Antiguo rebelde desafía encuestas en elección colombiana

Gustavo Petro inició su largo ascenso hacia la presidencia de Colombia en un barrio de colonos que lleva el nombre de Simón Bolívar, héroe de la independencia sudamericana.En 1983, con poco más que...

Gustavo Petro inició su largo ascenso hacia la presidencia de Colombia en un barrio de colonos que lleva el nombre de Simón Bolívar, héroe de la independencia sudamericana.

En 1983, con poco más que una pala y una gran cantidad de ideales revolucionarios, el entonces militante clandestino dirigió a unas 400 familias de colonos en una larga batalla con las autoridades locales para conseguir la tierra donde asentar sus casuchas en Zipaquirá, al norte de Bogotá. Su grito de guerra era “techo y vida digna”.

Treinta y cinco años después, los fundadores del barrio “Bolívar 83” que aún viven en el lugar, celebran el ascenso de Petro como un triunfo propio. El candidato de izquierda enfrentará al derechista Iván Duque el domingo en la segunda vuelta de la elección presidencial colombiana.

“Nos enseñó a llamarnos compañeros, no vecinos”, recuerda Ana Miriam Chitiva, mostrando con orgullo las fotos colocadas en la pared de su modesto hogar; fotos de los primeros tiempos del barrio, cuando Petro le ayudaba a cargar caños de hormigón y abrir caminos de tierra en la ladera boscosa.

El mismo espíritu militante ha acompañado a Petro a lo largo de cuatro décadas de carrera política en ascenso. El legislador sin miedo que acosaba a la clase política colombiana, luego audaz alcalde de Bogotá que enfrentaba a poderosos intereses privados, es ahora el insólito finalista en la primera elección presidencial desde la firma de un histórico acuerdo de paz.

La contienda entre Petro y Duque se ha estrechado en el tramo final, cuando una encuesta indica que el izquierdista se ha colocado a seis puntos de su rival de derecha. En la primera ronda, Duque superó a Petro por más de 14 puntos.

Quien resulte elegido gobernará Colombia en una coyuntura crítica. El país está en las etapas iniciales de aplicación de un acuerdo con rebeldes izquierdistas que puso fin al conflicto más antiguo en América Latina. Pero la producción de cocaína ha aumentado vertiginosamente en las zonas evacuadas por los rebeldes, lo que amenaza con frustrar los avances realizados en materia de seguridad y tensar las relaciones tradicionalmente estrechas con Estados Unidos.

Petro ha jurado cumplir las elevadas aspiraciones del acuerdo de 310 páginas, de enfrentar la pobreza y la distribución desigual de tierras. Por su parte, Duque quiere eliminar algunos de los beneficios acordados a los principales comandantes de la guerrilla hasta tanto confiesen sus crímenes de guerra y compensen a las víctimas.

Para Petro, estrechar tanto la diferencia con Duque es una gran hazaña: jamás en la historia de Colombia un izquierdista ha estado tan cerca de la cumbre del poder.

Para llegar tan lejos ha debido suavizar su retórica en ocasiones extremista, hasta el punto de enarbolar falsas tablas de piedra inscritas con 12 “mandamientos” que lo comprometen a no expropiar la propiedad privada y abandonar sus llamamientos anteriores a reformar la constitución.

Ha debido responder a comparaciones con los difuntos revolucionarios socialistas Fidel Castro y Hugo Chávez, lo que la derecha colombiana llama el “castrochavismo”, una injuria tan repetida durante la campaña electoral que la hija de siete años de Petro ha inventado un paso de baile con el pie izquierdo para parodiarla.

La elite empresarial se ha pronunciado de plano por Duque, el candidato escogido a dedo por el poderoso expresidente Álvaro Uribe, temerosa de que sus esfuerzos por presentarse como un moderado sean una mera artimaña.

Y algunos izquierdistas temen que haya en él rasgos mesiánicos.

El senador Antonio Navarro Wolff, un ex negociador de paz del Movimiento 19 de Abril, o M-19, de Petro, dice que su antiguo camarada siempre se destacó por su agudeza intelectual y astucia política, además de una tendencia contraproducente a desdeñar las opiniones ajenas. Pero con un movimiento político incipiente que ocupa apenas cuatro de las 107 bancas del Senado y aún menos en la cámara, si resulta elegido tendrá que aprender a tender puentes.

“La verdad es que él siempre fue un poco egoísta”, dijo Wolff, parte de un grupo de destacados izquierdistas que respaldaron a Petro en la segunda ronda después de apoyar a un candidato menos polarizador en la primera. Sin embargo, añadió que el respaldo no era un cheque en blanco: “En la presidencia, si uno actúa solo no permite ningún cambio”.

Petro, de 58 años, nació el mismo día _19 de abril_ en que surgiría el movimiento guerrillero al que se sumó cuando era un periodista adolescente alborotador en Zipaquirá. Su nombre de guerra era Aureliano, tomado de un protagonista de “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez. Pero en “Bolívar 83”, cuyos habitantes al principio desconocían su doble vida, era el “Flaco” o “Gustavito”.

Después de ganar la batalla por las tierras, Petro se convirtió en un prófugo. Alternaba entre las casas de Chitiva y una comunidad de madres solteras en “Bolívar 83” que se llaman con orgullo “Las Novias de Petro”. Una vez lo disfrazaron con tacos altos, lápiz labial y un vestido estrecho para que pudiera pasar un retén militar.

Finalmente se le acabó la suerte y el ejército lo encontró en 1985 en un pozo junto a una de las casas que había ayudado a construir. Fue llevado a una base militar, golpeado y pasó dos meses en prisión bajo cargos de posesión de armas.

“Los que tachan a Gustavo de guerrillero y matón no saben que Gustavo no tuvo armas en sus manos”, dijo Gonzalo Suárez, un camarada suyo del M-19.

“Las armas más grandes y más ponderosas que tuvo Gustavo, y que todavía tiene, era su agilidad mental, siempre a favor de los clases menos favorecidos, de los pobres, los humildes de Colombia”, dijo Suárez.

Petro adquirió renombre nacional en 2006 al encabezar una campaña para desenmascarar la alianza entre los aliados conservadores del entonces presidente Uribe y los grupos paramilitares de extrema derecha.

En largos discursos desde el recinto del Senado que apasionaban a muchos colombianos, mostró pruebas de que Uribe había encubierto la creación de milicias cuando era gobernador en los 90 y que su hermano había participado personalmente en asesinatos y desapariciones. En un país donde las elites terratenientes están habituadas a gobernar con impunidad, esto le valió numerosas amenazas de muerte.

Pero sus denuncias llevaron al arresto y condena de decenas de políticos y legisladores por tener vínculos criminales con los paramilitares. Una década más tarde, Santiago Uribe enfrenta un juicio por liderar el escuadrón de la muerte conocido como los 12 Apóstoles.

“Es una persona de talante fuerte, pero propio de alguien que arriesga para hacer transformaciones verdaderas”, dijo Maríaa Mercedes Maldonado, su principal asesora política.

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