Demasiado pobre para comprar bolígrafos y cuadernos para la escuela, Mehdi abandonó su hogar en Afganistán poco después de cumplir 17 años y se dirigió a Irán, esperando llegar a Europa y encontrar trabajo.

En lugar de ello, Mehdi terminó luchando en la guerra civil de Siria, un conflicto con el que no tuvo nada que ver, a 2.000 kilómetros (1.200 millas) de su hogar. Fue uno de decenas de miles de afganos reclutados, pagados y entrenados por Irán para luchar en apoyo del aliado de Teherán, el presidente sirio Bashar Assad.

Allí, se encontró en una de las líneas de frente más sangrientas de la guerra, rodeado por los cuerpos de sus compañeros, bajo el fuego de extremistas islámicos tan cerca que podía escuchar sus gritos de "Alá akbar" ("Dios es grande") antes de cada explosión de mortero.

Irán realizó una extensa campaña para atraer a chiíes de toda la región y crear una red de milicias para ayudar a salvar a Assad de la rebelión, no solo afganos sino también paquistaníes, iraquíes y libaneses. Ahora que la guerra en Siria está terminando después de ocho años, la pregunta es qué hará Teherán con esas fuerzas bien entrenadas y bien armadas.

Mehdi y otros soldados de alquiler provenientes de las empobrecidas comunidades musulmanas chiís de Afganistán están regresando a su tierra natal, donde se les mira con sospecha. Las autoridades afganas creen que Irán todavía los está organizando, esta vez como un ejército secreto para difundir su influencia en medio de los conflictos interminables de Afganistán.

“Aquí en Afganistán tenemos miedo. Dicen que todos somos terroristas”, dijo Mehdi, que ahora tiene 21 años y regresó a su ciudad natal, Herat. Habló a condición de que no estuviera completamente identificado por temor a represalias. No se reunió con The Associated Press en su casa ni en público, solo en un automóvil estacionado en un vecindario remoto de mayoría chií. Incluso allí, Mehdi mantuvo su rostro oculto con una bufanda, mirando con recelo cada coche que pasaba.

Los ex combatientes afganos que regresan de Siria están amenazados por múltiples bandos. Se arriesgan a ser arrestados por parte del estado, que los ve como como traidores y se enfrentan a la violencia brutal de los aliados del Estado Islámico en Afganistán, que ve a los chiíes como herejes y ha jurado matarlos. En mayo, hombres armados del Estado Islámico irrumpieron en la mezquita chií de Jawadia, en Herat, abrieron fuego y detonaron sus cinturones explosivos entre los fieles, matando a 38 personas.

El solo hecho de saber que alguien peleó en Siria puede llevarte a la cárcel, dijo un anciano en un pueblo cerca de Herat que habló a condición de guardar el anonimato por ese motivo. Ocho hombres de su aldea murieron luchando en el país vecino, pero en Afganistán no hay tumbas para ellos. Todos fueron enterrados en Irán, dijo.

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El periodista de The Associated Press Amir Shah colaboró desde Kabul.