Norma Ramírez
La mujer guatemalteca, con dos de sus hijas. ARCHIVO

Norma Ramírez tenía diecinueve años cuando su padre le dijo: "Ya no te podemos dar comida". Fueron, quizá, las palabras más sobrecogedoras que esta joven guatemalteca tuvo que escuchar de un padre abatido y sumido en la pobreza extrema. Sin estudios y con una bolsa de ropa en mano, Ramírez se despidió en julio de 1999 de sus progenitores y emprendió el sendero hacia el norte, hacia Estados Unidos. Ahora, años después, será una de las inmigrantes que podrán salir de las sombras con las nuevas medidas ordenadas por Obama.

Apréndanse el himno nacional algunas palabras mexicanasSola y sin dinero, Norma llegó a Tapachula, en el estado mexicano de Chiapas, donde trabajó a destajo durante un año para ahorrar 3,000 pesos. Con este modesto capital pagó a dos desconocidos para que la llevaran a la frontera entre México y Estados Unidos. Invocando la ayuda celestial y la protección de Dios, Ramírez y su acompañante, Elvira, se subieron a la parte trasera del furgón. Respaldadas por una fe ciega, pensaron que ahora estaban más cerca de lograr su sueño.

"No fue así", dice. "Todo fue mentira", recuerda Norma, entrevistada por teléfono. Al llegar a Veracruz, las bajaron del furgón y las dejaron abandonadas en una tierra cuyos caminos y recodos no conocían. Sin dinero en los bolsillos, convencieron a un conductor de autobús para que las llevara hasta Nogales, ciudad fronteriza a un paso del codiciado santuario estadounidense.

"Apréndanse el himno nacional mexicano, cámbiense la falda por unos pantalones y aprendan algunas palabras mexicanas", les recomendó el conductor.

"Son unas agujetas"

Tres horas después, Ramírez entendería el por qué de estas palabras. Al llegar a uno de los numerosos retenes del largo recorrido, un policía mexicano le pidió que bajara del autobús. Fue la única que tuvo que hacerlo.

En México es difícil encontrar trabajo porque piden muchos papeles"¿Cómo se llama esto?" le preguntó el oficial mientras apuntaba hacia los cordones del zapato.

"Son unas agujetas", contestó la guatemalteca mientras el policía escaneaba de arriba abajo cada movimiento de la joven. El señor, inconforme aún con la respuesta de Ramírez, le exigió que recitara el himno mexicano. A ella se le hizo un nudo en la garganta.

"Yo vengo de un rancho y nunca estudié. Nunca me aprendí el himno", se excusó una muchacha que, en ese momento, presenció cómo su futuro se desvanecía ante sus ojos humedecidos. Consciente de que su travesía mexicana estaba a punto de concluir, pensó "no pueder ser...todo lo que he batallado para que ahora me echen para atrás". Algo, sin embargo, cambió el parecer del policía. Con un gesto de desdén, miró a la migrante a los ojos y le dijo "por esta vez, la voy a creer".

Horas más tarde los pies de Ramírez descendían del autobús en Nogales, Sonora. Los edificios de Phoenix aún no se percibían sobre el horizonte desde territorio mexicano. Pero ella sabía que al otro lado de la invisible línea divisoria, a tan solo 300 kilómetros de allí, los que lograban llegar con vida "vivían mejor".

Durante una semana, "una pareja de mexicanos nos dio posada", relata Ramírez. "Nos dieron una cobija porque hacía mucho frío", prosigue. Elvira y ella, a cambio, limpiaban la casa y preparaban cócteles de fruta. Llegó entonces el momento de retomar el sendero hacia el norte.

"En México es difícil encontrar trabajo porque piden muchos papeles", comenta Ramírez. Sin embargo, una Elvira conforme con la vida en tierras mexicanas, decidió quedarse. Las dos amigas se despidieron con un emotivo abrazo.

La travesía por el desierto

Eran las cuatro de la tarde cuando, con un anciano al volante, Ramírez y un grupo de tres hombres y dos mujeres hondureños partieron en camioneta hacia un pueblecito cercano. Al llegar, les esperaba otro señor que les condujo hasta una casa abandonada.

