Luciano Oliveira, albañil de profesión, mira al suelo de su pequeña choza de madera, una entre las miles de estructuras improvisadas que conforman un enorme asentamiento ilegal en Sao Bernardo do Campo, un suburbio de Sao Paulo.

Oliveira fue despedido de su trabajo en un restaurante hace unos meses, poco después de llegar del estado nororiental de Bahía.

"No sé leer. No sé escribir. Y no tengo a donde ir", dijo Oliveira, de 23 años. "Pero aquí conocí mucha gente como yo. Siento que ahora soy parte de un movimiento. Esta se ha convertido en mi familia”.

Oliveira reside en una de las más de 8.000 tiendas y chabolas improvisadas en la mayor ocupación de Brasil, organizada por el cada vez más poderoso Movimiento de los Trabajadores Sin Hogar. En los últimos 20 años, el grupo ha tomado edificios abandonados y en ocasiones tierras desocupadas con el objetivo de negociar con gobiernos y empresas para lograr viviendas para los trabajadores pobres.

Con un tamaño equivalente al de 10 campos de fútbol y extendiéndose a lo largo de una carretera, la última ocupación pone de relieve las duras condiciones en las que viven los brasileños más pobres mientras el país intenta recuperarse de su peor crisis económica en décadas.

Casi el 42% de los intrusos están desempleados, alrededor de 30 puntos porcentuales más que la media nacional, según Dieese, un centro de investigación sindical. De media, sus ingresos rondan los 350 dólares al mes, menos del costo promedio del alquiler de una casa de dos habitaciones en la zona metropolitana de Sao Paulo. Y el 17% de los jóvenes entre 15 y 17 años no están escolarizados. Muchos de ellos tienen que trabajar para ayudar a sus familias a salir adelante.

La zona ocupada, que está entre una planta del fabricante sueco de camiones y motores Scania y elegantes edificios de departamentos, casi no tiene electricidad. Algunas tiendas no son más que plásticos sobre el piso, mientras que otras son algo más robustas al estar construidas con madera.

La mayoría de los habitantes del asentamiento duermen en colchones o colchones hinchables sobre el piso polvoriento.

"Esta ocupación es un retrato de los más pobres de Brasil", señaló Adriana Marcolino, investigadora de Dieese. "No estamos invirtiendo lo suficiente en políticas sociales, incluyendo el salario mínimo, así que podríamos ver como cada vez aparecen más y más lugares como este”.

Con Brasil sufriendo una alta tasa de paro y una lenta recuperación económica tras la recesión, la ocupación amplificó la polarización del país antes de las elecciones presidenciales del próximo año.

Luego de que un juez impidió al músico Caetano Veloso, granador de varios premios Grammy, cantar en el asentamiento por motivos de seguridad, varios cantantes y actores visitaron la zona y organizaron un concierto en el centro de Sao Paulo el 10 de diciembre para recaudar dinero.

Pero los vecinos de los ocupantes ilegales son menos comprensivos y les han pedido que se marchen.

"Hacen ruido durante toda la noche. No les importa la gente que ya estaba aquí y que no es culpable de su situación”, dijo Carlos Elias, que vive en los edificios residenciales al lado del asentamiento.

Recientemente, desde los inmuebles se efectuaron disparos contra el campamento, hiriendo a un residente en un brazo.

Al mismo tiempo, el Movimiento de los Trabajadores Sin Hogar ha obtenido tanta atención que se habla de su líder, Guilherme Boulos, como candidato a la presidencia en 2018.

Si Boulos se presenta a los comicios dividiría al electorado de izquierda del expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, que sigue siendo el favorito pero que podría quedar fuera de la carrera electoral si se confirma una condena por corrupción. Pero concurrir a las elecciones "no es una decisión para ahora, es para el año que viene”, apuntó Boulos. "Nuestra prioridad es la ocupación".

Docenas de intrusos ocuparon hace poco la sede de la Secretaría de Vivienda del estado de Sao Paulo hasta que recibieron garantías de que el asentamiento de Sao Bernardo do Campo no se levantaría durante al menos cuatro meses mientras negocian.

Pero su futuro sigue siendo incierto.

En el campamento, hace poco la mayoría de las tiendas estaban vacías mientras sus propietarios buscaban trabajo en la calle. Algunos residentes hacían uso de las cinco cocinas y los precarios baños de que dispone.

Renata Swiecik, de 31 años, lleva tres meses viviendo allí y la última vez que tuvo un empleo estable como cajera fue hace tres años. Ahora vive de las donaciones para mantener a sus cuatro hijos y dijo que las dos más pequeñas viven con su abuela gran parte de la semana para no tener que tomar duchas de agua fría todos los días.

"Si no fuera por esta ocupación, mucha gente estaría muriendo”, señaló añadiendo que "cuando el frío llega en la noche y durante nuestras duchas no podemos fingir que queremos estar aquí para siempre”.

El terreno ocupado es propiedad de la constructora MZM, que libra una batalla judicial para reclamarlo. En octubre, un tribunal ordenó que la parcela fuese devuelta a la empresa, que no respondió a las peticiones para realizar comentarios.

Los ocupantes han ignorado el fallo.

"Si vienen, ya veremos”, dijo Oliveira refiriéndose a la policía. "No tenemos nada que perder".