La agencia de alimentos de la ONU advirtió el viernes sobre el deterioro de la situación humanitaria en el último bastión rebelde en el noroeste de Siria, donde grupos insurgentes combaten con fuerzas del gobierno para tratar de recuperar territorio perdido la semana pasada.

La nueva ola de choques, que comenzó hace 10 días, es el reto más serio hasta ahora a un cese del fuego auspiciado por Rusia y Turquía en septiembre. Unas 150.000 personas han sido desplazadas dentro del enclave, donde viven unas 3 millones, y que abarca la mayor parte de la provincia de Idlib y parte de Hama en el extremo noroccidental.

El Consejo de seguridad de la ONU se reunía en las próximas horas para analizar la situación.

"La situación en Idlib y en el noroeste de Siria es pésima y si continúa la escalada de violencia más familias desesperadas serán desplazadas”, dijo Marwa Awad, vocera del Programa Mundial de Alimentos en Siria.

La agencia ya se ha visto forzada a suspender la entrega de alimentos en los últimos días a unas 47.000 personas de un total de 580.000 a las que estaban ayudando antes de la violencia. Decenas de los nuevos desplazados, muchos desarraigados por la violencia varias veces antes, viven ahora al aire libre en olivares, incapaces de pagar por trasporte a campamentos más al norte, dijo Awad.

La violencia aumentó en los últimos días cuando el gobierno avanzó sobre el límite sur del bastión rebelde y ganó el control de un par de aldeas y pueblos.

El ejército de Damasco frustró el viernes ataques insurgentes sobre la aldea de Kfar Nabudah, conquistada tres días antes por las fuerzas gubernamentales en su ofensiva hacia el sur del enclave, reportó la televisora estatal al-Ikhbariya.

Sin embargo, el Observatorio Sirio para los Derechos Humanos, un grupo con sede en Gran Bretaña que monitorea el conflicto, dijo que los insurgentes, liderados por el grupo Hayat Tahrir al-Sham, próximo a Al Qaeda, avanzó hacia la localidad, lo que provocó intensos combates y una ola de ataques aéreos gubernamentales.