Norma se deshizo de los tenis y prosiguió descalza. Horas después, se le cayeron las uñas de los pies"Pónganse dos pantalones, doble calcetín y agarren dos galones de agua", dijo el desconocido. "Van a caminar mucho".

Ramírez apenas tuvo tiempo para ponerse un suéter, calcetines y agarrar un galón de agua. Anticipándose al peligro que se avecinaba, comenzó a llorar y trató de desandar los pasos que la habían conducido hasta este lugar. Pero una de las acompañantes la tomó del brazo, la miró a los ojos y le dijo "Ya no hay regreso atrás". A la joven guatemalteca se le encogió el corazón.

Cuando comenzaron las primeras pisadas por una zona montañosa, el sol estaba ya ocultándose por detrás de la línea del horizonte. La luz de la luna iluminaba el firmamento sobre ellos mientras los pies de los migrantes recorrían sin descanso las subidas y bajadas del camino. Caminaron toda la noche, abriéndose paso por una oscuridad que por momentos se tornaba tenebrosa. Al amanecer, los pies cansados e hinchados de Ramírez dijeron basta. Se deshizo rápidamente de los tenis y prosiguió su andadura descalza. Horas después, se le cayeron las uñas de los pies.

Muertos en el camino

El tercer día de travesía no quedaba agua ni alimento. Con el cuerpo endeble y el espíritu apagado, vislumbraron unas charcas donde las vacas bebían agua y de las que echaron mano para mitigar la sed. El agua estaba estancada y era verdosa.

A escondidas lloraba y me acordaba de mis padres e hijos, pero ante otros me hacía la fuerteA un lado del sendero silvestre, Ramírez oteó la huella de la muerte. Los cadáveres putrefactos de dos jóvenes yacían aún con la ropa puesta sobre la arena y piedras. Unos cuerpos ya irreconocibles cuyos familiares jamás sabrán si alcanzaron su destino. Fue en este lugar donde muchos se despiden de la vida, donde la joven se reencontró con la motivación renovada para seguir hacia el norte.

La sed, el hambre y la fatiga iban haciendo mella en la moral y en los cuerpos de unos migrantes cada vez más consumidos. Finalmente, con el descenso del sol, hicieron una parada de media hora, la primera en esta travesía fronteriza. Todos menos Ramírez se recostaron y cerraron los ojos para recuperar el aliento. Ella, sin embargo, se sentó sobre el sendero, sopesando su futuro incierto y el camino que aún se abría ante ella.

"Es muy triste y doloroso", asegura. "A escondidas lloraba y me acordaba de mis padres e hijos, pero ante otros me hacía la fuerte".  "Tengo que llegar, y tengo que llegar a un lugar seguro donde encuentre un trabajo", se repetía la joven.

Al amanecer llegaron a una casa abandonada donde se cambiaron de ropa. "Había arañas, serpientes y otros animales", relata Ramírez. "Había un fuerte olor a podrido porque allí se moría la gente".

Una hora estuvieron ocultos en estas cuatro paredes antes de reiniciar su recorrido y ver cómo la nieve gélida les calaba sus cuerpos desvalidos. "No sentía ni los labios, ni los pies ni las piernas", comenta.

Aún tuvieron que pasar por una segunda casa donde no encontraron ni el alimento ni el agua que se les había prometido. Y por fin, frente a ellos, se elevó una alambrada metálica que se hacía interminable, y que saltaron antes de poner los pies en una carretera.

Permanecieron agazapados en una cuneta hasta que surgió del horizonte lejano una camioneta con la parte trasera cubierta con una lona azul. "¡Súbanse rápido!" dijo uno de los hombres. "A mí me lanzaron entre dos hombres porque no tenía fuerzas para saltar", relata Ramírez. Dos horas más tarde, el cemento y los edificios del paisaje de Phoenix aparecieron ante los ojos de los migrantes, que permanecían conmocionados por la sobrecogedora travesía que acaban de protagonizar.

