Ray Lambert esperaba su equipaje en el aeropuerto internacional de Raleigh-Durham, en Carolina del Norte, cuando una mujer se le acercó y la preguntó si le podía dar un beso. Claro que sí, respondió el combatiente de la Segunda Guerra Mundial.

“Fue el beso número 1.456 que recibí esta semana”, le dijo Lambert a Darrell Simpkins, su amigo, médico personal y compañero de viaje.

No exageraba demasiado.

Este anciano de Seven Lakes, Carolina del Norte, acababa de regresar de una visita de una semana a Normandía. Hacía 75 años, como médico del 2do batallón de infantería del ejército estadounidense, Lambert había formado parte de la primera ola de soldados que pisaron esa playa francesa en el Día D.

Con sus 98 años, se sentía agotado tras participar en una ola de discursos, cenas, selfies, besos y brindis para conmemorar el aniversario. Pero quedan vivos tan pocos soldados que liberaron Francia y buena parte de Europa que Lambert se siente obligado a representar a los que se fueron.

“Hice lo que me correspondía”, escribió en “Cada hombre un héroe” (Every Man A Hero), su primer libro, publicado semanas antes del aniversario. “Como médico soldado, mi trabajo era salvar gente y dirigir a otros que hacían lo mismo. Me sentí y me sigo sintiendo orgulloso. Pero siempre fui un hombre común, alguien al que no le gusta estar al frente de un desfile”.

“Mi misión ahora es recordar”.

Donde sea que vaya, Lambert luce su gorra morada con las palabras “Sobreviviente del Día D” escritas con letras doradas. Y donde sea que va, es aclamado.

Cuando la gente se enteró de quién era poco antes de abordar el vuelo a Francia, todo el mundo lo ovacionó. Y el personal de Delta lo sentó en la primera clase.

En su primer día completo en Francia visitó una escuela primaria. Los chicos le hicieron muchas preguntas. ¿Qué comían los soldados? ¿Le dolió mucho cuando fue herido? ¿Tuvo miedo de morir?

“Cuando estás en combate, no piensas demasiado en la muerte”, dijo Lambert. “Estábamos seguros de que éramos los chicos buenos de la película, que peleábamos contra una fuerza maléfica”.

Un niño le preguntó si tenía pesadillas relacionadas con Normandía. Sueña despierto cuando observa la playa, le respondió.

“Cuando observo el Canal (de la Mancha) y el agua está agitada, a veces siento que escucho voces”, indicó.

Posteriormente recibió besos de maestros y padres, galletitas y un brazalete de la amistad de los niños.

Siguieron entrevistas televisivas y presentaciones a lo largo de varios días. Incluida una visita a un museo de Colleville-sur-Mer, que exhibe desde hace 30 años una muestra sobre la guerra de Pierre-Louis Gosselin. Lambert le entregó a Gosselin una medalla nombrándolo miembro honorario de la 1ra División y luego recorrió con él el museo.

Adentro había un pedazo de un metal oxidado. Era la rampa de un Higgins, una barcaza de desembarco como la que casi lo mató hacía 75 años.

Lambert trataba de ayudar a un soldado que se había enredado con unos cables cuando una barcaza bajó su rampa y los aplastó. Lambert le pidió a Dios que le “diese la oportunidad de salvar a otra persona”.

La rampa se levantó y los dos lograron llegar a la playa. Lambert se desmayó. Se despertó en un barco que lo llevaba a Inglaterra. Se había quebrado dos vértebras. Sus días como soldado habían quedado atrás.

El día del aniversario, Lambert fue sentado en primera fila en el palco principal, detrás del presidente Donald Trump. En medio del discurso de Trump, el ex sargento escuchó su nombre.

“Ray tenía solo 23 años, pero ya había ganado tres Corazones Morados y dos Estrellas de Plata por su servicio en el norte de África y en Sicilia”, dijo el mandatario. Eso fue antes de Normandía.

“Una y otra vez, Ray volvió al agua”, expresó Trump. “Una bala le atravesó un brazo. Su pierna fue destrozada por fuego de metralla. Se partió la espalda. Casi se ahoga”.

Acto seguido Trump se dio vuelta y dijo: “Ray, el mundo libre te rinde homenaje”.

Más tarde, observando las cruces blancas y las estrellas de David de un cementerio de soldados, Lambert se preguntó por qué el comandante en jefe lo mencionó a él.

“Fui un soldado como tantos”, expresó.

Al día siguiente, Lambert hizo un último peregrinaje a la playa, a la “Roca de Ray”. Ese mismo día 75 años atrás, un pedazo de cemento en la playa fue el único sitio donde Lambert pudo parapetarse para tratar a los heridos. El año pasado se añadió una placa con los nombres de los soldados que atendió Lambert.

Hacía frío y llovía, y las manos de Lambert se estaban poniendo azules. Simpkins le dijo que era hora de irse, pero Lambert divisó un grupo de soldados británicos y se detuvo.

Rejuvenecido, les contó historias de la guerra y posó para fotos.

“Los soldados son todos hermanos”, afirmó.

De regreso en su casa, Lambert empezó a planificar su viaje a Normandía del año que viene, aunque sabe que probablemente no llegue a hacerlo.

Pesa solo 65 kilos (145 libras), 13 (30) menos que su peso normal. Sus médicos dicen que no saben por qué. “Es como si estuviese desapareciendo”, señaló.

Después de todo, eso es lo que hacen los soldados.