Samuel y Óscar, dos niños migrantes desaparecidos en México en 2009 rumbo a EU

  • Tenían 16 y 14 años cuando huyeron de El Salvador en el verano de 2008.
  • Su madre había emigrado a Nueva Jersey en 2001 y querían reunirse con ella.
  • El creciente éxodo infantil centroamericano hacia Estados Unidos a veces también se produce sin el acompañamiento de coyotes.
  • Samuel y Óscar huyeron completamente solos. Su familia aún los está buscando.
<p>La imagen muestra los rostos de Samuel y Óscar García Calles a la edad en la que desaparecieron y una recreación digital de cómo sería su aspecto hoy en día.</p>
La imagen muestra los rostos de Samuel y Óscar García Calles a la edad en la que desaparecieron y una recreación digital de cómo sería su aspecto hoy en día.
Foto: Missingkids.com

La mañana del 17 de agosto de 2008 Eduarda Calles no encontró a sus nietos en casa. Los hermanos Samuel y Óscar García Calles, de 16 y 14 años, originarios de El Salvador, dejaron todo atrás con el objetivo de cruzar varias fronteras, atravesar México, pasar a Estados Unidos y llegar a Green Brook, Nueva Jersey, donde vive su madre emigrada en el año 2001. "Ellos querían estar con la mamá", resume la abuela de los niños, desaparecidos en México hace seis años este verano.

A muchos los mueve el deseo de reunificación familiar, quieren vivir con sus papás emigrados En los últimos nueve meses, la Patrulla Fronteriza norteamericana ha detenido a más de 52,000 menores inmigrantes intentando cruzar la frontera con México solos e indocumentados, una"crisis humanitaria" que ha desbordado la gestión de la Casa Blanca y ha puesto en alerta a los gobiernos de México —peligroso país de paso— y del triángulo norte de Centroamérica —Honduras, El Salvador y Guatemala— principales países de origen de estos miles de niños migrantes.

El peligroso viaje, sin garantías de éxito, supone varios miles de kilómetros repletos de riesgos gravísimos para la salud física y psicoemocional de los menores. Aún así, pese a poner su vida en riesgo, cada vez son más los que lo intentan.

"El deseo de reunificación familiar es una motivación de casi todos, quieren vivir con sus papás emigrados", dice Ana Zelaya, vocera del Comité de Familiares de Migrantes Fallecidos y Desaparecidos (Cofamide), una organización fundada en 2006 por más de un centenar de familiares de emigrantes salvadoreños muertos y/o desaparecidos rumbo a Norteamérica.

Además "los coyotes han extendido el rumor de que pueden mandar a los menores a Estados Unidos y de que ahora se podrán quedar aún sin tener papeles, y las familias los están creyendo".

Sin embargo, este éxodo infantil de cifras crecientes también se compone de niños y niñas que y huyen sin decir nada a quienes viven con ellos. "Algunos se van de la casa sin avisar por pura desesperación y sin el enlace de un coyote —traficante de personas contratado por los familiares para pasar a los menores a través de las fronteras—. Se sienten tan amenazados que emprenden solos el viaje con la esperanza de reunirse con el papá o la mamá en Estados Unidos", explica Zelaya.

Víctimas de la mafia mexicana

Los pequeños Samuel y Óscar —hoy de 21 y 19 años de edad—  vivían el municipio San Martin, en San Salvador. Cuando su madre, Rosa Helena Calles, emigró a Estados Unidos hace trece años tras perder su empleo los dejó a cargo de su abuela y su tía materna. "La madre siempre estaba pendiente de ellos y sus estudios, enviaba dinero cada mes y repetía que no quería mandarlos por tierra y sin visa porque ella lo hizo así y no se atrevía a que hicieran ese viaje siendo tan pequeños", cuenta la abuela a 20minutos.

Me dijo que tenía a mis hijos y que quería 5,500 dólares por cada niño por 'la pasada' En el verano de 2008, ajenos al peligro de su decisión, los niños robaron 180 dólares a su tía, quien tras descubrirlos los castigó. "Al día siguiente se habían ido sin dejar rastro, ni una nota ni nada. Yo busqué por días en la casa alguna pista de ellos. A mí nunca me dijeron nada de querer irse, pero a su tío sí, le comentaron que echaban de menos a la mamá y que irían con ella", recuerda emocionada Eduarda.

A los pocos días, viendo que no regresaban, Eduarda y su hija menor Ana, tía de los niños, llamaron a Rosa Helena para contarle que "Samuel y Óscar ya no estaban". "Ella se puso mal... todos estamos viviendo una pesadilla desde entonces".

El 8 de enero de 2010, cinco meses después de que los pequeños dejaran su casa, la familia en El Salvador recibió una llamada procedente de México. "Era un hombre. Nos dijo que tenía a mis nietos, que quería dinero para llevárselos a la mamá a Estados Unidos y que le diésemos su número". Acto seguido marcaron el teléfono de Rosa Helena en Nueva Jersey para darle la noticia de que los niños, al parecer, estaban con vida en algún lugar de México.

