La mística de los antiguos cultos a los dioses andinos todavía se percibe entre los zaguanes, patios y callejones coloniales de un barrio atrapado en el tiempo en el centro de La Paz, Bolivia.

En el llamado Mercado de las Brujas, fetos de llama cuelgan hacia la calle, el incienso impregna el aire, coloridos estantes exhiben amuletos, talismanes y ofrendas a la Pachamama (Madre Tierra) junto a plantas y ungüentos medicinales a los que la gente aún recurre para sanar los males del cuerpo y conjurar maleficios como hacían los curanderos varios siglos atrás.

Indígenas llamados yatiris (chamanes) que ofician rituales y ven el futuro en hojas de coca esperan a clientes y turistas en el pintoresco mercado ubicado a pocas cuadras del palacio presidencial.

Antes de la llegada de los colonizadores españoles era un sitio sagrado donde pueblos prehispánicos oficiaban ceremonias a sus dioses y ofrendaban sangre caliente de llama en agradecimiento por las buenas cosechas. Hoy esos sacrificios animales ya no se practican.

“Es sabiduría ancestral viva mezclada con elementos nuevos, pero mantiene su raíz”, dice el sociólogo David Mendoza, funcionario de la Dirección de Patrimonio del Municipio de La Paz.

Por siglos los colonizadores trataron de desterrar esas prácticas al considerarlas paganas, pero la fe en los ancestros ha logrado perdurar en ese rincón de calles bolivianas empinadas que el turismo bautizó Mercado de las Brujas.

“La brujería no es nuestra, está relacionada con el diablo que trajeron los colonizadores españoles (a fines del siglo XV). Lo nuestro es cultura y se ofrendaba a los dioses para buscar armonía con la naturaleza”, expresa la amauta (guía espiritual) Helena Martínez.

En 1549 los franciscanos mandaron levantar un templo para catequizar a los indígenas en lo que entonces se llamaba el “barrio de indios”, que estaba separado por un río del “barrio de españoles”, donde hoy está el centro histórico de La Paz.

En ese lugar en 1702, bajo el dominio del Santo Oficio, la indígena Josefa Apaza fue condenada a recibir 50 azotes en público como escarmiento por sus prácticas paganas, según crónicas de la época.

El templo fue reconstruido en 1748 por indígenas convertidos al catolicismo. En la fachada de estilo barroco tallaron en piedra la cabeza de un toro, símbolo de los colonizadores, escudos franciscanos y una diosa con los pechos desnudos que según Mendoza es la Pachamama, símbolo de la fertilidad de la tierra para las culturas andinas.

Los antropólogos aseguran que los indígenas camuflaban sus creencias con cultos católicos para burlar a los conquistadores y así forjaron un sincretismo religioso que es reconocido por la constitución con el nombre de “cosmovisión andina” y es practicado por amplios sectores de la población boliviana.

Para las ofrendas a la Pachamama el feto de llama es el preferido.

“Cada ofrenda es preparada por nosotras y tiene su propio significado. Es como ofrecerle un plato de comida a la Pachamama en agradecimiento”, asegura Verónica Quispe, preparadora de rituales.

La llama proporcionaba abrigo, transporte y comida, por eso era considerada sagrada desde antes de los incas. El feto del animal simboliza al mensajero que lleva las peticiones a los dioses, explica Quispe.

“No se sacrifica a la llama para obtener el feto, se obtiene de abortos naturales”, precisa Mendoza.

Lo que comenzó dividiendo terminó uniendo y acercando a dos culturas en un rico mestizaje que marca la identidad de esta ciudad única, dice una placa de la alcaldía de La Paz en el atrio del templo de San Francisco.

La alcaldía promueve una ley para declarar patrimonio al lugar como primer paso para postularlo a un reconocimiento de la UNESCO.

Sin embargo, el mercado también es un puente a la modernidad. En medio de la variedad de artesanías y tejidos a mano se pueden ver poleras con estampados que exhiben a una chola (mujer andina) en una tabla de surf, aunque Bolivia no tiene salida al mar.

En el lugar también se ofrecen joyas exclusivas en plata y agencias de turismo ofrecen recorridos en bicicleta por “el camino de la muerte”, un descenso de vértigo por las pendientes andinas.

Entre las plantas medicinales hay desde hierbas para curar la tos hasta “viagra natural” y “polvos mágicos”. En un frasco se lee: “Polvo matapasiones para alejar a la amante”.

Una de las hierbas más buscadas es la sábila, que se cree cura diversos males, y las “tres eres” -retama, ruda y romero- que sirven para atraer la suerte y alejar maleficios en la casa, refiere Natalia Mamami, propietaria de una de las tiendas más surtidas de ofrendas y hierbas medicinales cuya preparación la mujer aprendió de sus antepasados.