En Barcelona, la cosmopolita capital de Cataluña, no hay atisbo del país independiente que prometió hace dos meses con gran fanfarria el antiguo gobierno regional.

La bandera española sigue ondeando junto a la catalana sobre la sede del gobierno autonómico. La plaza donde una multitud entusiasta celebró lo que creía era el nacimiento de una nueva república sólo muestra ahora adornos navideños.

Los líderes del gobierno independentista están en prisión o han huido del país tras celebrar un desafiante referendo sobre la independencia el 1 de octubre, declarado ilegal por el gobierno y el máximo tribunal de España.

Pero los votantes vuelven a las urnas el jueves, esta vez para elegir a un nuevo gobierno regional en unos comicios convocados por el gobierno español para salir de la crisis, en una región profundamente dividida por los sucesos de este otoño.

Hay amistades rotas y familias distanciadas. Muchos catalanes que tenían sentimientos encontrados sobre la independencia, o que no daban mucha importancia al asunto, ahora se sienten obligados a pronunciarse.

Gabriel Brau, un fotógrafo de 50 años poco interesado en la política, dijo que votará por primera vez desde la década de 1980 y será por uno de los partidos que apoyan la independencia. O mejor dicho, contra los que no lo hacen, porque le parecen cómplices de la represión del gobierno español.

Durante el referendo de octubre, la policía española empleó balas de goma y porras contra los votantes, que formaron cadenas humanas para mantener a los agentes fuera de los centros de votación.

“Lo que ocurrió el 1 de octubre me afectó con fuerza”, dijo Brau. “Pensaba, ‘¿Y si le hicieran eso a mi hijo?’ Eso no es democracia (...) No quiero que esa gente gobierne mi país”.

También el otro bando se ha blindado.

Los catalanes que se oponen a la independencia intentaban antes llamar poco la atención. Revelarse como un unionista, dicen, habría provocado burlas, insultos e incluso acusaciones de traición por parte de amigos y vecinos independentistas.

Pero tras el referendo se congregaron por primera vez en marchas masivas similares en tamaño a las del movimiento secesionista.

Cristina Calaco, de 51 años, dijo estar tan consternada por la forma en la que los líderes independentistas siguieron adelante de forma unilateral con el referendo que “quería hacer las maletas y marcharme de Cataluña”.

Pero tras ver a unionistas con banderas de España en la calle, se sintió animada a expresar públicamente que se siente española.

Ahora, comentó, cuando los vecinos independentistas salen al balcón a golpear cacerolas y sartenes en ruidosas protestas, ella abre la ventana y grita “Viva España”.

Puede que la dura respuesta del gobierno español causara sorpresa en Europa, pero no supuso ningún apoyo significativo para la independencia de Cataluña. Ningún país de la Unión Europea ha reconocido la declaración de independencia aprobada el 27 de octubre en el parlamento catalán.

En principio, la independencia parece ahora más improbable que antes del referendo. El gobierno español activó una cláusula constitucional que nunca se había utilizado para asumir el control directo de la comunidad autónoma. El plan es restaurar la autonomía cuando los resultados electorales del jueves hayan producido un nuevo gobierno.

Sin embargo, los catalanes partidarios de una ruptura total con España parecen ahora más comprometidos que nunca, afirmando que la dura respuesta del gobierno muestra la auténtica naturaleza del estado español.

“No se dan cuenta de a cuánta gente han convertido”, dijo Ana Pousa, de 38 años, que nació en la región noroccidental de Galicia pero creció en Cataluña, y ahora duda antes de definirse como española.

En gran medida, el movimiento independentista se ve impulsado por la idea de que la historia, la cultura y el idioma de Cataluña la diferencian de España. También tiene una faceta económica: los acomodados catalanes pagan más impuestos del dinero que reciben del gobierno, algo que frustró a muchos catalanes durante la profunda recesión que comenzó en 2008.

Pero también hay una sensación de victimismo que puede ser difícil de comprender desde fuera. Los activistas secesionistas, a menudo intelectuales de clase media, dicen estar siendo oprimidos por el gobierno español y trazan paralelismos con la dictadura de Francisco Franco, cuando se prohibió hablar en catalán en público. En una plaza en Barcelona esta semana, algunos activistas llegaron a hacer comparaciones con la lucha contra el apartheid en Sudáfrica.

“Hay dinámicas, aspectos que se pueden comparar: cómo el estado abusa de su poder”, dijo Heiko Voigts, un sudafricano de 46 años que se casó con una catalana. “Pero no lo compararía mucho”.

Algunos de los líderes independentistas están en prisión preventiva por celebrar el referendo de forma ilegal. Otros afrontan cargos preliminares de rebelión y sedición, como Carles Puigdemont, expresidente regional y que huyó a Bélgica. Si regresa a España y se confirman los cargos en su contra, podría afrontar hasta 30 años de prisión en caso de ser condenado.

El presidente del Gobierno español, el conservador Mariano Rajoy, ha rechazado las dudas sobre la separación de poderes derivadas de la respuesta oficial y afirma que su gobierno no tiene influencia sobre los tribunales independientes españoles.

Sin embargo, sus propios ministros no siempre le ayudan a defender ese argumento. La vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría, presumió el pasado fin de semana de que el partido en el gobierno había “descabezado” en la práctica la cúpula independentista. Miembros de su partido dijeron después que se refería solo al sentido político.

Las elecciones del jueves podrían suponer el regreso de los partidos independentistas al poder o producir una nueva coalición liderada por partidos que quieren que Cataluña se quede en España.

En cualquier caso, es probable que la división entre ambos bandos siga siendo profunda.

“Ahora parece que no puedes estar en medio y decir ‘no sé lo que quiero’”, dijo Pousa.

Pausa señaló que si bien respeta la opinión de todo el mundo, algunos unionistas dicen cosas espantosas como “Ojalá (la policía) hubiera pegado a más gente”.

Ella solía considerarse gallega, catalana y española a la vez, pero la situación le ha hecho replantearse su relación con España.

“Oírme decir ‘Soy española’ suena extraño”, comentó “porque ahora significa algo diferente”.