La misma llamada de extorsión llegó al celular de Rosa Helena minutos después: "Una persona me dijo que tenía a mis hijos y que quería 5,500 dólares por cada niño para 'la pasada' a Estados Unidos. Estaba tan nerviosa y tan bloqueada que envié el dinero lo más rápido que pude a Baja California. Yo le dije al hombre que quería hablar con ellos pero se negó y  me contestó que los niños estaban dentro de un carro y que no podía ser".

Les supliqué que me los pusieran al teléfono, pero el hombre me dijo: 'O paga por ellos o no los volverá a ver' Al día siguiente otra llamada. Más dinero: "Ya no me quedaba nada. Me dijeron que tenía que ingresar otra cantidad para que me los trajeran hasta Nueva Jersey. Les supliqué que me los pusieran al teléfono, pero el hombre me dijo: 'Señora o paga por ellos o no los volverá a ver". Los ahorros de Rosa Helena, planchadora en una lavandería, se habían ido sin que volviera a saber de los niños. "Primero perdí a mis hijos, luego mi dinero. Cuando vi que estaba sin nada y que alguien se había aprovechado de mi dolor no supe qué hacer", explica a 20minutos.

La madre pasó meses llamando al teléfono de la mafia que le había robado sus ahorros negociando con la vida de sus hijos "pero no daba señal o estaba apagado". También lo intentaban sin éxito sus familiares en El Salvador. Fue entonces cuando Rosa Helena puso el caso en manos del FBI. "Los niños están desde entonces en el registro nacional de menores desaparecidos aquí en Estados Unidos (Missingkids.com) con sus nombres y fotos, y el caso sigue abierto, pero no hay pistas".

"Mi sueño era reunirme con ellos. Teníamos planes de juntarnos pero de otra manera". Rosa Helena, que luego de trece años en Estados Unidos no tiene la residencia legal sino el TPS —que le permite al menos trabajar en el país—, admite que llegó a pensar en la posibilidad de pagar un coyote para mandar a sus hijos: "No quería dejarlos en El Salvador porque allá no hay futuro y menos para la juventud. Pero eran muy pequeños para un viaje tan peligroso, les prometí que yo les ayudaría con el dinero, pero si conseguían la visa en el consulado, para hacerlo legal".

Seis años desaparecidos

Ana, la tía materna de los niños, explica que al principio la desgracia los unió: "Ahora que ya nadie da pistas la familia se ha desintegrado". La abuela acudió al consulado norteamericano y a los medios de comunicación para denunciar la desaparición de Samuel y Óscar. "No hemos dejado de intentarlo nunca. La esperanza no la perdemos, por muy duro que esto sea".

Se me ocurre de todo si uno se pone a pensar, pero nosotros tenemos la esperanza de que ellos todavía están vivos Eduarda decidió hace dos años poner la denuncia de la desaparición de sus nietos mayores en el Comité de Familiares de Migrantes Fallecidos y Desaparecidos, algo poco común. "Sabemos que hay muchos niños y niñas centroamericanas desaparecidos pero de ellos no tenemos una estadística porque la mayoría de las familias se niegan a denunciar por miedo a la extorsión y a las amenazas de los coyotes, así que de estos menores no hay registro", explica la vocera de Cofamide.

Sin embargo, Samuel y Óscar huyeron solos y el único miedo de Eduarda es no volver a verlos. "Una señora me habló de Cofamide, me dijo que ella también tenía un hijo desaparecido y me llevó a las oficinas. Allí me pidieron todos los datos sobre los niños y la fecha en la que se habían ido. Después nos tomaron las pruebas de ADN para hacer el registro y poder cruzar los datos si los encontraban, pero aún no ha habido suerte".

Ana no recuerda las veces que ha ido a la morgue a averiguar "si los últimos cadáveres que llegaron son de mis sobrinos". Pero sabe que fue el pasado mes de febrero cuando visitó por última vez el centro de Medicina legal de San Salvador, donde recogen a los fallecidos que no tienen familia. "Siempre voy sola, jamás dejaría a mi mamá entrar allá, eso es tremendo, ella no aguantaría algo así. Cuando iba al principio me enseñaban cadáveres, luego empezaron a mostrar fotos porque la gente se desmayaba... yo llegué a tomar antidepresivos para poder seguir yendo".

"Se ven muchos niños de hogares desintegrados en la morgue", afirma Ana, quien denuncia que el gobierno de El Salvador debería hacer algo para proteger a la niñez. "Nosotros desgraciadamente sin pistas no podemos hacer nada".

La tía de los niños destaca que hace unos cinco años que la violencia ha empeorado mucho en el país, "uno tiene miedo en todas partes, y más nosotros que vivimos en una zona roja de pandillas. A veces pienso que podrían haberlos tomado para el tráfico de órganos allá en México... se me ocurre de todo si una se pone a pensar, pero tenemos la esperanza de que ellos todavía están vivos".