Ramírez descendió del vehículo con una mochila y dos bolsas de una tienda de alimentos. "Actúe con normalidad y diríjase al cuarto de hotel", le dijeron. Una vez dentro de la habitación, todos los migrantes lograron localizar a sus familiares que viven en distintas ciudades de Estados Unidos. Pero Ramírez estaba sola y no tenía quién respondiera por ella.  "Caminaste mucho, no te cargaron y te mereces quedarte aquí", le dijeron los hombres. La joven guatemalteca aún se pregunta qué motivó a estos hombres a que le echaran una última mano porque todo hacía apuntar que no sería así.

Ayuda en una iglesia

Cuando Ramírez llegó al patio de la iglesia, sus pies hinchados no paraban de sangrar. Pidió ayuda a varios feligreses y, enseguida, un anciano guatemalteco salió a socorrerla, abriéndole las puertas de su hogar durante un año.

Vendimos todo lo que teníamos en Guatemala para pagar al abogado y la fianza"Lo primero que probé fue el pozole", dice una joven que, contra pronóstico, acababa de batir en ese invierno del año 2000 las fatídicas estadísticas de migrantes que se aventuran hacia el norte y que se dejan la vida por el camino.

Dos semanas después, Edi García-Armas, el novio de la joven, salió victorioso del mismo recorrido, reuniéndose con ella en una de las ciudades más antiinmigrantes de Estados Unidos y que se ha convertido en su hogar durante los últimos catorce años.

"Todos los que venimos aquí sufrimos mucho en nuestros países y en éste", dice Ramírez mientras aclara que un día "a Edi le detuvo la policía y le metieron en la cárcel seis meses por estar indocumentado".

Constructor él y niñera ella, apenas ganaban lo suficiente para alimentar a los tres hijos (José, Leslie y Alondra García-Armas) que la pareja tuvo en Estados Unidos. Y ahora, con el proveedor de la familia entre rejas y con una orden de deportación pendiente, Ramírez llamó a sus padres para pedirles dinero. "Vendimos todo lo que teníamos en Guatemala para pagar al abogado y la fianza". 9.000 dólares desaparecieron de un plumazo. Fue una de las épocas más angustiosas para esta madre que se vio obligada a racionar una docena de huevos al día para alimentar a sus pequeños. "A veces la iglesia nos enviaba una cesta de pan una vez al mes", comenta.

Amenazados por la deportación

Sin permiso de trabajo, sin visado y sin un número de la seguridad social, la vida en Estados Unidos ha sido ardua para Ramírez y su pareja. También para sus tres hijos estadounidenses, quienes han vivido bajo la amenaza constante del arresto y la deportación de sus padres indocumentados. "Es importante que se sepa lo mucho que sufrimos", dice una madre que, a sus 33 años, se encomienda día y noche al mandatario más poderoso del planeta para que ponga fin a su desconsuelo migratorio.

Le pido al Señor Obama que nos dé la residencia para poder ir a ver a mis familiares allá"Le pido al Señor Obama que nos dé la residencia para poder ir a ver a mis familiares allá".

Durante los últimos catorce años, no ha habido un día en que esta madre no recuerde a Liliana, Levi y Edi García-Armas, los tres hijos que dejó bajo la tutela de sus padres en Guatemala y que han crecido alejados de sus otros tres hermanos estadounidenses. "Estamos divididos por no tener papeles", se lamenta.

Desde hace unas horas, sin embargo, la esperanza vuelve a brillar en los ojos color café de una migrante que está más cerca de ver su mayor deseo cumplido: "tener a todos mis hijos juntos". Ramírez y su novio son parte de los más de cuatro millones de indocumentados que podrán regularizar su estancia en el país tras la orden ejecutiva anunciada la noche de este jueves por Obama. La decisión del mandatario es ya la medida ejecutiva de mayor trascendencia del programa migratorio estadounidense ya que superará en número a los más de tres millones de migrantes que regularizaron su estancia hace tres décadas.

A partir del año que viene, Ramírez y García-Armas tendrán acceso a un permiso de trabajo y evitarán la deportación. Sin embargo, la falta de una reforma migratoria integral hará que la medida ejecutiva del afroamericano pueda ser revocada por su sucesor en el despacho oval. Aunque la pareja no tendrá acceso a la ciudadanía, de momento, estos padres de seis hijos están ahora convencidos de que su sombría travesía hacia el norte mereció la pena.

"Estoy muy feliz porque pronto veré a mis hijos", afirma la guatemalteca.