El papa Francisco aprovechó nuevamente los saludos navideños para regañar a sus colegas del Vaticano, al denunciar el “cáncer” de las camarillas y la “corrupción” de los burócratas por la ambición y la vanidad.

“Reformar Roma es como limpiar las esfinges egipcias con un cepillo dental”, dijo Francisco el jueves a los cardenales, obispos y sacerdotes que colaboran con él. “Se necesita paciencia, dedicación y delicadeza”.

Francisco reconoció que abundan las personas competentes, leales e incluso piadosas entre los trabajadores en la Santa Sede. Pero sostuvo que otros, escogidos para ayudarle a reformar la burocracia ineficiente y anticuada del Vaticano, que no estuvieron a la altura de la tarea.

Cuando se despide a estas personas con “delicadeza”, dijo Francisco, “declaran falsamente que son mártires del sistema, de un ‘papa desinformado’ o de la ‘vieja guardia’, cuando en realidad deberían haber hecho un mea culpa”.

Francisco en su saludo navideño suele fustigar a la Curia, invitando a los burócratas del Vaticano que ayudan a gobernar la Iglesia católica de 1.200 millones de fieles a realizar un examen de conciencia de tipo jesuita antes del nuevo año.

En 2014 hizo una lista de los “15 males de la Curia”, entre ellos el “terrorismo del chismorreo”, el “alzhéimer espiritual” y el llevar una doble vida “hipócrita”.

El discurso del jueves fue más manso y prometió enfocarse principalmente en las relaciones con otros países y religiones.

Pero Francisco dedicó largos pasajes a asuntos internos, con alusiones a partidas misteriosas y controvertidas de funcionarios vaticanos en 2017 que suscitaron dudas acerca de su capacidad como reformador.

Algunas de las cabezas que rodaron este año fueron las del primer auditor general del Vaticano, el respetado número dos de la banca vaticana y el intransigente guardián de la ortodoxia.