarse en la mañana, cumplir una rutina y hacer amigos.

El programa gratuito es dirigido por una pareja de jubilados que comenzaron las clases hace tres años, acercándose a personas sin hogar que viven en carpas o empujan carritos de compras cerca de la Biblioteca Pública de Salt Lake a fin de alentarlos a integrarse.

Bernie y Marita Hart tuvieron un participante en su primera clase. Ahora, más de 50 personas asisten en forma regular al tai chi cinco días a la semana frente a la biblioteca y el parque Pioneer, en el centro de la ciudad, donde se congregan muchas personas que viven en la calle.

Bernie Hart, dueño retirado de un taller de máquinas, dijo que el tai chi le parece una manera cómoda de relajarse, practicar equilibrio y tener control motriz cuando le entra la ansiedad antes de esquiar. Cree que estos ejercicios podrían ayudar a otros a encontrar estabilidad en sus vidas.

Las personas se reúnen en la biblioteca una hora antes del inicio de la clase, los amigos se abrazan y conversan sobre su semana.

Los Hart llegan con café y solicitan al grupo dispersarse y hacer ejercicios de estiramiento.

David Christopher Coons, de 54 años, se agrega a la plaza con un puro en medio de los dientes. Dice a todos buenos días y hace su rutina de estiramiento.

Coons, que no tiene casa, asiste desde hace tres años, y a menudo encabeza la clase al lado de los Hart.