Mientras los líderes chinos se reúnen para un retiro anual junto al Mar Amarillo, las aguas parecen bastante agitadas.

El presidente y líder del Partido Comunista Xi Jinping está agobiado por problemas económicos, de política exterior y otros asuntos pocos meses después de afianzarse como el líder más fuerte de China desde Mao Zedong y de asegurarse que podrá gobernar todo el tiempo que quiera al eliminar las restricciones a la reelección.

Las crecientes críticas al gobierno de Xi reflejan el riesgo que representa tener tanto poder: Se ha hecho un blanco natural al que se culpa de todo lo que no funciona.

“Al haber concentrado todo el poder, Xi es el responsable de todos los reveses y de todas las políticas fallidas”, afirmó Joseph Cheng, profesor jubilado de la Universidad de Hong Kong.

Xi dominaba las portadas de los diarios oficialistas y del canal estatal, CCTV, pero en las últimas semanas ha hecho pocas presentaciones públicas. “No puede culpar a otros, de modo que trata de pasar inadvertido”, dice Cheng.

Los retos que enfrenta no comprometen el poder de Xi, pero para muchos observadores chinos, la credibilidad del gobierno está en juego.

Una gran inquietud es la guerra comercial con Estados Unidos, que genera tarifas más altas para las exportaciones chinas. Hay quienes dicen que todavía no se ve una estrategia coherente para las negociaciones con Washington, que puedan evitar un duro golpe para la economía. Beijing parece estar optando por una actitud desafiante y medidas de represalia.

Tanto la bolsa de valores como la moneda local se han debilitado y el propio PC admitió el mes pasado que factores externos estaban comprometiendo el crecimiento económico.

Al mismo tiempo, un escándalo en torno a vacunas ha revivido viejos temores acerca de la integridad de la industria médica y la capacidad del gobierno para supervisar las firmas que dominan la economía.

“La fe es lo más importante. Una pérdida de confianza por parte del gobierno sería devastadora”, dijo Zhang Ming, profesor de ciencias políticas de Beijing, hoy jubilado.

La semana pasada las autoridades hicieron un gran despliegue para sofocar una manifestación de protesta en Beijing por el desplome de una empresa prestamista, que reflejó la incapacidad del gobierno para reformar el sistema financiero de modo que sirva mejor a los pequeños inversionistas.

El gran proyecto de Xi --la construcción de infraestructura para conectar 65 naciones--, mientras tanto, tropieza con problemas por los aumentos en los costos. Algunos chinos cuestionan asimismo el envío de grandes sumas al exterior cuando millones de chinos siguen en la pobreza.

Eso alimenta la preocupación por la decisión de Xi de hacer a un lado las políticas pragmáticas en las relaciones internacionales que postulaba Den Xiaoping, el arquitecto de las reformas económicas que sentaron las bases para la relativa prosperidad actual.

Es previsible que todos estos temas sean analizados en discusiones informales en un complejo de Beidaihe, en la provincia de Hebei, como parte de una tradición que viene de los tiempos de Mao.

El estilo triunfalista de Xi “no es demasiado popular entre muchos sectores del partido” y eso da lugar a las críticas, según Steve Tsang, director del Instituto sobre China de la Escuela de Estudios Orientales y Africanos de Londres.

Además, las medidas tomadas por Xi para consolidar su poder, incluida la eliminación de los límites a la reelección y la creación de un culto a la personalidad, no son bien vistas por muchos.

El resentimiento que generaron hizo que un profesor de leyes de la Universidad Tsinghua, Xu Zhangrun, escribiese que “nuevamente la gente en toda China siente incertidumbre, una creciente ansiedad en torno a la dirección que está tomando el país y a su seguridad personal”.

“Estas ansiedades han dado paso a un pánico a nivel nacional”, agregó Xu, quien abogó por una restauración a los límites para ejercer la presidencia y por que se reconsidere el movimiento prodemocrático de 1989 que se concentró en la Plaza de Tiananmen. Las protestas pacíficas fueron reprimidas ferozmente por los militares y siguen siendo un tema tabú.

Si bien Xu está teóricamente afuera del país y no fue castigado, otro viejo crítico del gobierno, el profesor retirado Sun Wenguang, fue detenido por la policía en medio de una entrevista radial con la Voz de América en la que despotricaba contra las cuantiosas inversiones chinas en el exterior.

Un indicio de la ansiedad que siente también el gobierno es una nueva campaña para promover el patriotismo entre los intelectuales, una táctica común cuando se cree que hay que enderezar la opinión pública.

El descontento responde en buena medida a la ineficiencia del gobierno, de acuerdo con Zhang, el académico jubilado.

“Si quieres ser un emperador, debes hacer grandes cosas”, sostuvo Zhang. “Xi no ha hecho nada, de modo que cuesta convencer a la gente”.