El presidente Donald Trump no oculta que no es aficionado a los perros.

En un acto el lunes por la noche describió con admiración la habilidad de los pastores alemanes del servicio secreto para detectar drogas, pero dejó perfectamente en claro que no necesita en su vida cotidiana la compañía canina que cultivaron tantos predecesores suyos.

“Honestamente, no me molestaría tenerlo, pero no tengo tiempo”, dijo el presidente en un acto de campaña en El Paso, Texas, luego de mencionar cómo vio a un pastor alemán descubrir las drogas ocultas en una caja.

La gente lo festejó cuando preguntó, “¿qué dirían de mí si apareciera paseando un perro en el jardín de la Casa Blanca?”.

Meneó la cabeza y dijo, “no sé... no me siento cómodo. Me siento un poco como un farsante”, añadió con un ademán despectivo.

Según Trump, “mucha gente” le ha dicho que debería tener un perro porque “conviene, políticamente”.

“Yo les digo, ‘vean, no es ésa la relación que tengo con mi gente’”.

Trump se aparta de una larga tradición presidencial.

Barack Obama tenía canes de agua portugueses llamados Bo y Sunny; George W. Bush tenía terriers escoceses llamados Barney y Miss Beazley. Bill Clinton tenía a Buddy, un pertiguero de Labrador color chocolate, y un gato llamado Socks. Muchos presidentes anteriores tuvieron mascotas.

El vicepresidente Mike Pence tiene varias mascotas, entre ellas un pastor australiano llamado Harley, un conejo llamado Marlon Bundo y una gata llamada Hazel.

La Asociación Estadounidense de Médicos Veterinarios dice que casi el 57% de los hogares estadounidenses tenía una mascota a fines de 2016. Uno de cada cuatro hogares tenía uno o más perros, la tasa más alta desde 1982, cuando inició esta medición.